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Crisis de definiciones

Actualizado el 18 de julio de 2017 a las 10:00 pm

Nuestras conciencias ciudadanas se debaten entre realidades contrapuestas

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En el crepúsculo de esta administración, la tentación para los reproches es grande, pero insustancial e infructuosa si no derivamos lecciones necesarias. La promesa de un cambio estructural sacó al electorado de los rieles tradicionales. Esa factura está pendiente y la necesidad de un cambio sigue en la palestra, exponiendo nuestro inmovilismo al peligro populista. Más de uno proclama que hubo cumplimiento, así sea cosmético. Pero las esperanzas ciudadanas no contaban con una curva de aprendizaje tan interminable y accidentada.

Eso ocurre cuando se elige a quienes han hecho de la crítica carrera política y no tienen en su haber más que nociones académicas de la función pública. Después llega el baile y, ya se sabe, no es lo mismo.

Los árboles talados en la Casa Presidencial no lograron su cometido de transparencia en la función pública. Hasta para conocer los visitantes de esa morada se requirió la intervención de la Sala IV. Queda como novela de misterio institucional la razón de la sinrazón del mal calculado entronque de la vía entre la carretera a Limón y el megapuerto de Moín.

No se le disputará a ese vergonzoso episodio el mal sabor que nos deja. Fue imagen simbólica de impericia aunada a autocomplacencia. En la sabia y muy pocas veces tan acertada expresión de “no pasa nada”, un editorial de La Nación (7/7/17) se refirió así a ese imperdonable proceder. Pero ni esa voz, ni el reproche de la Contraloría, lograron siquiera un “mea culpa” formal.

¿Y ahora? El tinglado está listo para otra contienda electoral que transcurrirá, inevitable, entre acusaciones acerbas y fáciles promesas. Recetarios de simples “qué ofrecer” predominarán, de nuevo, sobre los complejos “cómo lograr resultados”.

Si la lista de problemas nacionales se ha venido decantando, no así la inmadurez política que apuesta a los contrastes y no a la convergencia. Medidas necesarias, pero dolorosas e impopulares, aún no encuentran paladines capaces de enfrentar las expectativas ingenuas de una ciudadanía que espera soluciones sin pagar facturas. Eso no es nuevo.

Todavía resuenan en el espacio histórico los encomios apologéticos que hiciera don Luis Guillermo Solís, como candidato, al protagonismo popular que detuvo la construcción de la carretera a San Ramón, para pagar menor peaje.

Los simplismos de aquellas movilizaciones se estrellan ahora con complejidades técnicas y financieras que escapaban, entonces, a la comprensión inmediata y benevolente de la ciudadanía. Pero se cedió primero a la presión de la calle, atrasando la carretera, y se cede ahora al chantaje bancario, para acelerar su construcción.

Nadie asumió el costo político de decisiones impopulares, rasgo distintivo de un liderazgo positivo. Nuestro modelo democrático no tiene nada que ver con ceder a las presiones de la calle, dejarse arrastrar por prejuicios o por intereses creados. Eso es su antítesis misma. Pero en la próxima campaña el mercadeo político se apresta a dorarnos la píldora.

Excepción. Salvo Comex, que ha sabido sacar su tarea avante, con encomio, otras áreas de administración de comercio tienen, como contrapartida, la continuidad de los proteccionismos agrícolas de siempre (arroz), pero con nefastos agravamientos en perjuicio del consumidor (aguacate), que nos tienen en la picota de la OMC.

Casi no existe tema nacional que no requiera intervenciones con sentido de urgencia. Que cada quien ponga el orden de prioridad a los problemas que nos aquejan: educación, empleo público, pensiones, infraestructura, competitividad, costos energéticos, déficit fiscal, política productiva, inseguridad ciudadana, en fin.

Y más allá de listas taxativas de problemas, queda también pendiente una adecuación de nuestras estructuras institucionales a las potencialidades de las nuevas tecnologías. Duele ver cómo se celebró el inicio de Mer-link para interrumpirlo luego y terminar ahora con ese mismo programa de compras públicas, eso sí, con otro nombre y sin funcionar aún a pleno vapor. Otra inexplicable versión criolla de la piedra de Sísifo que sigue rodando.

Nuestras conciencias ciudadanas se debaten entre realidades contrapuestas. Por un lado, el “la la la”, tocado en piano, de realizaciones nacionales que invitan tentadoras a la autocomplacencia. Esa tonada ganó popularidad. Por otro, los contextos desagradables de nuestras carencias, retratados con crudeza por la incisiva pluma de Jacques Sagot.

La crítica fácil estalló en improperios a su desnudo retrato de escenarios incómodos. Nadie culpó ahí a la terca e insensible realidad, sino al mensajero. ¡Qué injusticia!

Eso es solo una muestra de nuestra tendencia atroz a que nos pinten todo color de rosa. Mensaje imprudente a una clase política que se nutre de nuestra ingenua propensión a dejarnos seducir con ligereza. Mal presagio.

Reflexión. El mensaje electoral y la victoria de Macron son hechos insólitos que nos deben llevar a la reflexión. Es verdad que Francia se encontraba en una coyuntura extrema, al borde de un abismo populista. En ese momento agónico, surgió una figura por encima de la marea, con un discurso enfocado en abordar contradicciones con respuestas realistas, aunque dolorosas. En Costa Rica, en cambio, nunca nada amerita que nos canten cuatro verdades.

Cada problema nos advierte el peligro de advenimientos funestos. Pero si aún no estallan, la fiesta sigue. ¿Por qué esperar hasta llegar al borde del abismo? Todavía es posible, aunque imprudente, patear la bola al siguiente gobierno y seguir con el nadadito de perro. De ahí la abundancia de diagnósticos y la ausencia de acuerdos operantes.

Jamás han existido tantos análisis e incluso consensos, pero de la boca para fuera, aunados a una apatía por la acción concertada. Tanto nos enorgullece nuestro autoproclamado excepcionalismo que merecería, en la próxima contienda electoral, voces de realismo que nos liberen de esta crisis de definiciones, que tan vulnerables nos hacen frente a la demagogia.

La autora es catedrática de la UNED.

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