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Actualizado el 13 de abril de 2013 a las 12:00 am

Todos los socialismos o comunismos son una quiebra económica perpetua

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En uno de sus discursos en Chile despues del triunfo de la “revolución”, Castro dijo una frase lamentable que retrata el pensamiento inconfesable de mucha izquierda latinoamericana: “El poder no se entrega”. Se dirá que era parte de aquellos exaltados años 60, llenos de emoción y descubrimiento, donde más que pensar, al estilo de Descartes, se sentía estar vivo. Infortunadamente, aquellos polvos trajeron estos lodos.

“El poder no se entrega” es la intrínseca concepción del más rancio leninismo que se siente ungido, nadie sabe por quien, a cambiar a su antojo y deseo los destinos del colectivo donde vive. La frase encierra una arquitectura ideológica contra la democracia con su saludable alternancia en el mando, y el provecho astuto de este sistema como protocolo, usando su respeto a la diferencia para posteriormente prescindir de él. Vale acotar que Castro formó a buena parte de la actual izquierda latinoamericana a su imagen y semejanza, esto es, bajo la premisa del pragmatismo y el oportunismo. Toda argucia, toda mentira, se justificaría teleológicamente luego, con la toma del poder democráticamente o por la armas, qué importa, en tanto este poder sea posteriormente eterno.

Así como muchos niños ansían visitar Disneylandia para ver la tierra de la fantasía, en analogía no tan forzada, mucha izquierda latinoamericana ha hecho su peregrinaje a La Habana a tomarse la foto con el fetiche, sea en un caso Mickey Mouse, o en otro, Castro. De allí salieron muchas iniciativas para desestabilizar regímenes hemisféricos, en Centro- y Sudamérica, pensando que si las “condiciones objetivas” para una revolución social no estaban maduras, pues había que provocarlas. Los cursos ideológicos socialistas en los 70 y 80 se volvieron parte del turismo político de izquierda, para quien aspiraba cierto pedigree futuro de dominio.

Pero quien va a Disneylandia no va a preguntar por la condiciones laborales de los trabajadores, ni los costos o problemas logísticos. Así, esa izquierda que iba (o que va) a La Habana lo hacía con miras a solazarse en un sueño de autoafirmación.

Para ellos, como un país Potemkin de utiliería, Castro previó la “otra” Cuba: la del paraíso de los “luchadores sociales”, con acceso a muchos beneficios que un cubano de a pie jamás conocerá en vida. Esa es la esencia de todo comunismo: repartir masivamente la miseria para que haya una élite que maneje y planifique el acceso a los recursos, y también, claro, que dirija la escasez programada de estos recursos.

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Todos los socialismos o comunismos son una quiebra económica perpetua. Las llamadas “revoluciones socialistas” comienzan por predar la estructura existente, y cuando todo se acaba, suceden años de penuria y miseria económica. Políticamente, años de más represión. Por ello mismo, casi desde el comienzo, Castro supo que más que la Unión Soviética, la perla del Caribe era Venezuela, con su ingente riqueza petrolera. “Con mi revolución y su petróleo”, le dijo al entonces presidente Rómulo Betancourt, quien tardó menos de diez minutos en mandarlo a las duchas, deportivamente hablando.

Cubazuela es pues, un proyecto político de vieja data: controlar una nación y sus riquezas a distancia para mantener viva una revolución inservible. Ante él han cerrado los ojos muchos mandatarios, cegados por los intereses o por el respeto que da una gruesa chequera dirigida con fines turbios mientras se oprime y exprime a un pueblo.

Este domingo solo los venezolanos podrán votar, pero todos los demás latinoamericanos podrán expresar su opinión sobre lo que está aconteciendo allí. Es una nación que ha recibido en 15 años el presupuesto actual de Costa Rica para mas 100 años, y que sigue tan pobre o más que antes.

Si toda relación entre países se reduce a un puro beneficio crematístico, si toda política internacional es solo eso, como pretende tristemente demostrar Luis Ignacio da Silva, promoviendo para los demás políticas opuestas a las que el usó en su país, entonces la democracia se ha neoliberalizado realmente y está gravemente enferma.

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