Opinión

Confites y justicia social indígena

Actualizado el 22 de abril de 2016 a las 12:00 am

Los niños cabécares lo único que quieren es tener oportunidades como todos

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“¿Qué son todas esas cajitas? ¿Confites?”, me preguntó una niña cabécar de la comunidad Llano Quetzal. En sus ojos se miraba la curiosidad e ilusión de ver un bulto lleno de cajitas, esperanzada de que fueran golosinas o juguetes. Las cajitas no eran más que medicamentos que utilizamos para brindar atención médica y odontológica de manera voluntaria.

¿Tienen los pueblos indígenas justicia social? Me contaba en una de mis tantas visitas a la zona sur, al cantón de Coto Brus específicamente, un gran maestro de la salud pública en Costa Rica, el Dr. Pablo Ortiz, que uno de los principales problemas de los indígenas es la invisibilidad de las injusticias sociales que padecen.

Cifras oscuras. De acuerdo con un análisis del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en la década 2005-2015 la tasa de mortalidad del país pasó de 9,8 a 7,8. No obstante, el estudio reveló un dato alarmante: Limón y Cartago son los cantones con menos disminución, 10,6 muertes por cada mil en el Atlántico y 9,3 muertes en la Vieja Metrópoli, cantones que concentran altos núcleos de población indígena.

Lo anterior sin contar las oscuras cifras de indígenas que no logran tener acceso a las consultas en los hospitales y ni qué decir del alto porcentaje de analfabetismo en esta población, que es de un 7,7%, a diferencia de los no indígenas, que es del 2,2% de acuerdo con datos del INEC.

Los números anteriores más los últimos acontecimientos vistos en los diarios nacionales de la escasez alimentaria que viven cerca de 1.700 personas en Telire, el abandono de funciones y compromiso humano por parte de un maestro con 20 estudiantes de la escuela de Bajo Bley y las agresiones a la comunidad de Cabagra, son evidencias claras de las injusticias sociales que a diario suceden en Costa Rica.

Dichas injusticias en los pueblos originarios se traducen en inequidades socioculturales, ambientales, de salud y educativas.

Aun así, la realidad de sus condiciones son desconocidas para un gran porcentaje de la población civil, universitaria y la misma política. Cuando se exponen estos hechos, ¿cómo se explica que la maquinaria gubernamental toma aún decisiones tan tibias para garantizar la justicia social indígena?

Realidad. Las noticias diarias parecieran no ser tomadas con la seriedad que requieren, y, ¡sí!, con certeza les digo que estas publicaciones son solamente la punta del iceberg de las condiciones reales de las comunidades indígenas.

Ellos viven en la Costa Rica de los 40 y 50, con causas de mortalidad por parasitosis, diarreas, deshidratación y desnutrición, entre otras. Con escasez de alimentos y falta de oportunidades, porcentajes de analfabetismo altos y una justicia que se ausenta por su etnia e idioma.

En palabras de Henry Louis Mencken: “Para todo problema complejo existe una respuesta clara, simple e incorrecta”. Pero podríamos iniciar visualizando y entendiendo la envergadura del problema nosotros como sociedad civil y, aún más, como los tomadores de decisiones, no solamente desde la parte política, sino verla con una mirada más general, teniendo, eso sí, una óptica inclusiva, respetuosa e intercultural que goce de una real justicia social traducida en acciones de equidad.

No es un trato diferenciado o de crear “políticas públicas indígenas”, es que se necesita que se desarrollen políticas públicas inclusivas y justas que respeten su cosmovisión y que esto se generalice en todo el actuar institucional y civil de nuestro país.

Porque al final de todo la niña cabécar lo único que quiere es tener las mismas oportunidades y las condiciones justas para ser una niña más de una Costa Rica que goza de justicia social.

El autor es médico en salud pública.

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