Opinión

Un Congreso más representativo y eficiente

Actualizado el 04 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Es incuestionable que gran parte de los problemas del país están directamente ligados al desempeño de las instituciones que nos hemos dado para el gobierno de la Nación y que el funcionamiento de algunas de ellas es deficiente e ineficaz, que otras adolecen de falta de transparencia y que muchas carecen de la sensibilidad necesaria para atender las demandas y las expectativas de los ciudadanos.

Quizá el mejor ejemplo del descontento y malestar de la gente con sus instituciones es el que genera el quehacer de los señores diputados en la Asamblea Legislativa. El ciudadano no se siente adecuadamente representado –reconociendo que, aunque vota, no elige– y considera que los resultados de la gestión de los llamados “padres de la Patria” no son oportunos ni beneficiosos.

La opinión pública, medida en forma constante por diversas encuestas, es severa al valorar el trabajo de los legisladores, asignándoles las más bajas calificaciones y evidenciando la falta de credibilidad hacia el primer poder de la República.

Reforma ambiciosa. Hemos expuesto en otras oportunidades que el país debe abocarse a definir y realizar una reforma que, con el objetivo de actualizar nuestro sistema político, contemple temas como la conveniencia o no de instaurar un sistema parlamentario, sobre el voto preferente, la reelección de diputados, los distritos electorales, la paridad de género, la revocatoria de mandato, el fortalecimiento municipal, la división territorial, los procesos electorales, los partidos políticos, las instituciones descentralizadas, las potestades de la Sala Constitucional y de la Contraloría General de la República.

Es necesario y urgente que, como un primer paso hacia una reforma política más ambiciosa e integral, los partidos y sus fracciones parlamentarias cojan el toro por los cuernos y elaboren y propongan proyectos para realizar cambios constitucionales, legales y reglamentarios dirigidos a mejorar la calidad y el funcionamiento de nuestro órgano legislativo, que es al fin de cuentas el que debe derivar los demás cambios.

Fundamentales son las reformas para reducir el quórum exigido para sesionar y para evitar el “filibusterismo” parlamentario, así como para establecer un mecanismo que transparente las actuaciones de cada diputado.

Además, es imperioso que se tramiten iniciativas para procurar que el elector pueda realmente escoger a sus representantes, que se autorice la reelección de los diputados y que se instituya la revocatoria de mandato, reformas que favorecerían y permitirían un sustantivo mejoramiento en la calidad de los diputados y una efectiva rendición de cuentas, ya que obliga a los partidos a ser más selectivos en la escogencia de sus candidatos y le otorga al elector un mayor control sobre sus representantes.

Otro cambio que debe realizarse, aunque sea impopular y se prevea una fuerte oposición de la opinión pública, es el de la cantidad de diputados, actualmente insuficiente para atender, con seriedad, responsabilidad y calidad, el trabajo en el plenario y en el sinnúmero de comisiones permanentes, especiales, específicas y de subcomisiones.

Se debe tener en cuenta que, aunque el número de electores ha aumentado significativamente (3.065.000 en el 2014), la cantidad de diputados (57) sigue siendo la misma desde 1962, año en el que el padrón electoral era de 485.000 personas.

Actuar pronto. Sobre estos aspectos existen iniciativas serias de organizaciones de la sociedad civil que podrían servir de base para el análisis y debate de estos temas, como la del grupo Poder Ciudadano ¡Ya!, que ha elaborado una propuesta de reforma para la elección de diputados. En ella se establece un “sistema mixto proporcional”, con el propósito de mejorar la representatividad a través de la creación de distritos electorales.

En esta materia no podemos seguir esperando que se aclaren los nublados del día, como hemos hecho durante tanto tiempo.

La dificultad para tomar decisiones, para llegar a acuerdos, esa angustiante parálisis en que hemos caído, esa repudiable cultura de no dejar hacer, de oponerse a todo por deporte, es consecuencia de un sistema político que favorece y alienta esas situaciones y actitudes, de un sistema anquilosado que ya no da para más, que requiere reformas profundas que deben ser emprendidas con esmero pero también con presteza.

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