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Construyendo independencia

Actualizado el 23 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

Ya se nos fue setiembre y las tiendas se llenan de chunches y chucherías de “Navidad”

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Ya se nos fue, o casi, otro mes de la patria y por doquier las tiendas se llenan de chunches y chucherías de “Navidad”. Constituyen, en realidad, dos instancias de origen distinto, pero igualmente manipuladas, una por la escuela y otra por el comercio, en torno al binomio dependencia/independencia, tanto nacional como espiritual.

Respecto de la fiesta nacional, también en Costa Rica hay quienes prefieren al iconoclasta de Georges Brassens: “Me quedo en la suave camita y allá ellos”.

Con perdón de los acostumbrados al bálsamo de la mediocridad, de repente esta vez era una postura plausible a la vista de los nada lucidos desfiles en San Pedro de Montes de Oca.

Recuerdo valiosos, pero a la larga vanos esfuerzos, en años anteriores, con banderas, bailes y otra cosa que monótonos tambores de guerra (¡en un país dizque pacífico!), para darle dignidad a la celebración nacional. Esta vez, no podían creer mis ojos, en un grupo “indígena” contemplé a uno masticando chicle y a otro con enorme panza, típica de indigesta comida chatarra…

Obras de Fernández. Por eso, sigo prefiriendo los esfuerzos individuales, fuera de las clásicas charangas y panderetas: paso a la encomiable publicación del arquitecto Andrés Fernández, precisamente en este mes de setiembre del 2016 (cabe corregir la fecha en el prólogo). Lo mismo que su antecedente directo Los muros cuentan, este volumen llamado Pasado construido (ambos publicados por la Editorial Costa Rica), para nada se redactó en perspectiva nostálgica de “todo tiempo pasado, mejor”.

Como lección perenne de esfuerzo individual y colectivo, acumulados, Fernández sigue recopilando no tan simples crónicas publicadas en Áncora: al estudioso profundo le llamará la atención, esta vez, un corpus de casi cincuenta páginas de notas, visualizando que estamos con un connaisseur profundo.

Es absolutamente revelador observar cómo en las décadas alrededor del cambio de siglo anterior, del XIX al XX, majestuosas construcciones estatales, como el Teatro Nacional y el edificio de Correos y Telégrafos, entre otros, se levantaron con eficacia y buen gusto. Fueron concebidas como afirmación de soberanía nacional, y ya quisiéramos que tal espíritu hubiera prevalecido, en esta década, en torno a la malograda “trocha” o “ruta 1856”.

Sí, sí, con mucha influencia arquitectónica del otro lado del Atlántico, pero que a los indigenistas recalcitrantes de aquí no se les ocurra derrumbar esos monumentos por ajenos… para sustituirlos por sea el mejor palenque, sean mamarrachos contemporáneos. Lo propio es también apropiarse con inteligencia.

Hace bien, Fernández, en subrayar tanto el aporte de poderosos (Carrit, Amón) como de gente humilde: pienso en las lavanderas y los bares: a lo brechtiano, estaremos de acuerdo que los grandes no habrían podido serlo sin esa gente humilde, detrás.

Dudo de esa interpretación de “Chelles” como deformación de Chase: quién sabe, detrás de muchas reflexiones de don Andrés aprecio, como en el momento de la presentación, agudos aportes de don Alfonso… Y hablando de bares, por allí estuvo también el chilenoide antro “La Copucha” que no dejó rastro arquitectónico.

Concepto de ciudad. Todo se visualiza en torno a la idea matriz de que ciudad somos todos, no solo el alcalde. Es una cuestión de construcción, todo hermosamente verbalizado, esta vez con 21 ensayos ágiles que a su vez subrayan un contexto evolutivo y el subyacente texto-tejido urbano, a partir de aportes entre todos. Así también se hace patria.

Adelante Fernández y todos los lectores dispuestos a aportar hilos, por muy sueltos que parezcan. Agradezco, porque “la patria no es solo donde se nace sino donde se pace”.

El autor es educador.

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