Opinión

Dejemos que Oriente Mediose gobierne a sí mismo

Actualizado el 09 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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Dejemos que Oriente Mediose gobierne a sí mismo

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NUEVA YORK – Ya es hora de que los Estados Unidos y otras potencias dejen que el Oriente Medio se gobierne a sí mismo, de conformidad con su soberanía nacional y la Carta de las Naciones Unidas. Cuando EE. UU. está examinando la posibilidad de lanzar otra ronda de acciones militares en Irak y una intervención en Siria, debe reconocer dos verdades básicas.

En primer lugar, las intervenciones de EE. UU., que han costado a este país billones de dólares y miles de vidas en el pasado decenio, siempre han desestabilizado a Oriente Medio, al tiempo que causaban un enorme sufrimiento en los países afectados. En segundo lugar, los Gobiernos de esa región –en Siria, Arabia Saudí, Turquía, Irán, Irak, Egipto y otros– tienen el incentivo y los medios para lograr acuerdos mutuos. Lo que los detiene es el convencimiento de que los EE. UU. o alguna otra potencia exterior (como, por ejemplo, Rusia) propicien una victoria decisiva en su nombre.

Cuando el Imperio otomano se desplomó al final de la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias de aquel momento, Gran Bretaña y Francia, crearon Estados sucesores para garantizar su control del petróleo, la geopolítica y las rutas de tránsito de Oriente Medio a Asia. Su cinismo, reflejado, por ejemplo, en el Acuerdo Sykes-Picot, estableció una tónica duradera de destructiva intromisión exterior. Tras surgir posteriormente los Estados Unidos como potencia mundial, trataron a Oriente Medio del mismo modo: instalando, derribando, sobornando o manipulando implacablemente a Gobiernos de esa región, sin por ello dejar de emitir una retórica democrática de boquilla.

Por ejemplo, menos de dos años después de que el Parlamento y el primer ministro, Mohammad Mossadegh, democráticamente elegidos, nacionalizaran la Compañía Petrolera Angloiraní en 1951, EE. UU. y Gran Bretaña recurrieron a sus servicios secretos para derribar a Mossadegh e instalar al incompetente, violento y autoritario sah Reza Pahlevi. No es de extrañar que la Revolución islámica que derrocó al sah en 1979 fuera seguida de una oleada de violento antiamericanismo. Sin embargo, en lugar de intentar lograr un acercamiento, EE. UU. apoyó a Sadam Husein durante la guerra del Irak contra Irán, que duró ocho años, en el decenio de 1980.

A Irak no le cupo mejor suerte con los británicos y los americanos. Después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña creó, implacable, un Estado iraquí sometido y respaldó a las minorías selectas suníes para que controlaran a la mayoritaria población chií. Después de que se descubrió petróleo en el decenio de 1920, Gran Bretaña se hizo con el control de los nuevos yacimientos petrolíferos, recurriendo, en caso necesario, a la fuerza militar.

EE. UU. apoyó el golpe de 1968 que llevó al partido Baas –y a Sadam– al poder. Sin embargo, con la invasión de Kuwait en 1990, EE. UU. se volvió contra él y, desde entonces, no ha dejado de inmiscuirse en la política de Irak, con dos guerras, regímenes de sanciones, el derrocamiento de Sadam en el 2003 y repetidos intentos –el más reciente, este mes– de instalar a un Gobierno considerado aceptable.

El resultado ha sido una catástrofe sin paliativos: la destrucción del Irak como sociedad en funcionamiento, convertida en una guerra civil permanente, impulsada por potencias exteriores, que ha causado la ruina económica y el hundimiento de los niveles de vida. Desde 1990, centenares de miles de iraquíes han muerto a consecuencia de la violencia.

Siria padeció decenios de dominio francés después de la Primera Guerra Mundial y, después, relaciones cálidas y frías, alternadas, con EE. UU. y Europa desde el decenio de 1960. Durante el pasado decenio, EE. UU. y sus aliados han intentado debilitar y después –a partir del 2011– derribar el régimen del presidente Bashar El Assad, principalmente con una guerra por procuración, para socavar la influencia iraní en Siria. Los resultados han sido devastadores para el pueblo sirio. Assad sigue en el poder, pero más de 190.000 sirios han muerto y millones de ellos han acabado desplazados a consecuencia de una insurrección apoyada por EE. UU. y sus aliados (mientras que Assad contaba con el respaldo de Rusia e Irán). Ahora, algunos funcionarios de EE. UU. están examinando, al parecer, la posibilidad de aliarse con Assad para luchar contra el Estado Islámico, cuyo ascenso ha ido facilitado por la insurrección respaldada por EE. UU.

Después de decenios de intervenciones cínicas –y, con frecuencia, secretas– por parte de EE .UU., Gran Bretaña, Francia, Rusia y otras potencias exteriores, las instituciones políticas de esa región están basadas en gran medida en la corrupción, la política sectaria y la fuerza bruta. Sin embargo, siempre que estalla una nueva crisis en Oriente Medio –la última, la desencadenada por las recientes triunfos del Estado Islámico–, EE. UU. vuelve a intervenir, tal vez para cambiar a un Gobierno (como acaban de organizar en Irak) o lanzar un nuevo ataque con bombas. Los tratos en la sombra y la violencia siguen siendo el pan nuestro de cada día.

Los expertos afirman que los árabes no saben gestionar la democracia. En realidad, a EE. UU. y a sus aliados no les gustan, sencillamente, los resultados de la democracia árabe, que, con demasiada frecuencia, produce Gobiernos nacionalistas, anti-Israel, islamistas y peligrosos para los intereses petroleros de Estados Unidos. Cuando los votos se orientan en esa dirección, EE. UU. se limita a hacer caso omiso de los resultados de las elecciones (como hicieron, por ejemplo, en el 2006, cuando Hamás obtuvo una gran mayoría del voto popular en Gaza).

EE. UU. no puede detener la espiral de violencia en Oriente Medio. El daño causado en Libia, Gaza, Siria e Irak exige que se busque una solución política en esa región, no impuesta desde fuera de ella. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debe brindar un marco internacional en el que las mayores potencias se retiren, anulen las sanciones económicas asfixiantes y se atengan a los acuerdos políticos alcanzados por los propios Gobiernos y facciones de esa región.

Irán, Turquía, Egipto, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y otros vecinos se conocen mutuamente bastante bien –gracias a más de 2.000 años de comercio y guerra– para solucionar sus problemas por sí mismos, sin interferencia de EE. UU., Rusia y las antiguas potencias coloniales de Europa. Los países de Oriente Medio tienen un interés común en privar al hiperviolento Estado Islámico de armas, dinero y atención de los medios de comunicación. También comparten un interés en mantener la corriente de petróleo hacia los mercados mundiales... y recibir la mayor parte de los ingresos.

No quiero decir que, si EE. UU. y otras potencias se retiran, todo vaya a ser perfecto. Hay bastante odio, corrupción y armas en esa región para mantenerla en crisis durante los próximos años, y nadie debe esperar que haya democracias estables muy pronto.

Pero, mientras EE. UU. y otras potencias extranjeras sigan inmiscuyéndose en esa región, no se encontrarán soluciones duraderas. Cien años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, se debe poner fin a los métodos coloniales. Oriente Medio necesita la oportunidad de gobernarse a sí mismo, protegido y apoyado por la Carta de las Naciones Unidas, no por una determinada gran potencia.

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible y de Política y Gestión de la Salud, y director del Instituto de la Tierra, en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio. © Project Syndicate.

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