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Actualizado el 04 de agosto de 2016 a las 12:00 am

Al chavismo le sirve el tiempo, y a eso justamente es a lo que está apostando

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Las acciones en torno a Venezuela del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, componen un llamado brioso a la conciencia y no un simple golpe sobre la mesa ni un calculado acto diplomático.

Es una luz que se enciende bruscamente en la oscuridad para que todos podamos ver quién es quién. Porque a la hora de la hora, hay que decirlo, los gatos pardos no cuentan cuando se trata de derechos humanos y democracia. O somos o no somos.

Lo que propone desde su magistratura de influencia Luis Almagro es en realidad un referéndum sobre la democracia en las Américas. No solo defiende el referéndum revocatorio en Venezuela como un derecho constitucional o una salida política a la profunda crisis de poder. Ese es apenas el contexto.

Lo que se propone en realidad es un referéndum sobre la democracia en toda América. Y excepto Cuba, que no entiende de elecciones libres, alternancia en el poder y libertad de expresión, y ve normal un Estado en pleno siglo veintiuno con presos políticos, todos los demás países están convocados a la consulta y han de considerarse directamente interpelados.

La pregunta de este otro, el referéndum de Almagro, es llana y directa. No hay por donde perderse: ¿Sí o no a la democracia? ¿Sí o no?

Este es un referéndum en el que todos habremos de tomar posición. Todos los ciudadanos de América están citados.

Decisión ética. No es esa, ni por asomo, una decisión privativa de los gobernantes de turno. No es un tema técnico ni admite reduccionismos ideológicos. Es más bien cuestión de solidaridad humana y sensibilidad social. Con buena raigambre jurídica por cierto. Pero es, primordialmente, una decisión ética, no solo política.

Tampoco es una decisión circunscrita a la Carta Democrática. Ese es el punto de llegada, mas no el de partida. Es un asunto de derechos sociales, muy por encima de cuestiones político-instrumentales.

Mucho antes está el Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales que, desde su primer artículo –y por algo se trata del primero– prohíbe a todo gobierno “privar a un pueblo de sus propios medios de subsistencia”. Esa es una lápida para Maduro y sus adláteres en estas circunstancias tan ruinosas.

Pero –y esta no es una observación menor– los tratados internacionales, por más que se ocupen de derechos humanos, son nada sin la concurrencia permanente y enérgica de los Estados.

Nada. Y perdón que agregue: son nada sin sociedades civiles fuertes e interconectadas que demanden congruencia y acción a sus gobiernos y debido control político a sus Congresos.

Excitativa. Almagro abrió su último informe con una excitativa valiente y certera dirigida a los gobiernos y a los pueblos soberanos que los legitiman: “La acción es la que da sentido a la protección internacional de la democracia”.

Se acabó la hojarasca para los Estados. Después de esas ciento y tanto páginas de evidenciamiento y convocatoria, nadie puede alegar ignorancia. Todos saben el terreno que pisan, lo que están cohonestando y hasta dónde se sigue dejando avanzar al totalitarismo en Venezuela, pervirtiéndose, una vez más, un desvarío socialista arropado de seudorrevolucionarismo.

Ya a esta altura estamos ante las preguntas capitales: ¿Le van a entrar o no los Estados americanos al examen democrático a partir de los derechos humanos como parámetro de medición para reconocer a cualquier otro Estado en la comunidad de naciones? Nuevamente: ¿Sí o no?

Europa tardó menos de medio día (¡ni doce horas!) en advertirle a Erdogan sobre la pena de muerte que se atrevió a sugerir y de paso se le exigió mesura más que revanchismo. En América ha sido otra historia y a la cadena de reacciones esperables le siguen faltando muchos eslabones.

Y es que Venezuela no es un tema, es una tragedia. No es teoría ni simple política. Es una desgracia dantesca que no puede continuar. Es una barbaridad y un monumento a la incongruencia, a la estulticia, al prebendalismo y a la desfachatez. Es un mayúsculo “¡Nunca Más!”

No queda tiempo. Churchill criticó en su momento lo acordado en Múnich (1938) por los Estados que escogieron la deshonra por sobre la guerra. Y tanta razón tenía el estadista,que al final todos, incluidos esos que decidieron volver la mirada, igual tuvieron guerra.

Lo de Venezuela no fue que empezó ayer, pero entre más pronto acabe, mejor.

Ya basta de enfatizar machoteramente en el llamado a un supuesto diálogo o el apoyo a la búsqueda entre los propios venezolanos, de la concordia y el entendimiento. Un diálogo, que no hay que ser muy sagaz para saber imposible. Una concordia que tampoco podemos obviar se logrará solo a través de las urnas.

Sin pronta convocatoria a referéndum revocatorio, sin liberación de presos políticos y, aún más, sin respeto a la división de poderes y los derechos humanos más elementales, es algo cínico y muy torpe, por cierto, repetir el discursito del diálogo. Eso es volver la mirada hacia las hormigas mientras por detrás pasa la estampida de elefantes.

Al chavismo le sirve el tiempo, y a eso justamente es a lo que está apostando. A ganar días que ya son meses para que se conviertan en años. Tiempo que al pueblo, que sufre una crisis penosísima, ya no le sobra.

Y perdón por insistir, pero forzar a los oprimidos a un diálogo humillante y sin salida, es pecaminoso, ya no solo vergonzoso. Es a todas luces un insulto a la inteligencia.

Es hora de ponerse serios. Ya pasó el tiempo de los silencios. También el de la retórica vacua. Así que, discursos aparte: ¿sí o no a la democracia?

El autor es abogado.

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