Opinión

Cuestión real

Actualizado el 26 de julio de 2013 a las 12:00 am

Opinión

Cuestión real

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ahora que soy costarricense y vivo en una república, por circunstancias “reales” me golpea una imagen de mi juventud en una monarquía, la belga, que funcionaba y ojalá siga funcionando: hasta en paralelismo antitético puede servir para sacar conclusiones en Costa Rica.

El caso es que, a tres cuadras de mi casa, al recién estrenado rey Balduino le tocó desvelar una estatua ecuestre que allí pusieron, en honor a su padre, Leopoldo III. Aquello era en el “llano país que es el mío”, en términos de Jacques Brel (tan plásticamente evocado en reciente librito del finado amigo Gerardo Trejos); son los “Campos de Flandes” como nuestro Joaquín García Monge los sigue elogiando.

Sí, los lazos bilaterales Bélgica-Costa Rica, por desgracia quedaron también marcados por la Primera y la Segunda Guerra Mundial: Julio Acosta aplaude al rey-caballero Alberto I; y la muy aristocratizante Yvonne Clays (belga, esposa del Dr. Calderón Guardia) asume como primera dama en Costa Rica mientras sufre por su rey Leopoldo III: este no se refugió en Londres con su equipo ministerial, sino que prefirió quedar con sus tropas, en la patria mortificada por los nazis.

La real cuestión. La real cuestión es… la cuestión real: nada vieja, relativamente, la monarquía belga (creada pocos años después de la independencia –republicana– de Costa Rica), ¿qué papel puede desempeñar todavía ya bien entrado en el siglo XXI?

Es que, en estos días, asistimos a un cambio en cuanto a la figura de quien temporalmente asume el papel de “rey de los belgas” (el matiz es importante: el monarca tiene una representatividad en nombre de sus con-ciudadanos, no como rey feudal o posterior para el cual primaba el territorio). Todo eso no nos importa aquí, me dirán en la gradería de sol, pero hasta en la Calle Real, en San Pedro de Montes de Oca, es bueno acordarse de que esa vía, ahora eminentemente comercial, se sigue llamando así porque hubo un tiempo en que también Costa Rica era parte de una monarquía. Claro, cambiaron las estructuras y cantidad de prioridades, pero todavía aquí seguimos hablando del Real Madrid y de la Real Academia…

PUBLICIDAD

Contextos distintos. Difieren, además, los contextos: la abdicación del rey Alberto II y la entronización de su hijo, en estos días, no provocará réditos a raudales como el nacimiento inminente en la Casa Real británica: lástima, en términos financieros, pero me suena que la realeza belga está encima de souvenirs y cositas que se están vendiendo en estas semanas a orillas del Támesis.

¿Los enamorados de la historia nos refugiaremos en pasada gloria? El nuevo rey, allá en esta geografía belga, más menudita todavía que Costa Rica (pero con casi tres veces más población) se llama Felipe, como el padre de aquel Carlos Quinto “en cuyos dominios no se ponía el sol”. Qué va, me argumentarán: esta explicación tampoco convence, porque puede interpretarse en términos imperialistas, pasados. Pero hasta en eso, ¡ojo!, la historia belga en el actual Zaire no es tan simple unilateral como la pinta Vargas Llosa con un cuadro únicamente negativo del rey Leopoldo II: ver el reciente, enorme y premiado estudio de David Van Reybrouck.

Papel positivo. ¿Entonces? Dentro de una postura que puede parecer ecléctica y hasta oportunista señalaré que, a mi modesto modo de ver, la vetusta institución real, muy real, puede seguir teniendo un papel positivo, pero, como en todo, depende de la persona. Con el riesgo de desviarme (¿otra vez?), invito a ver la estupenda película danesa, parte del reciente y exitoso festival europeo: las figuras, reales en todo sentido (una reina extranjera, un rey genéticamente afectado), brillantemente evocadas, muestran y demuestran que cambiaron la historia: Dinamarca salió de un contexto atroz, medieval, dentro de estructuras anquilosadas sí, pero bien asesoradas, con empeño y voluntad propugnaron una patria funcional y ahora global.

En el caso, pues, de este terruño del que soy originario, para nada auguro un papel preponderante al nuevo rey (la Constitución se lo prohíbe, la experiencia enseña y la tendencia federal le coarta cada día más), pero que siga, por favor, auscultando, asumiendo y fortaleciendo un papel de símbolo de cohesión: todo bajo el lema, viejo pero no tan gastado, de “la unión hace la fuerza”.

En Costa Rica como en Bélgica, cada uno dentro de sus instituciones, con personas valiosas, sigamos construyendo a diario nuestra respectiva democracia. Cuestión muy real.

  • Comparta este artículo
Opinión

Cuestión real

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota