Opinión

¡Coalición o nada!

Actualizado el 25 de agosto de 2017 a las 10:30 pm

¿Habría sido diferente el inicio de este gobierno de haber integrado a otros partidos al gabinete?

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Llegada la temporada de golondrinas que no hacen verano (otra campaña electoral en ciernes), se amplía el espacio para la reflexión y se acentúa la primera responsabilidad ciudadana: interesarse y participar.

Durante ese veranillo electoral que se avecina, abundarán los análisis que privilegien lo inmediato: infraestructura, déficit fiscal, inseguridad y desempleo. Temas que, previsiblemente, desplazarán a los de mayor calado, muy a tono con la manía costarricense de soslayar la discusión de lo estructural, privilegiando siempre lo marginal.

Esto así, desde que las campañas electorales vienen siendo planteadas por los partidos políticos y los medios de comunicación comerciales, como temporadas de caza propicias para la propaganda invasiva y superflua (ahí radica el negocio), invadiéndonos una sobrepoblación de debates tan huecos como chatos.

De tal suerte que, al final, el mensaje para las fuerzas políticas en contienda es que los costarricenses optamos por la administración de los problemas nacionales, en vez de procurar su solución. Que los ciudadanos buscamos administraciones en vez de gobiernos y privilegiamos, por esa vía, a los navegantes de agua dulce por sobre los líderes comprometidos, mientras auspiciamos a los calculadores inveterados en contra de los valientes dispuestos a asumir costos políticos necesarios, o lo que es igual, queda la idea de que los electores impulsamos a los trepadores especializados en la fumigación de estadistas.

Esa es la impresión que queda. Eso pareciera que es lo que buscamos, elección tras elección.

Anclados. Y por esa “vía de la no discusión”, anclamos toda posibilidad de avance, condenándonos como país, a no profundizar en los temas, rosándolos si acaso, pero sin agotarlos. Es más, sin rasguñarlos siquiera. En fin, sin incidir severamente en los problemas nacionales que, a la larga, es así como quedan intocados y continúan agravándose.

Sirvan estos señalamientos críticos solo para llamar la atención con total crudeza, sobre un hecho rotundo: nada de lo que se discuta, se analice, se concluya e incluso se acuerde en la próxima campaña electoral, cobra algún sentido político, si antes no se resuelve un asunto tan capital como la incapacidad probada de nuestro sistema político de arribar con sentido de oportunidad, a los acuerdos de fondo.

Por lo que, a partir de ese hecho capital, la discusión debiera mudarse, aunque fuera por instinto de sobrevivencia y ya no solo por claridad intelectual, hacia el reconocimiento pleno de que el Poder Ejecutivo ya no alcanza. Y precisamente porque no alcanza, su poder debe repartirse. Así de irónico pero a la vez así de cierto y así de sencillo.

Hoy, la única forma prudente e incluso posible de gobernar es coalicionando. Si formal (coalición legal) o informalmente (alianza política), eso es secundario y dependerá de la coyuntura. Pero lo que sí está claro es que hay que coalicionar a como dé lugar.

Esa es la única forma de avanzar en serio. La única vía al progreso en estos tiempos de dispersión del poder (Naim), es la coalición, tal como nos demuestra la experiencia de otros países que han alcanzado mayor madurez política.

Viejo orden. Curiosamente, y pese a toda esa evidencia, los partidos políticos costarricenses, añejos, nuevos y no tan nuevos, todos sin excepción, se han metido en la horma del viejo orden, como desapercibidos del rompimiento del bipartidismo. Y es así como, igual que antes, ganada una elección, se apresuran a repartirse el gabinete viéndose el ombligo.

Todo a pesar de la evidencia y de contar con fracciones legislativas minoritarias, no solo en términos cuantitativos sino cualitativos.

No variaron su esquema, aunque hace veinte años cambió todo el sistema, toda la realidad, todo el entorno, en fin: se alteró toda la política y ellos como si nada.

¿Qué mejor muestra de lo que vengo evidenciando que el propio gobierno de Luis Guillermo Solís?

Y, a partir de ahí, detenerse en las siguientes interrogantes: ¿Habría sido diferente el atropellado arranque de esta administración si se hubiera integrado a otros partidos al gabinete? ¿Lo habría hecho mejor un Piza en la Cancillería o en Justicia, un Villalta en Ambiente y Energía, un Guevara en Comex o un Araya en Vivienda o incluso en Obras Públicas y Transportes? (Para partir solo del encuadre heredado de la campaña anterior y suponer desde ese supuesto los nombramientos que habrían elevado al gobierno y habrían comprometido a varias fracciones legislativas que le aseguraban mayoría al oficialismo).

¿Se habría ahorrado el presidente –y el país– gran parte de la evidente curva de aprendizaje que le restó legitimidad a la primera mitad del cuatrienio? ¿Habría variado la dinámica legislativa desde el principio? ¿Habría logrado más el Ejecutivo durante sus cuatro años? ¿Recordaríamos finalmente a un mejor gobierno? Y lo más importante: ¿Costa Rica estaría mejor?

Así que, como ciudadano, en la seguridad, al menos, de mis respuestas a esas preguntas que invitan a la mayéutica, hoy lanzo a todos los candidatos que procuren mi voto una clara consigna cívica: ¡Coalición o nada!

No sé cuántos conciudadanos suscribirán esta humilde tesitura. Pero por experiencia, yo, de ahí, no me pienso mover. Y por tanto repetir sin cansarse: ¡Coalición o nada!

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