Opinión

Desobediencia civil versus imbecilidad

Actualizado el 07 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Desobediencia civil versus imbecilidad

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En 1840, el escritor norteamericano Henry David Thoreau se negó a pagar sus impuestos al gobierno alegando que ese dinero iba a ser empleado por las autoridades para sufragar el asesinato de los esclavos negros fugitivos, la violación de derechos de los nativos pieles rojas y el mantenimiento de una injusta guerra con México.

Cuando se dirigía al zapatero a recoger un zapato remendado, Thoreau fue apresado y estuvo en prisión por una noche. Al día siguiente fue liberado después de que sus impuestos fueran cancelados por un tercero.

Tiempo después, en 1849, publicó el ensayo “Resistencia al Gobierno Civil”, al que con el paso del tiempo se le empezó a conocer como “Desobediencia Civil”, original expresión también de la autoría del célebre escritor.

Se cuestiona y piensa Thoreau: “¿Tiene el ciudadano en algún momento, o en últimas, que entregarle su conciencia al legislador? ¿Para qué sirve entonces la conciencia individual? Pienso que antes que súbditos tenemos que ser hombres. No es deseable cultivar respeto por la ley más de por lo que es justo. La única obligación a la que tengo derecho de asumir es a la de hacer siempre lo que creo justo. ¿Cómo le cuadra a una persona comportarse frente al gobierno americano de hoy? Le contesto que no puede, sin caer en desgracia, ser asociado con éste. Yo no puedo, ni por un instante, reconocer una organización política que como gobierno mío es también gobierno de los esclavos. Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución; es decir, el derecho a negarse a la obediencia y poner resistencia al gobierno cuando éste es tirano o su ineficiencia es mayor e insoportable. Una minoría es impotente, ni siquiera es una minoría, mientras se someta a las mayorías; pero se vuelve insostenible cuando se opone con todo su peso”.

Thoreau sostiene que el ciudadano o individuo gobernado se convertirá en cómplice de la injusticia gubernamental, tanto colectiva como distributivamente, si no se opone a ella obstruyéndola con su acción y no solo con meras protestas verbales. Pero añade que esta acción nunca debe ser violenta –él habla literalmente de “revolución pacífica”– y que la lealtad debida a un gobierno legítimo, aunque ocasionalmente injusto, debe mantenernos dispuestos a aceptar la sanción que la autoridad nos imponga por desobedecerla.

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El espectacular avance moral del principio de Thoreau implica el exigirnos a los ciudadanos que en tales o parecidos supuestos cambiemos por la solidaridad nuestra habitual actitud de indiferencia.

Los disturbios acaecidos el pasado 1° de mayo y generados por un grupo de anarquistas costarricenses no tienen nada de desobediencia civil. ¡Eso es imbecilidad!

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