Opinión

Cuba, Obama y la ley de las consecuencias imprevistas

Actualizado el 24 de abril de 2016 a las 12:00 am

Opinión

Cuba, Obama y la ley de las consecuencias imprevistas

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

No hay excepciones. El presidente de los Estados Unidos también está sujeto a la “ley de las consecuencias imprevistas”. Esto se hizo patente, por ejemplo, en Libia. La OTAN realizó siete mil bombardeos y produjo la destrucción del ejército de Gadafi, quien resultó ejecutado por sus enemigos. El país, totalmente caotizado, quedó, finalmente, en poder de unas bandas fanáticas que asesinaron al embajador norteamericano.

El loco criminoso de Gadafi, objetivamente, era menos malo que los que vinieron después. Algo parecido sucedió con Sadam Huseín, con Mubarak, con el sha de Persia, con Batista, episodios en los que, directa o indirectamente, Estados Unidos tiene una gran responsabilidad por su actuación, por abstenerse de actuar o por hacerlo tardíamente.

Le acaba de suceder a Barack Obama en Cuba. El presidente llegó risueño a La Habana, ilusionado y cargado de buenas intenciones, acompañado de exitosos (ex) desterrados cubanos, también deseosos de ayudar a la patria de donde proceden, convencidos todos de la teoría simplista del “bombardeo de jamones”.

Grosso modo, quienes sostienen esa estrategia sospechan que de la penetración capitalista, del empoderamiento de la sociedad civil y de la creación de una capa de propietarios y cuentapropistas dispuestos a defender sus intereses, eventualmente surgirá el fin progresivo del modelo comunista.

Renuncian, pues, a toda represalia económica o amenaza militar, confiados en que la paulatina transformación económica de la Isla producirá los resultados que no se obtuvieron tras más de medio siglo de embargo económico y hostilidad.

Wishful thinking, dicen los gringos. Toman los deseos por realidades. Raúl y Fidel  son unos comunistas serios, resueltamente estalinistas, dispuestos a mantener a sangre y fuego la preponderancia económica del Estado, la exclusividad del Partido Comunista a cargo del país y la firme creencia en que Washington es el enemigo contra el que hay que luchar hasta la muerte.

Por eso respaldan a capa y espada a Nicolás Maduro, le envían armas a Corea del Norte, abrazan a Irán y a los terroristas del Medio Oriente, y les dan toda su solidaridad a los narcoguerrilleros de las FARC. Para el gobierno cubano, es obvio quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Ni vacila, ni se equivoca, ni lo detienen prejuicios pequeño-burgueses sobre la violación de los derechos humanos.

Como señaló M. Claver-Carone en CapitolHillsCubans, lo primero que hicieron fue agregar el supuesto delito de “acumulación de riquezas” a las prohibiciones a los cuentapropistas cubanos, anatema que se suma a la ya existente imposibilidad de “acumular propiedades”. Ellos conocen perfectamente la estrategia del “bombardeo de jamones” y no se van a dejar sorprender por las tácticas “groseramente materialistas” de los adversarios.  

Para los Castro, y para los militares que mandan en esa dinastía, el débil tejido económico privado, vigilado muy de cerca por la contrainteligencia, trenzado con actividades menores de servicio (pequeñas hospederías, restaurantes caseros, sudorosos bicitaxis y un ridículo etcétera), tiene la función de pagar impuestos, absorber la mano de obra que no cabe en las grandes empresas públicas, aliviar las deficiencias de un sistema asombrosamente torpe, y dotar al régimen de la estabilidad que proporciona una capa de microempresarios decidida a que no ocurra nada que ponga en peligro sus magros privilegios.

A los pocos días del viaje de Obama, el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba le respondió con firmeza y unanimidad al presidente norteamericano.

Raúl Castro, junto con otros octogenarios, fueron ratificados en sus cargos por el 100% de los votos. Lo mismo sucedió con todos los miembros del Buró Político y del Comité Central. Quienes esperaban alguna señal de apertura o de pluralismo, algún síntoma de tolerancia hacia otras voces, no los obtuvieron.

La guinda al pastel fue el delirante discurso de Fidel. Tras repetir, por enésima vez, que es comunista desde los 20 años –la única verdad comprobable que ha dicho en toda su existencia–, comenzó a desvariar sobre los dinosaurios y sobre el fin cósmico de la vida sobre el planeta.

Es una lástima que Barack Obama, los (ex) desterrados cubanos, y esos diplomáticos y académicos convencidos de las virtudes de la estrategia de “bombardear con jamones”, ignoren el poder de las ideologías, por muy absurdas y contraproducentes que sean, y no respeten la determinación homicida de unos encarnizados enemigos que llevan en el poder casi 60 años aterrorizando a la población interior e intimidando a sus adversarios exteriores.

Las “consecuencias imprevistas” no se han hecho esperar. La dictadura se prepara para apretar las clavijas. Ya expulsó de su cátedra al profesor Omar Everleny, un marxista sorprendentemente razonable y dialogante. Redoblará la vigilancia. Machacará con más saña a la oposición (ya lo está haciendo). Desangrará económicamente a los cuentapropistas y le demostrará a Obama y sus amigos que ellos son unos estalinistas convencidos y consecuentes dispuestos a matar o morir en defensa de sus ideas. Raúl y Fidel no se succionan el pulgar. Es hora de que sus enemigos lo sepan.

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor. Su libro más reciente es la novela Tiempo de canallas.

  • Comparta este artículo
Opinión

Cuba, Obama y la ley de las consecuencias imprevistas

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota