Opinión

Descubro la música

Actualizado el 24 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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Descubro la música

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Ayer abracé una guitarra. Acerqué mi oído a su cálido vientre enamorado. Una y otra vez pulsé la cuerda correspondiente a la nota Si. Suave, reciamente. Mil veces. Por el puro gozo de oírla eternizarse en la caja de resonancia. Lo hice hasta caer en una especie de trance. No sé tocar guitarra, ese instrumento que Ravel describía como “una orquesta en miniatura”. Pero el arrullo de aquella nota, su manera de reverberar en mi conciencia… Descubrir la pura belleza del sonido. En su forma más simple. Con el mismo estupor con que un hombre de las cavernas hubiese encontrado, por azar, el efecto de la vibración de una cuerda tensada.

Desde niño no vivía una experiencia estética tan pura. El sonido me penetraba, bajaba hasta el fondo de mis pulmones, usaba mi cuerpo a guisa de caja de resonancia.

La música, un fantasma: materia en el límite de la nada, como decía Proust, ars sine materia . Invisibles vibraciones que corren a través de un espacio de propagación. ¡Y pensar que eso bastó para traerse abajo las murallas de Jericó!

Es inmensurable el poder de la música: mina imperios, defenestra tiranos, enardece a los pueblos, genera revoluciones.

Esa simple guitarra en mis manos… Entre las vetas de su madera dormitaba la voz de la doliente humanidad.

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