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¿Cristianismo o postcristianismo?

Actualizado el 27 de enero de 2013 a las 12:00 am

El problemaradica en nocreerse la únicaluz que ilumina

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Sí, soy cristiano, mis opiniones están sesgadas, como lo estaría la opinión de cualquier otro. Ese no es punto, ni siquiera el talón de Aquiles de lo que estoy por opinar, porque se encuentra dentro del horizonte de todos los discursos posibles de hoy. Al menos así los detentores de las corrientes filosóficas posmodernas lo pensarían. Pero hay quienes, so pretexto de vanguardismo intelectual, negarían toda posibilidad de opinión a los creyentes. Si alguien quiere ser consecuente con ese principio, se encontraría entre aquellos que defienden la modernidad (es decir, los principios de la explicación racional de lo que acaece), porque la opinión de un creyente se enmarcaría dentro de la irracionalidad (no es necesario recordar aquí sus argumentos de sobra conocidos).

Sin embargo, quisiera usufructuar de un conocimiento experiencial que proviene de mi condición de creyente: sé diferenciar qué cosa es una convicción religiosa. Claro, lo hago desde mi comprensión y tradición cristiana occidental, por eso me refiero a lo que en el catolicismo se llama ortodoxia y heterodoxia. En cristiano: pensar correctamente o de manera falaz, respectivamente.

El punto central es que muchos pensadores vanguardistas anticristianos (o postcristianos, para estar a la moda) quieren ser ortodoxos, es decir, representantes del sano pensar. Se da por supuesto que hay enfermedades lógico-epistemológicas que contradicen el natural devenir del flujo de la racionalidad. En otras palabras, razonar es un acto automático que, siguiendo algunas reglas claramente estipuladas y ordenadas por el lenguaje conceptual, da resultados ciertos e incontestables. Esta ortodoxia intelectual se proclama de aceptación universal porque se considera la consumación humana del pensar.

Cualquier acto de voluntad, si bien razonable, pero no acorde con los principios que se enuncian, carece de objetividad-racionalidad. Por ende, las afirmaciones no acordes con sus principios son heterodoxas. Cabe decir, engañosas y falaces. Por eso sus discursos abundan en subrayados importantes: es imposible, es ilógico, es irracional, es ambiguo, es dogmático' y cosas por el estilo. Basta de metáforas: estamos delante de un discurso que se pretende neutral y objetivo que utiliza un lenguaje religioso-escolástico.

Aquí sobreviene la duda: ¿Realmente estamos delante de una consideración racional, mejor, epistemológicamente fundada de los problemas conceptuales que el pensamiento cristiano plantea? No me refiero aquí a la tan trillada cuestión de si se cree o no en un dogma, sino de los problemas que suscita una posición diferente, a veces claramente minoritaria (ahora que las minorías tienen el derecho de ser oídas, porque, si no, se les negaría su humanidad, según reza la posición políticamente correcta) y no popular (aunque yo dudaría de afirmaciones demasiado fáciles al respecto porque mucha de la población en práctica avala posiciones “conservadoramente” cristianas), que se pueden parecer mucho por su fuerza política (subrayo el carácter público de cualquier opinión, entiendo aquí por “opinión” aquello que los medios de comunicación de masas ofrecen como interpretación mayoritaria de hechos o posiciones asumidas y defendidas mayoritariamente) a otras tentativas de reivindicación publicitadas abiertamente en nuestro medio como “laicas”.

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Porque si “dogma” adquiere el carácter terminológico del griego clásico, no puede significar aquí más que “opinable”. ¿No es cierto que muchas posiciones de “opinión” se podrían reducir de manera análoga a la condición de “dogma” en sentido religioso, dada su intolerancia y pretensión de irrefutabilidad (características tan cacareadas cuando se critica al cristianismo).

Un gran problema. Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo consiste en negarse a ver la veracidad de las observaciones ajenas. Tal vez eso se debe a que en medio de tanto caos conceptual mantenemos la esperanza de conquistar a los otros con nuestras razones. El mundo platónico de las ideas, como recurso autorizado y esencial, sigue teniendo una fuerza incontrastable en nuestra sociedad occidental. No en balde Platón lo describió en términos mítico-religiosos, porque su fuerza la cimienta el mito de la razón-bondad pura, explicadora de lo real. Con esto quiero decir que el pretendido “postcristianismo” muchas veces no es más que una manifestación de una modernidad descontenta, pero vagamente “vanguardista” y novedosa, si hablamos en términos de la “ filosofía posmoderna”.

No hay vida perfecta, lo decía ya Qohelet, quien en su razonar no dudaba criticar las sentencias más “rigurosamente” impuestas a la sociedad de su tiempo, aunque esas fuesen religiosas (es interesante que un libro de este tipo sea parte de una colección canónica de libros religiosos). Pero, subrayaba, hay que saber encontrar el justo equilibrio en el arte de vivir.

Los relatos vitales. Por otra parte, como proponen muchos autores posmodernos, la subjetividad adquiere un rol importante dentro de una nueva perspectiva cultural.

Los grandes metadiscursos pierden significación, por ser considerados vacíos, impracticables y portadores de demagogia, mientras que los relatos vitales y experienciales adquieren una nueva vigencia. Lo interesante es que las religiones judeocristianas están basadas en relatos de experiencias humanas, que han servido como expresión de otras experiencias compartidas pero anónimas.

Recuperar el carácter narrativo en nuestros esfuerzos intelectivos es algo vital, si bien no podemos olvidar que existe otra experiencia humana que tal vez no tenga algún punto en común con la nuestra. Pero eso no quiere decir que no se puedan iluminar mutuamente.

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El problema radica en no creerse la única luz que ilumina, sino aceptar que la luz no es un patrimonio exclusivo de una única forma de pensar, sino un acto de profunda solidaridad y fraternidad.

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