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Costa Rica: una visión de pasado repetitiva

Actualizado el 01 de julio de 2014 a las 12:00 am

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Costa Rica: una visión de pasado repetitiva

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El pensamiento delusorio es sinónimo de un pensamiento engañoso. La persona transforma la realidad en ficciones por diversos motivos que tienen que ver con ciertos aspectos de su personalidad, y no con realidades económicas o sociales. Esta psicopatología no tiene mucha importancia mientras no adquiera adeptos que conviertan la mentira en una “certeza” política que hechice a multitudes, que es lo que ha ocurrido en Costa Rica.

Alcoa. El pasado en nuestro país está colmado de ejemplos de ese mal. En el caso de Alcoa, estudiantes y profesores inundaron las calles, oponiéndose al contrato, con la consigna de que esa compañía “se robaba nuestro subsuelo”, y aseguraban que, con sus actos de violencia, creaban “con-ciencia revolucionaria”. Alcoa se fue para Jamaica. Empobreció a la población de Pérez Zeledón y enriqueció a la de Jamaica deparándole a ese país ganancias por la venta de su bauxita o alúmina de, aproximadamente, entre $2.000 millones y $3.000 millones.

Distrito Financiero. Otra herencia del pasado fue el proyecto del Distrito Financiero que impulsó don Pepe para adelantarse a un proyecto comparable de Panamá. Pero la misma mezcla de estudiantes y profesores “progres” y sindicalistas dando gritos por las calles aseguraban que ese proyecto tenía como fin “hacer más rico a Vesco”. Panamá, y no Costa Rica, se convirtió en “una potencia emergente”, como la calificó la canciller alemana Angela Merkel. Eso ocurrió en nuestra frontera sur. En la frontera norte sucedió algo similar.

Canal seco. Otro legado del pasado fue el proyecto del canal seco, que lo obstaculizaron varios grupos ambientalistas y sus aliados de izquierda, argumentando que “la creación de una carretera interoceánica podría afectar especies animales y flora de valor universal”. El gobierno de izquierda de Ortega no padece de ese mal. Activamente planea la construcción de un canal seco, pero le agrega también un canal húmedo interoceánico.

Explotación de oro. En un pasado más reciente, el movimiento que bloqueó el proyecto de la explotación de oro usó la consigna del “no a la minería a cielo abierto”. Al asegurar que causaba un gran daño ambiental, escondían la evidente verdad de que, sin la extracción a cielo abierto, no podrían existir los automóviles, las carreteras, los puentes, el papel, las televisiones y todo lo eléctrico. Todos estos bienes llevan materiales extraídos de minas a cielo abierto.

Petróleo. Y el pasado de nuevo se repite. Le llegó su turno al petróleo. Cuando Ortega ofreció petróleo de mares ticos a compañías petroleras, el Gobierno tuvo un súbito pero fugaz despertar y revivió la posibilidad de explorar yacimientos de petróleo y gas natural en las llanuras de la zona norte de Costa Rica. Pero ya las mismas fuerzas políticas se lanzaron a dar la batalla en contra de otorgar una concesión para la exploración y explotación de gas o petróleo a una compañía estadounidense.

El ingreso bruto para Costa Rica como resultado de esa actividad superaría los $7.000 millones durante los 20 años de la concesión. Pero la Asociación Justicia para la Naturaleza apeló contra el primer permiso ambiental de este proyecto y logró frenar la firma del contrato durante más de una década.

Un docente geógrafo de la Universidad de Costa Rica tranquilamente declaró que ese negocio “no le deja nada al país”, que el porcentaje sobre los ingresos brutos era muy poco, que la compañía se “llevará toda nuestra riqueza”, que “los riesgos ambientales son muy altos” y, finalmente, que la concesión “no abaratará los precios locales de los combustibles”.

No decía que todo lo que la compañía “se lleva” son ganancias netas, ni decía que el costo de extracción (costos directos e indirectos, antes de gastos fijos), que andaría por cerca de $30 por barril, “se quedan” aquí. Los gastos fijos, que también se quedan aquí, sumaban $110 millones anuales.

Pensamiento delusorio. Una vez más, el pasado se repetía. Y lo peor es que esta maldición del pensamiento delusorio es contaminante. Ya se fijó en el ambiente. Impregna mentes menos esclarecidas que la del docente geógrafo, como la de la autora del artículo “La maldición del oro negro en Nigeria”. Cito algunos conceptos de su escrito, porque es un fiel reflejo de ese estado mental.

“Nigeria exportaba 2,5 millones de barriles diarios…un lugar donde la mayoría de sus pobladores vivían y siguen viviendo con menos de un dólar al día… sin agua potable ni electricidad, sin sistema médico y sin educación”. “Los dueños de las compañías petroleras traían la mayor parte de sus trabajadores de afuera e invadieron con… carreteras y canales dragados, todo esto sin estudios ambientales”.

Continúa la autora del artículo: “Una de estas transnacionales construía… una enorme planta de almacenamiento de gas que contaminó las aguas y arruinó las tierras cultivables ante los ojos de niños semidesnudos que pedían limosna. Como una sentencia bíblica, huyeron los peces del mar y empezaron a llegar congelados, importados, para quien pudiera pagarlos… Las ciudades que fueron autosuficientes se convirtieron en ciudades pobres de cemento, alumbradas por antorchas de los pozos petroleros humeantes que ondeaban en la inmensidad gris del cielo que alguna vez fuera azul”…”Hoy se pasea por la libre la maldición del oro negro… ante los ojos de niños (especialmente, niñas), mujeres y ancianos inocentes”.

En su edición del 6 de abril de 2014, el New York Times opina que “(Nigeria) es el país con la mayor producción de petróleo (en África), pero con nuevas industrias como las telecomunicaciones, la tecnología de la informática, la música, las aerolíneas, los malls y la producción de cine, lo que ha hecho que su economía haya superado con facilidad a la de su seguidora, la economía de Sudáfrica”.

Sin visión de futuro. Me decía un amigo que “los poetas deben escribir acerca de la paz, y los maestros deben heredar el legado de la paz a nuestros escolares”. Le respondí que la historia demuestra que la manera más segura de proteger a una sociedad del totalitarismo, de la anarquía y de la pobreza, en otras palabras: de fortalecer la paz, es asegurándose que en las escuelas se les enseñe a los niños el recurso redentor de aprender a enfrentar realidades y no a buscar un falso refugio en las ficciones, que es lo que se les enseña a esos niños ahora.

Quizá por eso es que, en Costa Rica, no existe una visión de futuro. Solo existe un pasado que se repite una y otra vez. Un país que no ha logrado superar las taras del pasado y que tampoco ha podido comprender que ese pasado arrastra nuestro futuro para atrás.

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