Opinión

Concertación de voluntades

Actualizado el 22 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Una democracia como la nuestra nace y crece periódicamente cada cuatro años

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Por primera vez desde que me involucré activamente en la política partidista, he podido vivir intensamente lo que son las dificultades, los desafíos, las complejidades, la miserias y las satisfacciones de esta vivencia, desde las plataformas y entrañas mismas del proceso electoral en su primer peldaño. Lo agradezco, lo aprecio mejor.

Alguien podría decir, ¿y qué tiene eso de importante para que sea tema de un artículo en la página de opinión más antigua del país, en la que plumas brillantes han escrito décadas antes de que existiesen blogs, páginas web, listas de discusión, chats y otros medios de intercambiar ideas y a veces polemizar?

Respondo: porque es importante que quienes conocen la política, sobre todo desde los medios de comunicación, desde escritorios, cátedras, opiniones de comentaristas, libros, etc., reflexionen un momento sobre cómo es que se gesta, cultiva y reproduce la democracia.

Posiblemente la idea de democracia y su perfeccionamiento (e involución también) nacen en la cabeza de personas brillantes, pero su concreción en realidades cotidianas solo puede existir en la vida de las personas, especialmente los ciudadanos.

Ciclo de vida. Una democracia como la nuestra, dichosamente, nace y crece periódicamente (cada cuatro años al menos), cuando cientos de miles de personas se movilizan: van a tocar puertas, asisten a reuniones, envían y reciben millones de mensajes de texto, reciben insultos, discuten, discrepan, llegan a acuerdos, los cumplen, los incumplen, “caen mal”, se enojan, ganan, pierden, se decepcionan, se retiran, alcanzan sus metas…

Entonces, pensando en ello, agrego a las múltiples y magníficas definiciones de democracia, la que recojo en el título de este artículo: es “una concertación de voluntades”.

Idealmente, una concertación libre, limpia, racional, informada, pero en la realidad, imperfectamente así. Con todo y esas imperfecciones, cada día le doy más valor, la quiero más, me preocupa que pueda perderse.

Claro que deseo perfeccionarla o que muchos la perfeccionen. Por supuesto que reniego y rechazo las matráfulas que se cometen y comparto con “los lejanos” que no todo anda bien en los procesos democráticos, pero sé, por experiencia propia, que los “comentaristas” (troles o no) que en párrafos de periódicos o en mensajes de Internet se burlan e intentan socavar estos procesos ignoran de lo que hablan y muchas veces lo hacen desde la mala fe y desde propósitos malsanos.

Los partidos. La democracia necesita los partidos. Los partidos requieren de ideas, gente, recursos y dirigentes. No todos los partidos en nuestro medio son iguales; unos son “vírgenes”, y por tanto sus “dirigentes” pueden ofrecer con liberalidad y ser menos sujetos de evaluación. Otros son como cofradías en las que hay mucha afinidad de ideas, pero poca posibilidad de atraer amplios apoyos como para asumir la responsabilidad última de un partido político, la conducción temporal y limitada del aparato del Estado para, idealmente, hacer avanzar la sociedad hacia un mayor bienestar colectivo.

Hay partidos con amplia trayectoria, también. Estos tienen como desventaja que pueden ser objeto de múltiples señalamientos de errores, faltas (éticas o de incumplimiento de compromisos) y otras falencias, pero tienen la fortaleza, si han ejercido el poder y construido institucionalidad y obras materiales, impulsado entornos propicios para que las personas desarrollen su potencial personal, transformado la realidad mediante leyes importantes o decisiones visionarias, de mostrar experiencia y palmarés.

Todos los partidos legalmente existentes contribuyen a la democracia; unos más, otros menos. Algunos hasta negativamente en ciertas instancias o períodos, pero estos seguramente no sobrevivirán al duro juicio de los ciudadanos. Los que han sobrevivido, evidentemente es porque mayor ha sido su contribución positiva que lo contrario. Lo mismo puede decirse de sus representantes o candidatos.

La crisis. He repasado todo lo anterior porque el continente y el mundo viven un momento de crisis en la política. Una crisis de la que muchas veces se ha hablado en el pasado, pero que hoy se manifiesta en cambios inesperados en países como el Reino Unido y Estados Unidos, con interrogantes en Francia, Holanda y hasta en países nórdicos.

Socollones en Brasil, sismo en Ecuador y espiral descendente en Venezuela, nos deberían obligar a reflexionar con mayor objetividad y mirada más amplia en nuestra Costa Rica y lo que tenemos y a lo que aspiramos. Aquí no todo es negativo. Padecemos males recurrentes, mayormente ligados a inequidad, exceso de privilegios, falta de efectividad en la ejecución de planes y obligaciones, etc.

Nada de esto es algo que la propia democracia costarricense no pueda cambiar, siempre y cuando haya un liderazgo surgido de la concertación de cientos de miles de voluntades y con la decisión y el compromiso de seguir logrando consensos y acuerdos para la recta ejecución de programas y obras, que satisfagan a la amplia mayoría de los ciudadanos, en el conjunto de una ejecutoria que responda a un plan integral y coherente.

Por supuesto que es un momento en que los partidos deben sufrir cambios de fondo. Quien no lo entienda así no ha entendido lo que está ocurriendo en el seno de la sociedad, “en la calle”, donde viven, gozan y sufren las personas.

La acumulación de los cambios producidos por la revolución científico-tecnológica, la globalización económica y cultural y la rebelión social y política que han generado, exigen nuevos fines y medios para darle contenido a la democracia.

“El tamaño” del reto político actual es mayor a lo que hemos conocido en las últimas décadas y afrontarlo no es para mediocres, oportunistas o pusilánimes.

Crítica pesimista. Encuentro un exceso de pesimismo en muchas opiniones, impregnando con frecuencia las ondas de la radio y la TV, así como las páginas de los periódicos o los bytes de la Internet. Me parece insano, poco constructivo. Costa Rica puede ser, y de hecho es, no solo hermosa y plácida, sin ser perfecta ni necesariamente “el país más feliz del mundo”.

Sin duda puede ser más equitativa, sus rutas más fácilmente transitables, sus ríos más limpios, sus calles más seguras, su educación más rigurosa y relevante, sus funcionarios más responsables y atentos, sus grandes empresarios más solidarios, sus gobernantes más coherentes. Todo eso permitirá que también la democracia pueda ser más intensa, más atenta y, en pocas palabras, el país será más anchuroso y podrá acoger mejor a todos los suyos.

El autor es economista.

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