Opinión

Defender las instituciones

Actualizado el 11 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Quiero referirme a ciertos comentarios que he recibido con relación a la carta que publiqué para la juventud. Se me ha dicho que lo mío es proselitismo político, manipulación, sesgo, intención parcializada, propaganda del PLN y atrofia de la realidad, insistiendo, finalmente, en que el sistema político actual está totalmente agotado.

O sea, una paliza, que soporto con respeto y que me obliga a necesaria aclaración. Soy persona que se acerca con curiosa tranquilidad a los noventa años. En el retiro a que me obliga la edad, no estoy para intenciones sesgadas, proselitismo político barato ni para jugar con basuras intelectuales. Siempre he tratado de exponer mi forma de pensar con la mayor claridad posible, aceptando réplica inteligente, fuera de dogmatismos y mentirosas verdades.

Los que me conocen –cada vez menos– saben: a) que pertenezco al grupo fundador del Partido Liberación Nacional; b) que me preocupé por entender bien en qué consiste el socialismo democrático; c) que tengo sesenta años de exponer ese pensamiento político públicamente, tratando de mantener un equilibrio decente entre lo que pienso, lo que propongo y en lo poco que me ha tocado intervenir, pensamiento que he recogido en cinco libros publicados, y d) que no soy adulador de los que triunfan en mi partido, sino crítico permanente de sus desviaciones ideológicas y morales.

Como me he quedado casi solo, alguien me dijo hace dos años que yo era como un dinosaurio de la política nacional, condición que estoy comenzando a aceptar, sin reconocer una posición equivocada. Doctrinariamente, nadie me ha demostrado que el socialismo democrático sea una mentira.

Método social-democrático. Desde el punto de vista ideológico, sostengo firmemente que la única solución política que tienen las democracias modernas es el método social-democrático. El marxismo no, por haber ofrecido el paraíso fuera de toda posibilidad; y el liberalismo, su alternativa natural, ha llegado al extremo de consolidar un capitalismo explotador que contradice todo lo que podemos entender por vida democrática, libre y de bienestar. Esto, como tesis general.

Lo otro es una realidad concreta, como la nuestra, aquí en Costa Rica. Lo primero que me he preguntado es qué podemos hacer y cómo hacerlo. Entonces retorno a mi exposición original. Si estamos hablando de soluciones humanas, para el pueblo, en un país determinado, tenemos que situarnos en su propia existencia objetiva, en su momento histórico, y preguntarnos qué se puede hacer con lo que se tiene, porque solo con eso se cuenta.

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En primer lugar, es necesario saber que nuestras instituciones democráticas son firmes y están bien orientadas, únicas que pueden garantizar la estabilidad política. Son una conquista, un valor que debemos defender.

¿Por qué esas instituciones no logran funcionar bien? Es la pregunta que demanda inmediata respuesta. Por mi parte, pienso que es cierto que los partidos políticos dejaron de ser aquella parte del pueblo organizado para defender sus derechos, y sus dirigentes, después de veinticinco años de disfrutar de un aceptable estado de bienestar, se acostumbraron a vivir bien, desviando la lucha permanente.

Pero hay otro factor, quizá de mayor importancia. El régimen democrático creado (primero, por la energía revolucionaria de 1948 y, después, por el Partido Liberación Nacional) es la estructura de una democracia social. Después vino la caída del imperio soviético que terminó con el equilibrio mundial de las grandes potencias, y, además, la globalización, todo lo cual precipitó –sin que nadie lo hubiera pensado con anterioridad, y menos evitado– un liberalismo que olvidó su mensaje democrático para pensar solamente en los negocios, la especulación financiera a gran escala y todo tipo de explotación sin control alguno. Desapareció de las legislaciones el delito de usura.

Liberalismo económico. Los organismos internacionales creados después de la última guerra mundial para beneficiar a los pueblos doblaron la página y se dedicaron a defender a los especuladores. Entramos a la era del más brutal liberalismo económico jamás pensado. Costa Rica cayó envuelta en la vorágine. La estructura socialdemócrata del Estado dejó de funcionar frente a la especulación sin control ni moral, impuesta como costumbre en nombre de la libre empresa. Socialismo democrático en la estructura y capitalismo feroz en el funcionamiento solo conducen al desastre total.

Todo esto ha desviado el necesario análisis sereno de los sucesos históricos, convenciendo a más de uno a pensar que la falla es del sistema, cuando, en verdad, la víctima ha sido la democracia, sacrificada al dios supremo de la avaricia.

Además, lo que hemos venido observando en nuestro país, en las últimas décadas, es la proliferación de aprendices de brujo, de personas que carecen del conocimiento teórico que fundamenta la democracia, y de lo que significa en la política mundial de nuestro tiempo. Entonces, se sacan de la manga alternativas al sistema, cada cual con su ocurrencia, alegando que está agotado, y proponiendo que se debe terminar con los partidos políticos, con el Parlamento y con la elección de los gobernantes mediante el voto popular.

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Desacreditar al máximo la democracia pareciera ser la consigna, tratando de probar que no sirve, que es una estafa, para sustituirla por un régimen corporativista, o sea, de empresarios y demás representantes del poder económico en el país, prescindiendo de toda posibilidad que permita al pueblo organizarse para escoger a sus gobernantes.

Ciudadanía reflexiva. Lo que debemos entender es que la democracia funciona solo con una ciudadanía reflexiva y beligerante. Pero, si el ciudadano se margina y decide no participar en nada –denuncia sin aportar–, la democracia se derrumba, precipitándose al vacío, y no precisamente porque la clase política lo permite, sino por su propia indiferencia.

El demócrata consciente no debe atacar a la democracia; en este momento, su mayor obligación es defenderla. Por eso es importante volver a rescatar el valor espiritual y real del sufragio. El vendaval internacional pasará y, cuando esto suceda, las democracias que pudieron sobrevivir resplandecerán.

Al final de toda incertidumbre política o económica debe aparecer no alguien derrotado por la inmoralidad y las malas costumbres gubernamentales –declarando que no votará–, sino un joven capaz de expresar, sin duda alguna, que, como el pueblo carece de capacidad para gobernar directamente, el único Gobierno democrático que puede existir es el representativo; que el derecho a elegir libremente a quienes nos representan es irrenunciable y eterno, y que, mientras exista un ciudadano con decisión para defender el sufragio, subsistirá la democracia.

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