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¿Depende de Alemania la vida del euro?

Actualizado el 10 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Hace casi 100 años, al finalizar la Primera Guerra Mundial, Alemania, que creyó haber salido victoriosa, debió soportar la presión de fuerzas comunistas internas lideradas por Rosa Luxemburgo, Eugen Levine y otros internacionalistas que hasta fundaron la República Soviética de Baviera. En 1919, bloqueada y hambrienta, tuvo que suscribir el Tratado de Versalles que la hirió fuertemente desde el punto de vista económico y la llevó, entre otras penurias, a experimentar una hiperinflación de libro de texto, en que los billetes se llevaban a la pulpería en canastos y lo comprado se traía en la cartera.

Cuando J.M. Keynes se enteró de lo que se exigía en reparaciones a Alemania, afirmó (en su libro The Economic Consequences of the Peace ) que tal solicitud prácticamente la obligaba a recurrir muy pronto a otra guerra. En esa oportunidad, y también al final de la Segunda Guerra Mundial, Francia abogó por “des-industrializarla” y forzar a que en lo sucesivo fuera una nación de campesinos, que solo produjera leche, quesos, salchichas, pan negro y vegetales. También Henry Morgenthau, secretario del Tesoro de Estados Unidos, propuso un plan concreto de sofocación, el cual no llegó a materializarse, pero sí aportó combustible a la propaganda nazi.

Pasó el tiempo y vino el tiempo. Hoy, Francia y, especialmente, Alemania son consideradas motores económicos de la Unión Europea (UE), en general, y de la eurozona (los países de la UE que, además, tienen el euro por moneda). Alemania enfrenta una situación de bajo crecimiento, pero su desempleo es bajo. Francia tiene alto desempleo y, prácticamente, no crece. Los países de la periferia de la eurozona, como Portugal, España, Grecia e Italia, enfrentan situaciones más complicadas aún, de bajo o nulo crecimiento, unido al elevado desempleo y altísimo endeudamiento. Su situación es tan grave que, si del mercado financiero dependiera, las altas tasas de interés que por sus bonos les exigirían los inversionistas harían impagables sus deudas.

Cruda realidad. Ante esta cruda realidad, el Banco Central Europeo (BCE) decidió “hacer todo lo posible” para enfrentar la situación descrita y evitar la muerte del euro. Para ello, adoptó una política agresiva de compra ilimitada de bonos de gobierno para, por esa vía, coadyuvar a que las tasas de interés bajen y que el servicio de sus obligaciones financieras les sea menos severo. De momento, la medida –que equivale a sostener con respiración asistida a los países del Club Méditerranée– ha tenido éxito, pero no puede ser permanente.

Esa política del BCE es criticada en varios frentes. En particular, en Alemania, grupos académicos la cuestionan porque: (a) la consideran inconstitucional, toda vez que los tratados de la UE prohíben al BCE financiar a Gobiernos; (b) atiza el riesgo moral, pues equivale a aceptar que el despilfarro de los países no tiene costo y que, por tanto, no tienen por qué socarse la faja, y (c) al mantener bajísimas las tasas de interés nominales, y hacerlas negativas en sentido real, penaliza a los ahorrantes alemanes para premiar a los dispendiosos miembros del Club Med . Lo anterior llevó a un grupo de economistas y juristas alemanes a interponer ante la Sala Constitucional de Alemania un recurso, alegando que, con la política heterodoxa de compra de títulos, el BCE había excedido sus facultades. La Corte, con un voto 6-2, les dio la razón el pasado mes de febrero.

Como las implicaciones de esa inconstitucionalidad son tan graves (muchos países podrían entrar en cese de pagos, si se les quita el apoyo del BCE), la Corte alemana procedió a someter el caso a la Corte Europea de Justicia, cuya sede está en Luxemburgo, señalándole dos condiciones que podrían hacerlo digestible: que la compra de títulos por parte del BCE no fuera ilimitada y, también, que los títulos que este adquiriera, incorporaran una cláusula que le diera prioridad en el pago. Sin embargo, estas condiciones, de aceptarse, quitarían sex appeal a los bonos soberanos y, por tanto, el resto de los inversionistas procedería a exigir tasas de interés superiores, con lo que el efecto de la política del BCE se reduciría significativamente.

Análisis del caso. A partir de este mes de octubre, la Corte Europea de Justicia procederá a analizar el caso y se espera que ponga el huevo en el 2015. Si la decisión reafirmara lo fallado por la Corte alemana, la situación macro- de muchos países de la periferia europea se tornaría insoportable. Posiblemente, eso los obligaría a volver a sus antiguas monedas (que, por facilidad, llamarían “nueva lira”, “nuevo dracma”, etc.), que se devaluarían al nacer, como medio para ajustar cuentas. Tendrían serios problemas de pago de las deudas públicas. Desaparecería el euro. Los flujos comerciales entre países se modificarían y, quizá, los que hoy son superavitarios perderían esa condición. Su desempleo se elevaría.

Si la decisión fuera que la política del BCE no violenta los tratados de la UE, entonces partidos políticos que se oponen a que sus países sean miembros de la eurozona (y a la inmigración, que, en su opinión, les quita empleos y “afea” sus ciudades), como el Partido Alternativa por Alemania (AfD) y el Frente Nacional, en Francia, verían redoblada la afiliación. De tomar suficiente poder, optarían por abandonar la eurozona y quizá hasta la UE, como podría ocurrir con Inglaterra.

Alemania, cuyas exportaciones a la eurozona constituyen cerca del 40% del total (a la UE va un 60%), tiene interés en que no desaparezca, pues, indirectamente, ella contribuye a mantener altos niveles de empleo.

Se ha sugerido que eleve salarios, pierda así competitividad con sus socios comerciales e importe más de ellos. Pero no todos los alemanes parecen estar dispuestos a incurrir en la pérdida de empleos que eso implica, ni a sacrificar a sus contribuyentes para sostener a sus socios del sur, a quienes consideran dispendiosos e irresponsables.

Consejo a los coleccionistas de billetes: compren euros, porque, dentro de unos años, podrían ser material de museo. La ilustre Angela Merkel ha hecho lo imposible por manejar la situación y a ella, cuando menos, podemos decirle, al mejor estilo de los Rolling Stones: “ Angie, you can´t say you never traed.

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