Opinión

Días de gloria

Actualizado el 22 de febrero de 2016 a las 12:00 am

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Los días de gloria fueron aquellos en que podía observar los peces a través del agua limpia de una laguna con la mirada inocente de pocos años sin tener plena conciencia de que esa era la felicidad, la misma que después perseguiría por el resto de mi vida sin alcanzarla, no por veloz, sino porque nunca fui capaz de reconocerla.

Los días de gloria se fueron sin remedio porque esa es la ley del tiempo: el no apreciar en su momento el fulgor de la belleza hasta que ya no está. El jardín de mi casa, la mirada serena de mi padre, la seguridad de que todo está en su lugar, a pesar de que no tuviese la menor idea de cuál era ese sitio. Un caramelo barato, una estampita de colores, el verde perenne de las praderas y los amigos del barrio.

Los días de gloria se escapan con frecuencia del mundo de los adultos, incapaces a veces de darle mérito al poder del asombro, afanados en su búsqueda de poder y riquezas. Por eso me refugio en los libros, santuario seguro para almas gaviotas, territorio libre de restricciones y maldades. Ojalá más gente supiera cuánto poder hay en la decisión de no devolver los golpes.

Los días de gloria se han marchado… queda la fortaleza que blinda la nostalgia, pero la función siempre ha de continuar… que se vayan los espectros y se queden los mejores sentimientos.

El autor es abogado y juez.

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