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Decidir a los 18 años

Actualizado el 31 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Decidir a los 18 años

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Pienso que la edad legal para votar hoy en día no debería ser a los 18 años. Hace un siglo, tener 18 años implicaba ser hombres y mujeres hechos y derechos, en su mayoría padres de familia con responsabilidades. Hoy, tener 18 años aún significa ser adolescente en todo su concepto, con intereses no muy distantes de la banalidad: la moda, socializar en la universidad y en el barrio, pensar en amores y desamores…

Con esta opinión no pretendo ofender a quienes están en esta edad; en realidad lo afirmo porque lo viví en carne propia. No descarto que existan jóvenes que sean muy maduros, responsables y centrados, pero lo cierto es que, a los 18 años, mi criterio era muy diferente del que tengo ahora, 11 años después, y siento que desaproveché la oportunidad al momento de elegir un presidente.

Mi primera ocasión de votar fue a los 20 años y, luego, nuevamente a los 24. En ninguna de estas ocasiones, confieso, hice un estudio profundo de cada uno de los planes de gobierno de los candidatos y, probablemente, aunque lo hubiera hecho, mi capacidad de absorción de información y de entendimiento era insuficiente.

Era fácil dejarse llevar por los discursos de los aspirantes que proyectan bien su imagen, o por aquellos a quienes la mayoría apoya (es decir, por ningún razonamiento objetivo).

Experiencia y madurez. A partir de los 25 años, el criterio fundamentado de las personas cambia, madura y define su perspectiva. Ya al cuarto de siglo de edad, las personas han vivido, han experimentado, han finalizado sus estudios superiores, muchos tienen responsabilidades económicas o familiares, posiblemente han trabajado y algunos han experimentado la amargura del desempleo.

Todas estas circunstancias sí determinan y se traducen en una mejor capacidad de análisis.

Yo entiendo que este punto de vista está excluyendo una importante franja etaria que, definitivamente, es representativa; por tanto, no digo que la edad obligatoria para votar sea deba ser estrictamente a partir de los 25 años, pero creo que hay razones de peso para pensar que ya no es tan favorable que siga siendo a los 18.

Es justamente en esta última edad que los jóvenes (no digo todos, sino una mayoría) son sumamente vulnerables y manipulables por aspectos superficiales de la política: “Me gusta el candidato que mejor sabe hablar, el que me llegó a visitar a la universidad, el más simpático, etc.”.

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Lamentablemente, ninguno de estos argumentos tiene que ver con la capacidad gubernamental de un aspirante a la presidencia de la República, ni tampoco con el futuro y desarrollo general del país.

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