Opinión

Difiero de Olivier Castro

Actualizado el 10 de mayo de 2016 a las 12:00 am

¿Para qué inflación baja y estable con alto desempleo y tasas reales de interés elevadas?

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Difiero en algunos puntos con lo expuesto por don Olivier Castro en su artículo “Banco Central, inflación y crecimiento económico” (4/5/2016), donde destacó logros de la política monetaria y cambiaria.

En junio pasado, el Banco Central presentó sus “Reflexiones sobre el tipo de cambio real”. A pesar de un reconocimiento expreso de que el sector exportador y el turístico han perdido cerca de 30 puntos porcentuales en competitividad, el documento concluye que el Central no puede hacer nada para revertir la situación.

Esto se fundamenta en dos supuestos: el país se encuentra en su capacidad plena de producción y el déficit de nuestra cuenta corriente es financiado de forma permanente por los flujos de capital externos y la inversión extranjera directa. Su conclusión es que el tipo de cambio real actual es de equilibrio.

Una política monetaria y cambiaria no ortodoxa, que induzca una devaluación nominal con fines de competitividad, como lo han hecho muchos países, según nuestro Banco Central, no sería eficaz, pues el aumento del tipo de cambio real de inmediato sería compensado por un incremento en la inflación.

Los esfuerzos del Central por lograr inflaciones de un dígito han sido más que exitosos. Como consecuencia de ello, según el artículo, los costarricenses hemos conseguido mantener nuestra capacidad adquisitiva y esto nos ha permitido tomar decisiones con mayor certidumbre.

Mi primer objeción es que el control de la inflación no es un fin en sí mismo. Qué ganamos con una inflación negativa si la tasa de desempleo abierta se mantiene constante como promedio en el 9,6%. Si queremos ser justos, lo cierto es que el quintil de hogares con ingresos más bajos, donde hay más de un millón de costarricenses, experimenta tasas de desempleo del 27%.

Cuando no existe la seguridad de un salario digno, no hay tal capacidad adquisitiva o certidumbre para toma de decisiones. La situación de una familia desempleada es crítica, y por eso mi tesis es que la inflación no produce hambre; el desempleo sí.

El hambre produce inestabilidad política y social, elementos sin los cuales, como don Olivier menciona en su artículo, Costa Rica perdería su atractivo para el ingreso de capitales externos y, con ello, el sustento del segundo supuesto de equilibrio externo.

Adicionalmente, las tasas de interés en colones, de préstamos y ahorros, descontada la inflación, son sumamente altas, lo que impide que la mayoría de los costarricenses accedan a créditos para mejorar sus condiciones básicas de vida o que las empresas inviertan más y generen más empleo. Como el mismo don Olivier reconoce, otros países competidores han hecho devaluaciones nominales significativas por las razones que sean.

Afectación pareja. Lo que no se dice es que ese ajuste afecta por igual a productos competidores de nuestras exportaciones y turismo.

En los últimos dos años, Colombia, Perú, México, Brasil y Chile han devaluado sus monedas, de tal forma que para un comprador estadounidense es como si le hubiesen ofrecido la misma piña, banano, fanega de café, bulto de azúcar o cuarto de hotel con descuentos entre un 20% y un 60%, mientras que nuestra política cambiaria, por el contrario, implica que si quiere producto tico tiene que pagar una prima adicional de un 2%, que ha sido la apreciación neta de nuestra moneda.

Si bien coincido con don Olivier en que hay factores estructurales que afectan la reducción de la tasa de desempleo, en el sentido que no hay un apareamiento entre las necesidades de los empleadores y las características de los que buscan empleo; difiero en que esto aplique a todas las actividades económicas.

El país cambió su estructura productiva con base en un modelo de apertura que privilegió agricultura no tradicional y turismo. En consecuencia, mientras a largo plazo logramos los cambios estructurales en nuestro modelo educativo para alcanzar el apareamiento, no podemos quedarnos con los brazos cruzados en este momento, viendo cómo se destruye el aparato productivo.

Debemos pensar conjuntamente, empresa privada, Gobierno, sindicatos y partidos políticos, con carácter de emergencia, qué conjunto de incentivos de efecto inmediato ejecutar para estimular mayor producción, empleo, ingresos y, colateralmente, la recaudación fiscal.

Cúmulo de yerros. Según el artículo del Banco Central, no es posible hacer gran cosa. Lo preocupante es que, sin mayor evidencia, se concluye que “incluso en las condiciones actuales, existe espacio para aumentos de la productividad local que permitan mantener la competitividad y fomentar el consumo de nuestros bienes y servicios en los mercados internacionales. Nos corresponde a todos los costarricenses lograrlo”.

La cruda realidad, vista no por el Banco Central ni por mí, sino por la Cámara de Productores de Piña, escogido selectivamente, pero es similar en otros sectores, es la siguiente:

Como principal país exportador de piña del mundo, con un 80% de participación en el mercado, si comparamos el año 2010 con el 2015, vemos que ha sido posible incrementar la productividad en miles de cajas exportadas en un 33%. Sin embargo, el número de productores se ha reducido de 1.400 a 500, mayoritariamente pequeños que no han podido afrontar aumentos de costos de mano de obra de un 44% para ese período, medido como la cantidad de cajas de piña para cubrir el salario de un trabajador, mientras que el valor de las exportaciones de piña en colones solo ha subido un 13%.

La situación no es culpa de este gobierno; es el cúmulo de yerros en las políticas adoptadas respecto a la situación del entorno mundial.

Sin embargo, la preocupación principal de la mayoría de los costarricenses no es el control de la inflación, sino su empleo, su salario, su tranquilidad familiar y personal y, por tanto, es responsabilidad de las autoridades, partidos políticos y sindicatos unirse con el sector productivo para ver qué tenemos que hacer para cambiar de dirección.

Por pérdida de competitividad, aumento de costos, tramitomanía, cada día que pasa, ponemos en riesgo la estabilidad política y social.

El autor es economista.

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