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Costa Rica ante el constitucionalismo israelí

Actualizado el 12 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Costa Rica ante el constitucionalismo israelí

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En medio del pesimismo sobre la posibilidad de solucionar la permanente guerra del mundo musulmán con Israel, el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, anunció la buena noticia del inicio de nuevas negociaciones de paz en el Medio Oriente. El tema nos concierne. El futuro de una democracia desarmada, como la nuestra, está indudablemente ligado al destino de los regímenes verdaderamente constitucionales del mundo. Y ese destino dependerá de la suerte que corra el consenso occidental sobre los valores que lo ha sustentado. Por eso urge la consolidación internacional de la cultura constitucional. Si se le devalúa, se encontrará seriamente comprometida la posibilidad de que sigamos siendo un Estado desarmado. Por eso es fundamental la coherencia y convicción de nuestra voz en el mundo. En el pasado, uno de los elementos fundamentales del prestigio de nuestra nación radicó en la fuerza moral de la política exterior.

Pero decisiones recientes, como la cuestionada justificación, en el año 2003, de nuestra inclusión en la lista de los países que conformaron la coalición para la invasión a Irak, la manera en que se rompieron las relaciones con Taiwán en el 2007, o el revés que en el 2006 Costa Rica le propinó a una nación tan amiga como Israel al retirar su embajada de Jerusalén, minaron la potencia de nuestra voz en el mundo.

Por la trascendencia que tiene para la paz, conviene analizar el último de esos tres ejemplos. Una nación que resguarda los valores del constitucionalismo occidental, ¿qué posición debe asumir en relación con Israel? ¿Qué parámetros deben regir nuestra política exterior para Oriente Medio? Lo primero que debemos respondernos es qué es Israel y qué significa para los valores occidentales. Esa pregunta tiene respuesta en dos vertientes, pues la patria de Moisés podemos explicarla como nación y, además, como el único sistema verdaderamente constitucional de Oriente Medio.

El pueblo hebreo. Para el mundo ¿qué representa el pueblo hebreo como nación? En proporción poblacional, o sea, comprendiendo a Israel en un sentido amplio –lo que incluye al pueblo judío fuera de sus fronteras–, la nación hebrea es la cultura que más ha impactado al planeta. Más que una patria, son una portentosa cultura. Durante su historia han sufrido embates inimaginables. Por largas diásporas perseguidos y carentes de espacio vital, sin amparo de territorio ni gobierno alguno, y a pesar de ello, una nación firmemente anclada. Son sincronía de espíritus. En medio de adversidades tan abrumadoras, solo un pueblo aferrado a sus propios sueños pudo preservar y sigue preservando de tal forma su cultura. Temple homogéneo para el esfuerzo y el sacrificio. Marcha conjunta en pos de ideales comunes. ¿Qué particular fuerza ha sostenido esa entereza extraordinaria? Tales heroísmos colectivos solo son posibles cuando la identidad nacional está ligada al sentido de lo espiritualmente trascendente. Lo que ahora, por cierto, en Costa Rica irrita a algunos. Sobre el impacto de dicha nación en el progreso hay un dato inobjetable: pese a que representa el 0,02% de la población mundial, posee 129 premios nobel.

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Ahora bien, la otra pregunta es: ¿qué representa, para el mundo, Israel como Estado? Es el único Estado, en toda aquella basta región cuya filosofía política se sustenta en los valores del constitucionalismo occidental. Una democracia parlamentaria, regida por un sistema de frenos y contrapesos, con la debida separación de poderes y sufragio universal en un sistema de pluralidad de partidos. Es el Estado del Oriente Medio en el que las mujeres votan y, pese a que en Occidente tal libertad nos parece obvia, contradice abiertamente lo permitido por los reinos de los Califatos.

Hostilidad. A pesar de la manifiesta hostilidad del mundo musulmán desde el establecimiento del Estado judío, en 1948, Israel concedió nacionalidad a los árabes que habitaban en su territorio. Con el voto incluido, derecho que les niegan los reinos árabes a sus propios habitantes. Pese a que Israel no es un Estado “laicista”, -pues reguarda los valores espirituales del judaísmo-, es un régimen constitucional respetuoso de la libertad de consciencia y culto. Es el único país en el Medio Oriente donde la población que abraza creencias diferentes ha crecido.

Solo para citar un ejemplo, allí la población cristiana se cuadruplicó, mientras que en el resto del Oriente Medio, las convicciones disidentes son proscritas hasta su inanición. En esencia, en un área tan vasta, es el único Estado plenamente constitucional. A las anteriores razones, debemos sumar la histórica amistad que nos ha unido con Israel. El libro “Del volcán Irazú al Monte Sión” , del Dr. Benjamín Núñez, -ex embajador en Israel y ex ministro de gobierno de don Pepe Figueres-, es un poema a esa amistad. Tuve la suerte de conservar un ejemplar dedicado del libro. En la dedicatoria, el Padre Núñez alude al hecho de que defender a Israel también fue parte del espíritu del 48.

Así las cosas, si advertimos que Israel abarca una superficie de apenas un sexto del uno por ciento (1/625) en relación con el territorio islámico de la región, resulta inaceptable la amenaza de estratos poderosos del mundo musulmán que aspiran a la extinción de la nación judía.

De mayor preocupación es que Rusia decidiera respaldar el programa nuclear iraní, tal y como desde el 2007 lo informó la cadena BBC. Es cierto que el agresivo sistema de defensa israelí recibe una pertinaz lluvia de críticas, muchas de ellas de buena fe. Pero la pregunta fundamental es: ¿permanecería Israel si bajase la guardia? Aunque una ingente inversión militar siempre es negativamente sospechosa, no conozco judíos que llamen a una jihad para matar infieles. Es presupuesto de estricta defensa.

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Apoyo. Por este tipo de motivos, la respuesta a la pregunta de fondo de este artículo es que toda nación que resguarde los valores del constitucionalismo occidental debe apoyar la existencia de Israel. Y tratándose de una nación como Costa Rica, con una tradición de amistad como la que nos ha unido, es inaceptable el desplante que le hicimos en el 2006, al retirar nuestra embajada de Jerusalén. Sin duda, la política exterior de la primera administración del Dr. Arias Sánchez –la del Plan de Paz para Centroamérica– fue una de las páginas ilustres de nuestra historia.

Es lamentable que, en su segunda administración, nuestra política exterior no tuviese las mismas luces. Una política exterior sin visión. Para el olvido.

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