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Democracia sin ejército

Actualizado el 10 de enero de 2015 a las 12:00 am

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Un acto de poder fue lo que sucedió en Costa Rica –en diciembre pasado hizo 66 años– cuando don José Figueres decretó la supresión del ejército. A pesar de que, en aquel momento, en Costa Rica no había un verdadero ejército profesional permanente, con toda su estructura de mando y con presencia de dominio institucionalizado, este decreto no fue demagógico, de un político que jugaba al oportunismo, sino decisión de mayor trascendencia democrática y moral.

Ejércitos gobernantes. Recuérdese que, para entonces, todavía en todos los países de América Latina los ejércitos eran los que gobernaban, imponiendo dictaduras, jugando burlescamente a las repúblicas democráticas. Suprimir el ejército en un país latinoamericano, en 1948, era un reto y un insulto a la estabilidad imperante, pero también lección que confirmaba una de las tendencias de la vida democrática que los pueblos reclamaban.

No ha habido, en la historia política de nuestro país, otro gobernante que haya tenido tanto poder como don Pepe durante el corto período que presidió la Junta de Gobierno. En vez de imponer una Constitución, según su orientación política, prefirió convocar a unas elecciones para elegir diputados integrantes de una Asamblea Nacional Constituyente para que discutieran y aprobaran el tipo de gobierno que el pueblo de Costa Rica deseaba. Figueres no pudo lograr que su proyecto de Constitución socialdemocrática fuera discutido; no logró concretar el proyecto figuerista de una Segunda República socialdemocrática. Continuamos con una democracia liberal y una híbrida Constitución, mitad liberal, mitad socialdemocrática.

Reglas de la democracia. Cuando alguien le preguntó a don Pepe por qué no había impuesto su proyecto (lo que permitió a los conservadores ratificar la república liberal), le contestó: “Yo no he ganado una revolución para imponer mi criterio por encima del parecer de la mayoría de este país. He tomado las armas, y eso sí lo he logrado, para garantizar el libre ejercicio del voto popular. Ya nunca más la voluntad de nuestro pueblo podrá ser burlada. Tal vez, con el tiempo, logremos mayores reformas hacia la justicia y la solidaridad. Estas son las reglas de la democracia”.

Comentando aquel decreto de supresión del ejército, el periodista Julio Rodríguez escribió, cuando Figueres murió, una de las más bellas semblanzas que se han publicado de don Pepe, y que es bueno recordar.

Dijo don Julio: “Lo admiro como héroe, pero, sobre todo, por haber sido un hombre de carácter. Por su temple diamantino. Porque se atrevió, allí donde la mayoría negocia o se remansa. Reconozco su obra completa, las encarnaciones visibles de su pensamiento, pero, más que todo, sus actitudes, sus desmesurados gestos históricos. En un país sin drama, compuso una epopeya.

“Su grandeza radica en el coraje de decir ‘no’ y en darle un sentido a la política, lo que, según Michael Noir, constituye el imperativo categórico del hombre político, que él llevó a su plenitud. Le dijo ‘no’ al fraude electoral y se alzó en armas; le dijo ‘no’ a Fidel Castro y se lo gritó en la cara; le dijo ‘no’ a la política extraviada de los Estados Unidos en América Latina y se lo acuñó en una de las piezas maestras de la política y la literatura latinoamericana. Y, general victorioso, pronunció el ‘no’ más difícil y glorioso: le dijo ‘no’ al poder dictatorial que tenía a mano, disolvió el ejército, gobernó y, como Cincinato, retornó a la lectura y a la labranza.

“Fue un hombre de dilatados confines. Apostó por la profundidad contra la superficie, por lo permanente contra lo accidental, por la visión anchurosa contra la mirada corta y quejumbrosa. A él se le puede aplicar con justeza la célebre sentencia propia para grandes estadistas: ‘Hombre de anteayer y de pasado mañana’.

“Don Pepe, demasiado contradictorio para una respuesta simple. Demasiado grande para una descripción tan impetuosa. Un gran hombre en espera de un gran biógrafo y de fieles seguidores que completen su destino”.

Sí, repito esta frase final de Julio Rodríguez: “Y de fieles seguidores que completen su destino”.

Subsistencia y cultura. También sea procedente recordar hoy algo que dije hace siete años: “Si a mí me pidieran resumir la esencia del pensamiento político de José Figueres, podría decir que fue un gobernante que luchó por ofrecer la oportunidad a los hombres del pueblo para obtener la comida de todos los días acompañada de un libro. Es decir, subsistencia y cultura. Todo lo que Figueres hizo en el campo de la reforma política y social tiene esa orientación precisa. Cuando decidió combatir la corrupción, su preocupación estaba en el gobierno que ha de tener por base la moral; cuando se refirió a la libertad, la democracia y el socialismo, pensó en un hombre culto capaz de comprender y mantener esos valores, y, cuando propuso salarios crecientes y precios justos para nuestros productos de exportación, estaba pensando tanto en la estabilidad económica de los obreros y campesinos como en la posibilidad de ascenso a todas las etapas de la escolaridad… La costumbre de acceder a las fuentes del conocimiento y de luchar por el bienestar de los pueblos fue, en Figueres, una inquietud permanente que no abandonó jamás”.

Y terminé entonces manifestando: “Solo podría agregar, en este momento, que la disolución del ejército decretada por José Figueres no fue un acto político, sino una manifestación de la más pura filosofía, digna de un auténtico heredero de la sabiduría eterna de la Grecia antigua; de un gobernante que tuvo fe en el hombre del pueblo para sostener la democracia por encima de los fusiles; de un ciudadano que entendió, con sorprendente lucidez, que el pan y el libro, unidos fraternalmente, tienen más fuerza que el más poderoso de los ejércitos”.

Acontecimientos significativos. Finalmente, no quiero terminar sin referirme a dos acontecimientos sumamente significativos: uno, de gran trascendencia mundial, otro, que no pasó de la simple nota de prensa, pero tan valioso, o más, como el primero.

En diciembre del año 1949, Alberto Cañas era el embajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas, entidad que celebraba su Asamblea General en París para aprobar la Declaración Universal de Derechos Humanos. En su autobiografía, recuerda Alberto: “La mañana en que solicité la palabra en el plenario para comunicar al mundo, ‘con instrucciones precisas de nuestro Gobierno’, que Costa Rica había disuelto su ejército, no olvidaré nunca la aclamación con que este comunicado fue recibido, ni los discursos que se pronunciaron esa mañana en elogio a Costa Rica”.

Y el otro acontecimiento, el comentario que emocionadamente expuso un periodista del diario La Nación , reseñando el funeral del expresidente Figueres: “Entre aquella enorme muchedumbre, que con lágrimas en los ojos y luto en el alma desfilaba en el Museo Nacional, en impresionante silencio bajo la lluvia para decir adiós a don Pepe, iba una madre con su niño y, al llegar donde descansaba don Pepe, alzó a su pequeño para decirle: ‘Conocé a este gran hombre; gracias a él, nunca tendrás que ir a la guerra’”.

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