Opinión

El Día de la Amabilidad… ¿una utopía?

Actualizado el 14 de febrero de 2009 a las 12:00 am

 Una utópica, pero muy agradable idea: crear en el país el “Día Nacional de la Amabilidad”

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Con mucha frecuencia, mi mente comienza a divagar sin rumbo fijo, quizá buscando escapes al diario trajín. Uno de estos días, practicando este ejercicio mental, mientras esperaba pacientemente a que se despejara uno de los múltiples congestionamientos viales que experimentamos a diario en el centro de San José, comencé a fabricar una utópica, pero muy agradable idea: crear en el país el “Día Nacional de la Amabilidad”. La víspera de tan singular día, todos los costarricenses estaremos debidamente mentalizados para disfrutar de “24 horas continuas de amabilidad”. No más saliendo el sol, se escucharán sonoros y efusivos “¡buenos días!” en todas las casas de cada rincón del país.

El pregonero se esmerará por entregarnos el periódico lo más temprano posible, de manera que nadie salga de su casa sin conocer su contenido. Todos estaremos ansiosos por iniciar la jornada degustando el mejor desayuno del año, y así estar preparados para salir a las calles y comenzar a derrochar amabilidad. Aquellos que vivan en zonas urbanas plagadas de tráfico, no tendrán la más mínima dificultad para sacar los vehículos de sus garajes y circular con fluidez, ya que, en lugar de choferes con caras largas y haciéndose los “majes” para no permitir el paso de los otros, evitando que alguien logre ubicárseles adelante en la fila, encontrarán docenas de gentiles ciudadanos deseosos por ceder su campo, con una amplia sonrisa dibujada en la cara.

Los sacrificados barrenderos de las Municipalidades disfrutarán prácticamente de un lindo y soleado día libre, ya que durante todo el día no existirá ningún ingrato tico que se atreva a arrojar a la vía pública pero ni una sola borona; todos buscaremos afanosamente los basureros para depositar los desechos. La cordialidad será de tal magnitud, que al final del día, habremos descubierto que aquél vecino o compañero de trabajo con quien nunca hemos cruzado palabra, resultó ser una persona encantadora.

El hampa descansará por completo, permitiendo que las mujeres transiten por las calles, luciendo además de sus encantos, sus mejores piezas de joyería, sin el menor peligro. A nadie se le ocurrirá estacionar su vehículo particular, taxi, camión de carga, motocicleta o autobús, en plena vía pública, con tal de no estorbarle el paso a nadie, de manera que todos puedan llegar holgados de tiempo a sus destinos.

Las oficinas públicas no dejarán de funcionar estrictamente a las 3 p. m., sus funcionarios permanecerán atendiendo sin tregua, presas de un incontrolable deseo de servir eficientemente, hasta que la última persona que busque sus servicios se retire llena de satisfacción porque logró completar su trámite exitosamente. Los diputados iniciarán su jornada a las 7 a. m. con un gran y fraternal abrazo de los 57 unidos en el centro del plenario, gritando al unísono: ¡Duro por la patria! Los vendedores ambulantes se prepararán con tiempo, para que durante ese día sus chinamos desaparezcan del paisaje de la ciudad, trasladándose por su propia voluntad a un sitio apropiado, donde todos gustosamente irán a comprarles los bienes que ofrecen.

Todos respetarán las señales de tránsito, hasta los peatones levantarán su mirada para cerciorarse, antes de cruzar la calle, que efectivamente pueden hacerlo sin lanzarse encima de los vehículos. Ningún conductor dejará su vehículo atravesado en media calle, debajo del semáforo, para no ocasionarles contratiempos a quienes atraviesen la vía en sentido perpendicular, prefiriendo esperarse en su sitio, aunque el semáforo esté en verde.

Todos los negocios que se efectúen durante ese día serán cristalinos: nadie intentará sacar provecho de la contraparte, más bien todos estaremos dispuestos a ceder la mejor parte para disfrute del otro. Los “vivazos” se transformarán por un día completo, convirtiéndose en las personas más serviciales, atentas y honradas del país. Al final de la jornada y luego de haber disfrutado de un día tan maravilloso, todos quedaremos convidados a extenderlo por un día más… por una semana más… por meses… y, ¿por qué no?, establecerlo como algo permanente. Los resultados serían tan sorprendentes –aumentará la productividad del país, disminuirán los índices de delincuencia y de mortalidad, la población disfrutará de una calidad de vida tal, que el promedio de vida del tico llegará a rondar los 90 años (¡pero plenos de salud!)– que el mundo entero se contagiará y querrá adoptar la misma fórmula para poder disfrutar en carne propia de todas las ventajas que esta actitud depara. Realmente, pareciera ser una utopía, pero… ¿por qué no lo intentamos?

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