Opinión

Conocer, reconocer

Actualizado el 14 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

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Conocer, reconocer

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En un gesto delator del más primario narcisismo, la mayoría de la gente solo gusta de leer aquellas cosas en las que se reconoce a sí misma y se ve íntegramente retratada.

Aun cuando se tratase de basura literaria, correrán a declararla ambrosía. Como decía Jean Cocteau, el buen burgués quiere reconocer, no conocer.

Reconocer las viejas arias, las viejas melodías, los viejos versos, los viejos retratos, las viejas películas, las viejas historias que arrullaron su niñez y juventud.

La verdad de las cosas es que leer es un inconfortable ejercicio de crecimiento y expansión del pensamiento. Aprendemos a pensar contra nosotros mismos, a amar aun aquellas cosas con las que nos resulta imposible identificarnos, a aproximarnos justamente a todo eso que no somos nosotros.

Pasamos de la fase del espejo, del deslumbramiento bobalicón ante el descubrimiento de la propia imagen, de la autocontemplación corroborante, al mundo del otro, de lo diferente, de lo que nos resulta ajeno e incluso repulsivo.

Hay gente que lee con el único propósito de confirmar lo que ya sabe, y no hace otra cosa que dar vueltas en torno a sí misma.

La lectura es una ventana hacia la alteridad. A través de ella aprendemos a amarla –¡no solo aceptarla!–.

Y bien puede suceder que, con el tiempo, esa alteridad sea asimilada y se convierta en mismidad. ¿Qué hacer, en ese caso? Aparejar hacia nuevas alteridades, y hacer de la vida una eterna travesía hacia lo esencialmente diferente.

El autor es pianista y escritor.

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