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¿Por qué Chávez no quiso debatir?

Actualizado el 05 de octubre de 2012 a las 12:00 am

En casode perder Chávez las elecciones, ¿entregaríael poder?

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Hugo Chávez ha rechazado el último llamado de su contendor para celebrar un debate. A primera vista cuesta entenderlo. Es hábil frente a la pantalla y no se ha caracterizado, precisamente, por rehuir a las cámaras de TV o por ser hombre de pocas palabras. ¿Por qué esta actitud? Sencillo: quedan pocos días para unas elecciones a las que llega, como nunca antes, desgastado y de cara a las cuales, no obstante la guerra de encuestas desatada, pareciera ser él quien se alzará con la victoria.

Está cerca, demasiado cerca, de alcanzar una meta que, como ninguna otra en estos catorce años, se le ha puesto cuesta arriba. Es apenas lógico que no quiera debatir. Un paso en falso, en un evento por demás innecesario dada su ventaja, y Capriles podría darle caza.

Hay temas sensibles que, adecuadamente explotados en un debate, podrían minar (más) su caudal. La crisis energética, la del sistema de salud y la de inseguridad ciudadana (sexto país en el ranking mundial de violencia, con la capital más violenta de América Latina), son demasiadas costillas rotas y ojos inflamados, como para exponerse al jab del novato opositor.

“Águila y moscas”

Justifica su declinación al envite diciendo que el “águila no caza moscas”. Es difícil no escuchar en esta frase el eco de la del expresidente Arias cuando no aceptó “subirse al ring” con Ottón Solís en el 2006. No es casualidad, sino un guión establecido: si usted va ganando y puede evitarlo sin que la opinión pública lo censure por ello, no participe en debates. Meses después del infructuoso reto de Solís, Lula y Ortega, también arriba en las encuestas, actuaron igual que Arias: el brasileño aduciendo que el pretendido debate sería una “arena de groserías y agresiones”, y el nicaraguense (su consorte para ser más exactos), con la excusa de que era de cara al pueblo que ellos estaban celebrando “foros de reconciliación”. Otra razón dada por Lula para rechazar el debate (aun teniendo capacidad retórica de sobra para haberlo afrontado) fue que sus deberes presidenciales estaban por encima de disputas electorales; mismo argumento que en 1995 había esgrimido Ménem para evadir el enfrentamiento.

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¿Qué le quedó a Capriles? Insistir y tratar de obtener de la negativa de Chávez el mayor rédito posible. Repetir, con el riesgo de parecer un necio dando golpes al aire, que él sí quiere, pero que su rival le huye; hacer suyas las palabras de John Major (al enterarse de que Tony Blair no aceptaba debatir), “las gallinas salen corriendo ante las cámaras”.

Evidentemente, Chávez no tiene cifrada su victoria (con la que alcanzaría el récord de Felipe González) en los debates. Son otros los números de la rifa que tiene comprados. Sabe que el Estado venezolano goza de un gigantesco aparato mediático (aunque los canales oficiales de televisión tengan audiencias pírricas que, juntas, apenas alcanzan el 3% del rating). Sabe que lo acuerpa la “chavoburguesía”, o nuevos ricos surgidos al calor de sus vínculos y contratos con el Estado. Sabe que lo respalda la nomenklatura, la alta burocracia que encarna la amalgama entre partido, Gobierno y Estado (la planilla del Estado ha pasado de 900.000 funcionarios públicos a 2.500.000). Sabe que, además de esa amplia red clientelar (y quizá con mayor peso que ella), su venido a menos pero aún potente arrastre reside en su discurso –que es solo eso– de empoderamiento de los sectores más marginados. Chávez ha consolidado un vínculo afectivo con lo que Marx denominaba lumpen proletariat; base social cuyo apoyo cada vez adquiere un mayor sesgo rural.

Aun así, puede perder, y ello, paradójicamente, no deja de ser preocupante. ¿En ese caso, entregaría el poder? Teodoro Pedkoff ha advertido sobre “diversos cuerpos paramilitares de campesinos, estudiantes, trabajadores y empleados públicos que, aunque precarios, proliferan por todo el país”. Le preocupa el hecho de que la Fuerza Armada Nacional se haya constituido en “la columna vertebral del régimen”. Chávez ejerce un “control político irrestricto” sobre esta: el rango militar de comandante en jefe, asombrosamente, no lo tiene por ley la presidencia de la República como institución, sino la persona de Hugo Chávez, quien además impuso, como saludo militar, el matón e intelectualmente flaco “patria, socialismo o muerte”... en el frontispicio de la Academia Militar de Venezuela reza: “Cuna de la Revolución Socialista”.

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No debe olvidarse, además, que en esta elección se juegan mucho no solo los venezolanos. Cierto, Rousseff, Mujica, Funes y hasta Humala, mantienen una cordial distancia del residente de Miraflores. Fernández y Correa, si bien más cercanos y comprometidos, tienen un perfil (y capital político) propio. Pero para Ortega y Morales, que orbitan sumisos bajo el mando de Caracas, podría estarse jugando en esta elección, también, sus posibilidades de perpetuación en el poder. El caso más dramático es el de Cuba que, aunque parásito económico, es metrópoli simbólica de la revolución bolivariana. Con Chávez, Fidel hizo el negocio de su vida, porque, además de que un médico cubano le costaría a los venezolanos 40.000 bolívares mensuales (por el intercambio que se hace con crudo), el salario de los médicos y otros profesionales con que Cuba “paga” las bondades petroleras de Caracas son hoy cancelados, en dólares, por Venezuela, pero, como es regla en la Isla, son cobrados por el Estado cubano. ¿Qué sería de la economía cubana si Chávez pierde?

Es difícil imaginar a Chávez entregando la banda presidencial que una vez Caldera, cabizbajo (quizá recriminándose el error de haberlo indultado), le entregó. Ha transformado cada proceso electoral desde 1998, aunque fueran consultivos, en un plebiscito sobre su persona, en los que se juega, según él, el destino entero de la revolución bolivariana. Fuera de su revolución, no hay futuro para Venezuela, y sin él, no lo hay para su revolución. Ha hecho acopio, además, de un discurso polarizador que, instrumentalizado sin empacho, ha dividido a la sociedad venezolana. Nadie que se le oponga puede tener buenas intenciones. Como su mentor jubilado, piensa que todo disidente es un gusano, un mercenario. Son la “oposición de mierda”, que, cuando gana, obtiene “triunfos de mierda”.

No imagino a un hombre que piensa así, que se cree providencial, rindiéndose a un improbable pero posible veredicto adverso de las urnas. Aunque declame su amor por el pueblo, es (dice Petkoff) de los que piensan que “a los pueblos hay que imponerles la felicidad aun en contra de su voluntad, porque es la explotación capitalista y la opresión de clases las que no les permiten ver dónde se encuentran sus verdaderos intereses, que solo la vanguardia esclarecida y revolucionaria conoce y les señala a palo limpio”. Si el pueblo el 7 de octubre le dice “no”, él, como buen padre o tutor, podría, haciendo caso omiso de tal puerilidad, apretarle la correa y conducirlo, aunque sea a la fuerza, a su destino histórico. Por eso uno no sabe si preferir que gane o que pierda.

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