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Después de Semana Santa

Actualizado el 05 de abril de 2016 a las 12:00 am

Debemos reaccionar y poner las cosas en su sitio. Además, debemos sembrar esperanzas

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Cuando se siembra una planta, por ejemplo un rosal, se suaviza la tierra, se hace un hoyo y se coloca la planta. Acto seguido, se apelmaza el suelo y se le echa un poco de agua.

Igual se hace con el rosal del alma, a veces sumergida en el olvido y hoy oculta en los pliegues de una época marcada por la ciencia y la técnica. Debemos reaccionar y poner las cosas en su sitio: los afectos desordenados, las imaginaciones y ensueños, más los fracasos, sinsabores de la vida y malos recuerdos. Además, debemos sembrar esperanzas.

Si la preocupación dominante fuera el trabajo y los deberes de la casa, surgen medios coadyuvantes, como el orden, el horario, la atención, el tiempo destinado, la calidad del producto, el acabado…

Como apenas ha pasado la Semana Santa, podemos lograr, si nos lo proponemos, el engarce de lo material y lo espiritual (religión, música, arte, buena literatura, poesía) y aprovechar la circunstancia para ofrecerle a Dios ese trabajo y esos deberes cotidianos, sin importarnos el medio en que se realicen. En otras palabras, para que esa visión sobrenatural y trascendente nos conduzca a una auténtica felicidad de no vivir a solas.

Es una forma práctica de hacer de la existencia un fruto para la vida futura. Cuando se vive así, el destinatario paga esa conducta a razón de ciento por uno. Así Él lo dijo.

Algunas personas no se percatan de la diferencia de vivir a secas o con la sencillez de imprimirle a la existencia aquella visión sobrenatural que le está faltando. Pero seamos respetuosos de quienes piensan distinto. A su vez, debemos desear para todos, ellos y ellas, una vida eterna.

Abrigamos la esperanza, al menos para los creyentes, de que la Semana Santa recién pasada imprima en nosotros una eficaz conversión. Ojalá la conducta ciudadana cambie y haya menos accidentes de tránsito, hurtos, homicidios e incertidumbre fiscal.

Sería oportuno que los cristianos pensáramos en estas palabras del papa Francisco: “La Iglesia es la casa de la misericordia y la ‘tierra’ donde la vocación germina, crece y da fruto” (29/11/15). También dijo: “Nos acompaña en el camino de la vida, nos protege y nos ama. Si el afecto por Dios no enciende el fuego, el espíritu de la oración no caldea el tiempo” (20/8/15).

Para fortalecer la ruta de la fe es ocasión meditar en las palabras de Cristo, contenidas en el Evangelio de san Mateo: “Porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? (…) y entonces retribuirá a cada uno según su conducta” (Mt. 16, 26).

Pasada la Semana Santa, pensemos en que el Señor del mundo no es el hombre.

El autor es abogado.

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