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¡Derrotemos al maniqueísmo!

Actualizado el 27 de enero de 2013 a las 12:00 am

El signode nuestrostiempos es el agotamiento

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El signo de nuestros tiempos es el agotamiento. Desde Washington hasta Berlín, desde el Río Grande hasta la Patagonia, en medio oriente y China. En casi todos los escenarios de la arena mundial se viven modelos que no resuelven los problemas de la gente, políticas que no pueden más de lo mismo, bloqueos entre un pasado que no termina de fenecer y un futuro que no logra nacer. En algunas partes se perfilan cambios. En otras predomina el continuismo.

También nosotros tenemos un tablado de “fin de siècle”, como acuñaron los franceses los síntomas políticos que advierten de peligrosas acumulaciones de falencias sociales en la víspera de cambios. Atrás quedó nuestra “Belle Époque”. Ya no basta la vieja cantinela de autocomplacencias para devolvernos un sentido básico de pertenencia a un proyecto nacional. Aumentan su tono las voces otrora minoritarias del descontento y el badajo de la campana, tanto tiempo pegado a la derecha, regresa con el peso inevitable de la gravedad de nuestra parálisis, a tañer viejas tonadas, a la izquierda.

¿Dónde está el frío? Un poco, tal vez, aceptémoslo, en las cobijas. Pero solo un poco. No exageremos en esperar que un cambio en las formas se transmute en los cambios de fondo que necesitamos. Un meritorio grupo de notables nos presentó interesantes propuestas para mejorar la cancha política. Es una salida muy a la “tica”, con ese excelente término medio, característico de nuestra historia, que quiere salir del presidencialismo sin llegar al parlamentarismo.

Sus propuestas son formidables retos de cambios operacionales para nuestras instituciones. Los aplaudo, pero nuestro agotamiento va más allá de las formas. Lo que une o desune a un pueblo son ideas, valores, visiones, prioridades. Esa ausencia de visiones comunes hizo fracasar la “Alianza por Costa Rica”, porque el control “formal” de la Asamblea, no sustituía un puerto común adonde llevar el barco. ¿Podrá un nuevo reglamento de la Asamblea Legislativa, con fabricación de leyes a tambor batiente, sustituir las prioridades políticas actuales, que nos tienen insatisfechos, divididos y desiguales? Un mejoramiento de las formas puede, sin duda, favorecer la implementación de nuevos contenidos. Pero primero hay que descubrirlos y hacerlos nuestros, dándole nuevos aires a nuestro sentido nacional.

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Jurásicos contra neoliberales. Desde hace ya mucho, “jurásicos” contra “neoliberales”, y su pléyade de epítetos descalificadores, nos ofrecen vasos medio vacíos contra vasos medio llenos. Desde la irrupción de un PAC que se quedó en el negativismo de lo existente, con protestas sin propuestas, más allá del “no” desnudo, hasta un PLN de discurso autosatisfecho, haciendo vista gorda de un país cada vez más desigual, impotente frente a una cohesión social desdibujada a paso acelerado. En las propias tiendas fundadas por don Pepe Figueres, la vieja guardia se enfrenta a la nueva, nostálgicos contra modernistas, don Luis Alberto frente a don Óscar, ambos correctos, ambos fallidos. La verdad de unos contra la verdad de otros, luz contra luz, ceguera contra ceguera, al no ver el grano de verdad ajena.

La justa crítica de los desbalances de nuestro modelo de desarrollo, que nos convierten en el país con más acelerada desigualdad de América Latina, en nada justificaba la oposición irracional y exacerbada al TLC. ¿Dónde estaríamos ahora si hubieran prevalecido? Dichosamente no tenemos que responder a eso. La justa propuesta de inserción de Costa Rica en un mundo globalizado, atrayendo capitales y promoviendo exportaciones, en nada justificaba la satanización de los reproches del contrario, perfectamente atinados en materia productiva y social. Y eso si podemos responderlo: aquí estamos, vasos medio llenos, contra vasos medio vacíos. Visiones parcializadas en un universo maniqueo, del blanco contra el negro. ¿Llegará algún día la hora de los grises?

Maquinaria liberacionista. Sin oposición en el Partido y con los rivales en confusión, la maquinaria liberacionista parecería capaz de ganar las elecciones. Hasta ahí llega lo que puede el aparato: una victoria electoral. Eso no es suficiente para marcar derroteros. Ganar es lo sencillo. Difícil es armonizar visiones contrapuestas, no entre personas, sino entre perspectivas. Desafiante construir puntos de encuentro, pasarse a la otra acera, y no con pactos de poder compartido, sino reconciliando enfoques.

Eso exigiría capacidad de reconocimiento ajeno y meas culpas propias, pero también de reafirmación de lo justo del camino recorrido, integrando veredas dejadas de lado, como aquellas de promoción del esfuerzo industrial nacional que abandonamos cuando descubrimos el pozo de petróleo de Intel. ¿Era bueno Intel? Quien lo niegue está loco. ¿Ameritaba entonces descuidar la política industrial? Hoy pagamos con la factura de una constante disminución de la productividad total de factores, que pesa más que ningún otro componente, en la desigualdad y en la crisis de nuestro estado de bienestar social.

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Necesitamos continuidad y nos urgen cambios. Mejorar el modelo, no abandonarlo. Integrar la crítica como propuesta implica profundas transformaciones de fondo. Un sistema nuevo de relacionamiento con la inversión extranjera asusta, pero sin ese paso no podremos tener una fiscalidad con verdadera capacidad de enfoque en prioridades nacionales. Nuestras instituciones sociales hacen agua por todas partes, pero no resolveremos su crisis sin una mayor integración de lo productivo en lo social y un modelo de desarrollo más concentrado en la equidad.

Con el camino trillado, valiente opción sería abrir trocha. Las elecciones que se acercan ponen el escenario. Buena hora para construir propuestas integrales, sistémicas y holísticas (valga la redundancia). Mala hora, porque también se prestan para repetir acusaciones y señalamientos, cuando es hora de derrotar el maniqueísmo endémico que llevamos dentro.

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