Opinión

Cayendo en las redes sociales

Actualizado el 11 de julio de 2013 a las 12:00 am

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Cayendo en las redes sociales

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Domingo, una de la tarde. Entro con mi familia en un restaurante de Escazú. Antes de que el mesero nos atienda, nos fijamos en una señora joven que llega con su hijo, de unos 10 años. Se instalan cerca de nosotros. La señora desenfunda su iPad y abre su página de Facebook. El niño se pone a enviar mensajes de texto desde su celular. Hasta aquí, nada extraño. No quiero hacerle creer a nadie que en mi casa no usamos la tecnología o las redes sociales, pues participamos activamente en ellas, pero no estamos de acuerdo con el abuso.

Unos conocidos están de viaje y cada cinco minutos “postean” qué están comiendo, hacia dónde se dirigen, cómo se están portando los niños y las ganas que tenían de ir al baño sin encontrar uno cerca. En otro muro, un amigo le reclama a otro: “qué, mae, usted no bretea”, al percatarse que ha enviado al menos tres “posts” en la mañana, todos en horario laboral.

Mis hijos nos reclaman su derecho al uso de iPads y celulares como medio de comunicación con amigos y compañeros, dado que es una nueva forma de relacionarse y hasta de compartir trabajo y material de estudio. No es posible eliminar su uso, pero sí aprovechar responsablemente el tiempo invertido en las redes sociales para no llegar a la ausencia cada vez más marcada de la comunicación verbal y física.

Fuimos a una reunión social y ocupamos un par de sillas dispuestas en el salón. Tres vecinas sacaron sus celulares y al unísono dejaron de participar de las conversaciones “reales. Se enviaban mensajes entre ellas, con todo y estar sentadas una al lado de la otra. Se reían al mismo tiempo y compartían miradas cómplices. Un conocido interrumpió mis pensamientos: “¿qué, ya bajaste el app de tal y cual, que te permite hacer esto y lo otro?” Me enredé en mis propios mecates: “eh, no, todavía no lo he bajado, pero suena interesante eso de que alguien te diga qué desvío tomar en las carreteras de alto tránsito”. Los demás habrán pensado que soy un antisocial cibernético, porque me miraron con un dejo de desaprobación.

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En fin, pareciera que mi esposa y yo somos los únicos que no sacamos los teléfonos celulares, aunque sí los llevamos por cualquier emergencia, acuerdo al que llegamos cuando nos percatamos de que estábamos empezando a caer en las redes sociales. No nos hemos arrepentido de nuestra decisión y la hemos instaurado como regla familiar. Aunque al inicio nuestros hijos lamentaron la “imposición”, han llegado a aceptar que ahora conversamos más a la antigua usanza. A propósito, la señora del restaurante y su hijo no se dirigieron la palabra durante el almuerzo. En algún momento, el rostro del niño mostró deseo de hablar, pero su madre estaba muy ocupada respondiéndole algo a alguien.

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