Opinión

Claridad sobre Crucitas

Actualizado el 15 de julio de 2013 a las 12:01 am

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Para encontrar la verdad entre una pila de opiniones salidas de diferentes flancos, siempre hay que cavar profundo, sin saber qué se va a hallar en ese viaje.

Cuando en la búsqueda de la verdad nos aventuramos a tratar de modificar el criterio del colectivo social acerca de un tema específico, hay que ser cuidadoso de brindar información prístina y con leguaje sencillo, apta para generar una percepción propia de los hechos y fortalecer los pilares de nuestra identidad democrática.

No es que desde mi techo vea con desgano la libertad de cada persona de expresar sus pensamientos. Más bien atesoro escuchar, compartir y comentar temas en que prevalezca una suficiencia de elementos para explorar las diversas aristas de la versión propia de la verdad, que puede o no complementarse con la del vecino, colega o amigo, pero partiendo de una honestidad social basada en diversas fuentes de información que permitan la discusión íntegra y auténtica.

Por eso me llaman la atención algunos comentarios expresados en estas páginas semanas atrás sobre el manoseado tema de la mina de Crucitas. En el mar de información generado por el caso, es menester señalar algunos datos que quizá la opinión pública haya pasado por alto u olvidado por los constantes pre-infartos de los juegos eliminatorios de nuestra Selección Nacional.

Si bien desde la década de los 90 el expediente minero bailó de un gobierno a otro y de una oficina estatal a otra, no en todas las dependencias tuvo la acogida esperada por sus promotores.

A principios del siglo, una oficina del Ministerio rector, hoy Minaet, le atribuyó a uno de los estudios presentados ante la Secretaria Técnica Ambiental Nacional (Setena) carencias de índole técnico-ambientales que dejaban amplias dudas sobre su pertinencia.

Pero esa no fue la única vez que una oficina del Estado tuvo divergencias con el trámite en cuestión. Más adelante, en el año 2008, la misma oficina señaló problemas legales por la corta de varias hectáreas de bosque. Esos señalamientos fueron distribuidos entre varias otras dependencias del Estado y llegaron hasta al mismísimo despacho del ministro del Minaet.

Las acciones bajo examen no solo provocaban malestar en el Ministerio, sino también en la empresa que pretendía la explotación de oro, que lo manifestó abiertamente en un comunicado de prensa, cuyo texto cuestionaba la labor de la citada oficina estatal. Fuera de la estructura estatal también había opiniones divididas, entre ellas muchas adversas, como las expresadas por la Asociación Interamericana para la Defensa del Medio Ambiente, en agosto del 2008, o las sostenidas por la Asociación Unión Norte por la Vida (Unovida), ese mismo año.

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Es un hecho histórico que hubo organizaciones de la sociedad civil y organismos internacionales, así como oficinas del Estado, que albergaban dudas razonables sobre el expediente, unos enfocados en la legalidad y otros en la parte ambiental. En algunos casos, coexistían opiniones con diversas impresiones de la realidad, pero todas generaban un eco que más tarde se convertiría en un conjunto de voces que, al unísono, despertaron al colectivo social.

Si bien al gobierno de turno le tocó vivir la etapa decisiva del proyecto Crucitas, también es cierto que el trámite seguido en esta etapa, coronado con la corta de varias decenas de hectáreas de bosques y árboles de almendro, dejó un sinsabor en la sociedad cuyo clímax se produjo con la famosa Declaratoria de Conveniencia Nacional (de la cual hablaré posteriormente, para explicar cómo se dio) firmada por el presidente Óscar Arias y su ministro de Ambiente Roberto Dobles (hoy con auto de apertura a juicio sin que se entienda por qué se excluyó al mandatario, también firmante). Aunque oían voces que llamaban a un análisis más profundo, serio y objetivo, tanto de organizaciones de índole social como de la propia estructura del gobierno, pusieron oídos sordos y decidieron rubricar la declaratoria el 13 de octubre del 2008.

“La información es poder”, y ese poder hay que ejercerlo de manera responsable y consistente, más aún cuando se trata de comunicar un mensaje que toca tantas fibras sociales.

Ahora, cada cual debe asumir su responsabilidad.

“Saber que no se sabe, eso es humildad. Pensar que uno sabe lo que no sabe, eso es enfermedad”, dice Lao Tsé.

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