Opinión

La Ciudad Luz haciendo frente al oscurantismo

Actualizado el 21 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

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La Ciudad Luz haciendo frente al oscurantismo

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Me siento triste en estos días, y muy confundido. No sé qué decir ni qué pensar. Solo sé que siento una profunda tristeza, una indecible indignación y mucho dolor.

Los atentados terroristas han golpeado duro y sin piedad, en El Bataclan, una sala de espectáculos; en el estadio donde se practica el deporte más popular del mundo; en cafés, donde se reúnen los amigos. Han escogido sitios simbólicos, lugares comunes del gozo.

El mensaje de la barbarie islamista está claro: después de haber prohibido el divertimiento en los países bajo su dominio, ahora quieren imponer su concepción de vida en París.

Soy apasionado del teatro, la música y las artes. He ido más de diez veces al Bataclan, guardo buenos recuerdos. Ahora, no puedo sacar de mi imaginación el pánico causado por las bombas. Hablé con mis amigos y familiares parisinos. Están a salvo, pero horrorizados. En París viven más de 600.000 extranjeros, las víctimas son de unas 30 nacionalidades y de todos los credos, no son anónimas, sino seres queridos que habían salido para divertirse. No volverán nunca.

Mis amigos ya no pueden encontrarse en un café sin pensar en la amenaza. Solo hablan de eso, preguntándose: ¿Cómo protegernos? ¿Cuál sería la mejor manera de combatir el terrorismo?

Francia es una potencia militar, uno de los cinco países con derecho al veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, y no ha podido evitar los atentados. Al igual que los Estados Unidos, que, pese a su poderío militar, fueron incapaces de proteger las Torres Gemelas.

Con la invasión de Irak no lograron acabar con el terrorismo, más bien contribuyeron al surgimiento de la organización autoproclamada Estado Islámico, cuya misión inicial era combatir la ocupación norteamericana. Luego, aprovechando la guerra civil en Siria, se ha extendido por el Oriente Medio. Peor aún, sus soldados están en Bruselas y París, dispuestos a estallar con un cinturón explosivo.

La reivindicación de los atentados es una declaración de guerra. ¿Contra quiénes? ¿Quiénes son los beligerantes? La Organización del Estado Islámico habla de Dios, y pretende defender al islam. Pero el Estado Islámico no existe, no tiene fronteras ni gobierno que lo represente. De lo que no cabe duda, es de que tiene dinero de sobra, armas sofisticadas y miles de jóvenes, envenenados por la nefasta ideología extremista, que fomenta el total oscurantismo.

¿Quiénes lo financian? ¿Cómo consiguen tantas armas? El ejército del Estado Islámico es globalizado, muchos de sus soldados nacieron en Francia, Inglaterra y Bélgica. Dado el fracaso de las políticas de integración, algunos jóvenes excluidos emigran a Siria, donde se sienten valorados, reciben un sueldo, entrenamiento militar y la fe en que la yihad les abre el camino al paraíso.

En nombre de Dios. Obviamente, designan a Occidente como enemigo. Pero el terrorismo causó 200.000 víctimas en Argelia en los años 90. Ha golpeado recientemente a Túnez y a Egipto. Nadie sufre tanto por los abusos de los radicales como los ciudadanos de los países musulmanes, sobre todo las mujeres.

De manera que el enemigo no es solo Occidente, sino toda persona que piensa diferente, toda mujer libre, todo poeta o artista que dibuja metáforas en su imaginación es sospechoso de blasfemia. Tal fue, en especial, el motivo del ataque contra Charlie Hebdo. Para los adeptos de la ideología oscurantista, todos los que no comparten su fe son infieles, y merecen la muerte. ¡Qué barbarie! Si Dios existiera, sería el primero en avergonzarse de quienes matan en su nombre.

El temor es grande. La extrema derecha francesa y de otros países europeos aprovecha la confusa situación para fomentar la xenofobia, metiendo a todos los inmigrantes en el mismo saco. Algunos reclaman la expulsión de todos los musulmanes y el levantamiento de muros para proteger a Europa. ¿Dónde está la frontera entre ellos y nosotros? ¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos?

Los discursos de odio se propagan como chispas, mientras que las voces que anhelan la paz carecen de espacios para hacerse escuchar. Los medios de comunicación tienen una enorme responsabilidad.

La trampa. No hay Occidente y Mundo Musulmán, los extremistas de ambos lados son la misma lacra, cuyo objetivo es provocar el choque de civilizaciones. Debemos evitar su trampa. El radicalismo islámico es una especie de fascismo verde que amenaza la paz mundial, es un peligro para la humanidad. Urge combatirlo sin mezclar arroz con mango.

Esperemos que Francia no caiga en la misma trampa que los Estados Unidos. Confiemos en que la Ciudad Luz no se deje oscurecer por el odio. Así como París ha sido la cuna de valores que han iluminado la humanidad, podría ser la fuente de inspiración de estrategias para combatir el oscurantismo islámico. Los franceses musulmanes podrían ser los mejores aliados. No estamos ante un conflicto convencional. La guerra no es la solución, los bombardeos no acabarán con el terrorismo. Un trabajo bien coordinado de los servicios de inteligencia sería más eficaz. Siempre con apego a las normas del Estado de derecho.

Urge reconocer nuestra humanidad común y luchar juntos contra la violencia, mediante la educación y la cultura, así como con conferencias, debates públicos, obras artísticas, viajes para conocer al otro y descubrir que no es un enemigo, sino la otra mano necesaria para aplaudir y construir juntos un mundo mejor, donde reina la tolerancia, donde florecen las artes y la belleza, donde prevalece el amor, donde cabe la esperanza.

El autor es escritor.

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