Opinión

Compromiso con la paz

Actualizado el 25 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Es tiempo derenovar nuestro compromisocon la paz

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Permitir que la energía espiritual de nuestras mentes y de nuestros corazones fluya a través de nuestra mirada fija en el infinito en busca de la deidad, es cuestión de fe. Reconocer sin ambages ni mezquindades la hidalguía, el ingenio y la perseverancia de un hijo de esta tierra que, incansable perseguidor de sueños y utopías, logró salir vencedor de la muerte y ganarle a la historia al cambiar su rumbo –alejando el flagelo de la guerra y la desolación del área centroamericana–, es cuestión de nobleza.

No es tiempo de ni de loa ni de diatriba por la seriedad del tema, no es tiempo de corifeos pues Dioniso ya no los necesita, ni es tiempo de emular a Cicerón y sus líricos discursos enviados a Atticus, para su edición. Es tiempo de reflexiva celebración, es tiempo refrescar la memoria del corazón, es tiempo de medir los alcances de la efeméride, pero, sobre todo, es tiempo de renovar nuestro compromiso con la paz duradera, de consolidarla como valor intrínseco a nuestra existencia misma, como derecho humano fundamental, como derecho natural inmanente al ser y, como principio pétreo de nuestra vida en democracia.

Estoy convencido de que la paz hay que cuidarla día a día, hay que avivarla como candil que ilumina el camino de los pueblos, hay que cultivarla en nuestros hijos con el ejemplo, hay que hacerla un rema en nuestras vidas, hay que predicarla como el Evangelio en todos los rincones de la tierra y, en especial, en aquellas regiones cuya cultura guerrerista amenaza con romperla con armas convencionales, nucleares o invisibles. Peor aún, que la erosiona con agencias de dominación que utilizan las formas más sutiles e invasivas (arquetipos y símbolos -C.G.Jung ) para permear el inconsciente colectivo, o, exaltar bajas pasiones de las más distintas naturalezas –odiosas, religiosas, políticas, xenofóbicas, nacionalistas, territoriales etc.– que podrían quebrantar la estabilidad, las emociones y las convicciones de bandera blanca, que podrían revivir el lado oscuro de la gente y poner en vilo los celos y el egoísmo, que son por mucho, los enemigos más feroces de la libertad y del desarrollo humano.

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Por eso pienso que sí es un privilegio “no haber olido jamás la sangre en los pliegues del viento”, sí es un privilegio “ser incapaz de reconocer el temblor de la tierra estremecida por el paso de un tanque”, sí es un privilegio “desconocer el sabor de la pólvora, el color de la muerte, el llanto que se escucha tras la pared del vecino”.

Hoy, los centroamericanos debemos celebrar en cada hogar, en cada rincón de nuestra patria, y en lo más recóndito de nuestra alma que no oímos el sórdido sonido del martillo de una AK-47, ni las hélices del helicóptero artillado rampantes sobre nuestras cabezas, no tememos más el fantasma de la guerra detrás de la puerta acechando para matar, robar, llevarse un hijo o un padre para la montaña, o bien, para avisarnos de la muerte de un ser querido. No más zozobra de una madre embarazada que tiembla de miedo de la amenaza presente y del incierto futuro.

Construir la paz no es tarea fácil. Construir la paz en todos los ámbitos del quehacer humano y en forma permanente, menos aún. Paz económica y social para la patria, paz para las regiones en conflicto, silenciando las armas y logrando el cese de las hostilidades, paz para el mundo con un cambio de paradigma en la geopolítica, la explotación, la dominación, el fundamentalismo y, la doble moral en el comercio de armas.

Paz dentro de los hogares practicando el respeto y la tolerancia mutuas, y paz interior para la gente, aceptando a Dios en su corazón.

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