Opinión

Corrupción hormiga

Actualizado el 19 de abril de 2017 a las 10:30 pm

En esta materiase impone la necesidad del cambio cultural profundo

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Corrupción hormiga

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En nuestras sociedades, la corrupción se asocia, ante todo, con políticos, empresarios y, en menor medida, con empleados públicos. Para su combate se piensa, principalmente, en medidas jurídicas, punitivas.

Estamos, pues, ante un planteo y una solución profundamente equivocados. ¿Por qué? Porque visualizan y atacan tan solo los grandes frutos podridos, pero dejan intactas las raíces del problema, así como el entramado social que las alimenta.

¿Podría la corrupción alcanzar las formidables proporciones que ostenta entre nosotros si fuera un fenómeno localizado, practicado solamente por ciertos sectores de la sociedad y rechazado por la mayoría?

Para evidenciar que las cosas no son así, conviene fijar la mirada en lo que cabe llamar la corrupción hormiga; esto es, la corrupción de poca monta, al menudeo, que ejecuta la persona común y corriente.

Actos cotidianos. Si hacemos este ejercicio, nos vamos a encontrar situaciones como las siguientes: fraudes en los exámenes escolares, pesajes mal hechos de mercaderías, recurso habitual a la mentira para salir de enredos, cobro de horas no trabajadas, impuntualidad sistemática, apropiación de objetos extraviados cuyo dueño resulta identificable, transgresión constante de las normas de conducción vehicular.

La comisión de estos actos suele producirse de manera masiva y cotidiana; se perpetran con absoluta buena conciencia, sin remordimiento alguno; y, en circunstancias propicias, sus autores se jactan de sus hazañas, y reciben la admiración y el aplauso de los circunstantes.

¿Qué revela lo dicho? Que entre nosotros la corrupción no es solo asunto de unos cuantos prepotentes y aprovechados, que se valen de su poder y se atienen a su impunidad para cometerla. En realidad, ella es un mal endémico, profundamente arraigado en nuestras costumbres y mentalidad colectiva.

Por eso no contamos con anticuerpos para combatirla y, en numerosos casos, ni siquiera con pautas conceptuales para identificarla.

Batalla perdida. Nos disgusta ciertamente la corrupción ajena, pero no la corrupción en sí misma. No es usual entre nosotros el auténtico compromiso con las normas básicas de la convivencia. Experimentamos estas como imposiciones fastidiosas, no como fórmulas promotoras de la coexistencia pacífica, la eficiencia social y la vida buena. Y mientras esto sea así, cualquier batalla contra la corrupción estará perdida de antemano.

En esta materia se impone la necesidad del cambio cultural profundo.

Sin demeritar la importancia de los esfuerzos a corto plazo, surge el imperativo de pensar y actuar a largo plazo. Más que al protagonismo del derecho, corresponde apelar al protagonismo de la educación.

El autor es filósofo, especialista en ética y filosofía política.

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