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Constantino Urcuyo: ¿De la alegría a la decepción?

Actualizado el 27 de abril de 2015 a las 12:00 am

Decepción y miedo generaron desconfianza, aunque de ella germinó también la esperanza

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Constantino Urcuyo: ¿De la alegría a la decepción?

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Ruptura del bipartismo presidencial al ritmo de una campaña cargada de emociones. Decepción acumulada por muchos años con los partidos y con el sistema democrático. Pesar causado por el desengaño. Desconfianza en un sistema de partidos copado por dinastías sexagenarias y septuagenarias enquistadas en el sistema político, egoístas guardianas de los accesos al poder.

Falta de verdad en las promesas repetidas de nuevos amaneceres y bienestar para todos, mientras la pobreza continuaba estancada y los indicadores de desigualdad subían.

Pérdida de credibilidad en un Gobierno que no cometió grandes errores, pero que navegó al garete sin hoja de ruta definida.

Divisiones entre las élites gobernantes originadas por patriarcados que se negaban a abandonar la escena y recién llegados que no eran tales, sino parte del mismo decorado desgastado.

Derrumbe de la clase política como consecuencia de los escándalos del 2004 y aparición de contraélites que cuestionaban desde las universidades el proyecto criollo de apertura e inserción en la globalización, cuestionamientos cristalizados en fuerza material de masas con la movilización en torno al TLC, que marcó nuevas líneas de identificación política.

Por otra parte, una tecnocracia modernizante, llena de esperanza en globalizar, pero carente de bases de apoyo social, dada la naturaleza de un proyecto que apostaba a la racionalidad pura y descartaba la política como factor de movilización en favor de sus esquemas.

El deseo de cambio de lo establecido, ayudado por la nostalgia de una supuesta edad de oro que nunca existió, unieron las emociones de lo perdido a la indignación con partidos y sistema que habían dejado de ser promesa de futuro para transformarse en despeñadero, en amenaza de pérdida de identidad nacional y en abismo de corrupción.

Decepción y miedo generaron desconfianza, aunque de ella germinó también esperanza. Como solía decir Rodolfo Cerdas, llegan momentos en que la gente no cree en nada, pero de pronto es capaz de creer en cualquier cosa.

Bofetada. Las elecciones pasadas, particularmente la segunda ronda, fueron una bofetada enorme a la clase política tradicional, a la que nos habíamos alineado en política entorno a los hechos fundacionales de 1948. La época en que el bipartidismo alcanzaba el 97 % de los votos quedó atrás para siempre. Este resultado es indicativo de la profunda diferenciación social que vivimos, pero también del agotamiento definitivo de los alineamientos del pasado, de la aparición de múltiples identidades sociales e ideológicas.

Descontento y malestares diversos produjeron, a su vez, deseo de cambio, de lo nuevo, aunque esa emoción era contrarrestada por desconfianza ante las propuestas de cambio que se ofrecían; esperanza y miedo combatieron intensamente durante la primera fase de la campaña.

Mi impresión es que ganó una de las versiones de la esperanza, la del cambio tranquilo que representaba el presidente Solís. Un profesor universitario de clase media, sin mucho oropel a su alrededor, que comía tamales en Navidad, corría juvenilmente por las calles y se tomaba selfis como el resto de la gente dio confianza en que el cambio no sería abrupto. Sin embargo, esta victoria quedó presa de la indefinición. ¿La ruta de la alegría no será acaso una reedición de promesas pasadas abstractas e incumplidas? ¿La emoción de una victoria abrumadora no ocultará más de lo mismo?

Inexperiencia. Ante esas amenazas surgieron las realidades objetivas de la política, más allá de las emociones que guiaron fuertemente el voto. En minoría legislativa muy clara, sin cuadros con experiencia política, con fuertes opositores a sus tareas de Gobierno en el seno de su propio partido y sin experiencia en lo administrativo, el nuevo presidente ha recibido el entrenamiento en el campo de batalla. Esto ha llevado a repetidos errores de gestión política, menores, es cierto, pero que se han ido acumulando y erosionan el gran capital que logró en las elecciones.

Mantener cuadros desgastados, continuar en actitud de movilización social, confrontar a los medios, no vigilar la elaboración de proyectos explosivos, producir fricciones innecesarias con el sector empresarial, abandonar proyectos como la fertilización in vitro y renuncias frecuentes de altos jerarcas son acciones que empiezan a converger en lo que algunos llamarían la tormenta perfecta.

En efecto, la pérdida de apoyo en sectores que votaron por el PAC y la radicalización de otros que han desconfiado de su proyecto, auguran la conformación de oposiciones fuertes, si bien es cierto no articuladas, pero que harán cada día más difícil la gestión gubernamental.

El anuncio del nombramiento del nuevo ministro de la Presidencia es un rayo de luz en ese gris panorama. Sergio Alfaro conoce la dinámica legislativa, viene del corazón de la gente PAC, no se puede gobernar sin el propio partido. Además, ha tenido un año de entrenamiento en la función administrativa de una gran empresa pública y tiene formación académica que le permitirá navegar con brújula en medio de agitadas correntandas políticas.

Sin embargo, el presidente sigue expuesto al desgaste, las elecciones al Directorio legislativo son un primer escollo. Tradicionalmente, esto se consideraba una cuestión del partido gobernante, aunque con una discreta influencia del presidente. Doña Laura Chinchilla cometió el error de inmiscuirse demasiado en esas querellas y, en alguna ocasión, tuvo que pagar un alto precio por ello.

La situación es más peligrosa para don Luis Guillermo, pues su fracción parlamentaria está dividida. La colisión frontal con Ottón Solís es peligrosa internamente, pero lo es más hacia afuera. Una derrota de sus candidatos en la elección del primero de mayo se vendría a sumar a los factores que gestan unos días tormentosos.

Claves para el futuro. ¿Continuará la alianza FAC?¿Se abrirá el presidente hacia una relación más fluida con el PLN?¿Será posible un diálogo con la fracción liberacionista en torno a su propuesta de acuerdo nacional?¿Insistirá el Gobierno en la reelección de don Henry Mora, quien provoca resquemores en una oposición que cuestiona su estilo por autoritario?

Las claves para el futuro del Gobierno residen en las respuestas que surjan de su reorganización, de nuevas maneras de relacionarse con la oposición y con los medios de comunicación.

Definición estratégica y plan de ejecución, apertura hacia las fuerzas políticas más importantes y aceptación de las tensiones inevitables en la relación con la prensa son cambios de dirección que pueden darle un nuevo aire al inquilino de Zapote. Evitar esta ruta traería consecuencias negativas.

Un desplome de la administración Solís traería gran desprestigio a cualquier propuesta de cambio profundo que se formulara en el futuro, aunque esta se vistiese de cambio verdadero.

El triunfo de propuestas en el futuro solo sería posible si se vinculan a planteamientos viables y concretos, así como a una confrontación con las acciones de este gobierno.

Cualquier actor vinculado a un cogobierno con Solís no podrá representar el cambio, pues será presentado por sus adversarios como más de lo mismo. La dispersión y la ausencia de logros serían los matarifes de la esperanza.

El fracaso de cambiar a Costa Rica generaría más decepción y mucho enojo.

El autor es politólogo.

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