Opinión

Crónica de una visita anunciada

Actualizado el 02 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Crónica de una visita anunciada

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¿Qué determinará el genio? ¿Cómo describirlo ¿Por qué se nos aparece en nuestra Latinoamérica, en una pequeña población caribeña de Colombia, un hombre que estaba destinado a convertirse en el mundialmente célebre escritor Gabriel García Márquez, premio nobel de literatura 1982?

La pregunta, como tantas otras que nos carcomen la mente y el espíritu, no puede tener respuesta. ¿Cómo explicar sus borbotones de ingenio, su fantasía, sagacidad e imaginación? No parece haber palabras acreditadas.

Su muerte reciente nos agobia el espíritu. Todo lo que se haga, diga o escriba sobre este creador latinoamericano, o, mejor dicho, universal, no solo es imperioso, sino inapelable. La forma de encontrar sosiego después de enterarnos de su muerte es hablar sobre él, escribir sobre él y, desde luego, mantenerlo vivo en nuestra mente mediante todos los recursos posibles, y, claro está, leerlo y releerlo.

Privilegiado. Soy un privilegiado que no solo lo conocí, sino que también lo tuve cenando en mi casa, en Piedra Azul, en Escazú, el viernes 8 de setiembre de 1996.

¿Cómo sucedió eso? Paso a contarlo.

Era presidente de la República José María Figueres. El jueves 7 de setiembre de 1996, me llama por teléfono el presidente y, después de los saludos habituales, me dice: “Don Guido, imagínese que mañana nos llega al país Gabriel García Márquez”.

Yo, perplejo, le pregunté: “¿García Márquez, el escritor, el premio nobel?”. La respuesta del presidente fue contundente: “No hay otro”. Nos reímos los dos largamente. “Pero tengo un serio problema –me comentó–. Yo creo que se le debería brindar alguna atención. Mi esposa está fuera del país y mamá está pintando su casa. Me parece que yo debería hacerle una cena mañana en la noche y no se me ocurre dónde”. “Presidente –le dije yo en seguida–, tenés mi casa, que es tu casa”. “Eso es lo que quería oír”, me contestó riéndose José María Figueres. “Y dígale a doña Daisy que no se preocupe por nada. Mañana la llamarán de la Presidencia para coordinar y disponer todo. Ya le mando la lista de las personas que creo que deberían estar ahí. Coméntemela”.

Le recomendé que sería oportuno realizar un corto programa musical antes de la cena, como homenaje al escritor, que vendría a mi casa con su esposa, Mercedes Barcha. Pensé en el pianista Jacques Sagot quien, muy emocionado, aceptó.

A las ocho en punto de la noche, apareció en mi casa el presidente Figueres con su madre doña Karen y algunos de los dispuestos invitados.

Extraña sensación. Se me avisó que el carro con escolta que traía al escritor y a su esposa estaba entrando en ese momento. José María y yo salimos al corredor para recibir a los homenajeados.

El farol de la terraza de la entrada iluminó la cabeza cana y privilegiada del laureado autor de Cien años de soledad . La pareja avanzó hasta nosotros. Extraña sensación de tener a ese gigante mundial de las letras frente a nosotros, sereno y sonriente.

Al darle la mano, le pregunté en tono de broma: “¿Cómo se saluda a una leyenda?”. Se rio con un gesto de impotencia y así avanzamos los cuatro hacia la puerta abierta de la entrada a la casa. Al pasar el umbral, los veinte invitados con la mirada acelerada que estaban ahí, se pusieron de pie mientras Alberto Cañas, “chisporrotéicamente”, hizo la presentación de cada uno de los asistentes.

Invité a Gabo a sentarse junto al presidente en un sofá, frente al piano, para que tuviera la posibilidad de ver y oír a Jacques Sagot, quien ya estaba ante el instrumento. Fue un breve pero brillante recital de unas cuatro o cinco piezas cortas. Gabriel García Márquez se levantó de su asiento y se dirigió hacia el pianista a saludarlo, y ahí los dejamos conversando varios minutos.

Más tarde, invitamos a los presentes a pasar al comedor, donde Daisy había dispuesto la cena-homenaje al premio nobel y a su esposa, acompañados por el presidente de la República, dueño del agasajo, y el grupo de buenos y emocionados amigos.

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