Opinión

Cataluña, nacionalismo pedante

Actualizado el 11 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Cataluña, nacionalismo pedante

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La Constitución española fue aprobada por el 90,3% de los ciudadanos catalanes en 1978, amén del apoyo generalizado de las restantes regiones peninsulares. Un respaldo pleno que certifica su insuperable legitimidad democrática.

Fiel a la carta magna, el gobierno de Madrid, como no podría ser de otra manera, rechaza la pretensión del grupo nacionalista, gobernante en la autonomía catalana, que con el grito –y la acción– de “derecho a decidir” engolosina a una nutrida legión de nativos para esgrimir y aplicar la tesis de la independencia. Más ruido que nueces.

Cataluña, con 32.000 kilómetros cuadrados y 7,5 millones de habitantes, al noreste de la Península Ibérica, es el paso terrestre más utilizado de España a Francia y a Europa. Otras conexiones son atravesando los Pirineos, por la aragonesa provincia de Huesca, y siempre la vieja vía guipuzcoana de Irún.

La catalanofonía ha sido la primaria arma arrojadiza para abrir el alucinante camino soberanista del nacionalismo ultra. Idioma catalán obligatorio en escuelas, rótulos de calles y comercios. También algunas emisoras de radio y TV, al igual que diarios de escaso tiraje. Eso sí, pasión desatada prometiendo una Arcadia feliz si la rama catalana se desgaja del árbol ancestral. Espíritu excluyente e insolidaria manifestación.

Cataluña es una de las 17 autonomías/regiones de España, con gobierno, diputados y estatuto propios. Pero todos, dependientes – constitucionalmente– del factor/poder universal anclado en Madrid. Monarquía parlamentaria de dominio nacional.

Arturo Mas, del partido Convergencia y Unión (CIU), y Oriol Junqueras, de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), derecha e izquierda aliados, extraños compañeros de viaje, son la vanguardia del separatismo, cuyo eslogan repiten: “¡España nos roba!”. Subyace, con la expresión, un sembradío de odio que abonan, pretenciosos, para presumir de casta superior sobre el resto del país.

Egolatría soberanista. La egolatría soberanista no conoce límites. Tergiversan la historia, inventan méritos y se abanican con proyecciones nacionalistas abusivas que –paradoja– España subvenciona, antónimo natural de hurtar.

La sobredosis nacionalista, pedante y cargante, de Arturo Mas trata de nublar los líos judiciales que ensombrecen la probada corrupción del CIU. Válvula de escape y engaño popular, columna de humo animada por escondidos intereses personales y cofrades. El líder de Convergencia juega cartas locales y extraterritoriales. Multiplica pretensiones por doquier. Y a donde va, réplica idéntica: no apoyamos tan testaruda y engolada audacia.

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Bruselas advirtió: Cataluña independiente no tiene cabida en la Unión Europea. La OTAN, la ONU y organismos internacionales anexos tampoco ofrecen cobijo a tan disparatada idea. Sin embargo, Mas continúa su aventura hacia ninguna parte. Llegó hasta la India, cumplió ritos en Israel, escribe misivas (sin respuesta) a 27 jefes de Estado europeos en busca de luz al final de su túnel de ciega salida.

El socio de ERC tuvo un único y explosivo arranque. Se desplazó a la sede de la UE, en la capital belga, para permitirse amenazar a España. Aseguró allí que, si el Gobierno español no cede al chantaje secesionista, él, Oriol Junqueras, hundirá el PIB hispano e incrementará la prima de riesgo a través de una huelga general en Cataluña.

Contundente réplica del académico de las letras, Luis María Anson: Pero ¿quién se ha creído que es el señor Junqueras? Está dispuesto a destrozar la economía de los catalanes para satisfacer su obsesión utópica de un soberanismo imposible. Se manifiesta como un pol nico ?????iesta como un polsibleer su obsesiras? Esttirse amenzazar a al final de su tr. ionalismo ultra. Idioma catal ítico decimonónico, un aldeano que habla de sus capillitas cuando Europa entera camina hacia la supranacionalidad.

Las encuestas vaticinan un 45% de catalanes a favor de la independencia. Arturo Mas no gobierna su parcela. Vive la ingenuidad del hombre emancipador. Y su gestión implica un endeudamiento regional grave. Todo su empeño está volcado en tejer literatura separatista. Cataluña ha dejado de ser la locomotora de España y está sumida en la crisis económica que aflora en toda la Península, con altas tasas de paro y agudos problemas de liquidez. No paga a proveedores, farmacéuticos… deuda de estremecimiento.

La imaginativa realidad del supuesto aislamiento provocaría la huida de grandes empresas, sería campo ajeno a inversiones y en igual sentido se moverían, incluso, los dos destacados bancos catalanes (Caixabank y el Sabadell) que están entre los cinco primeros españoles y tienen más del 60% de su negocio fuera de Cataluña.

Un loco hace ciento y Mas ha creado ya un Consejo de Transición con el fin específico de doblegar la voluntad patria de 40 millones españoles, amén de los catalanes que rechacen el empecinamiento nacionalista. El despilfarro aventurero conduce a crear embajadas en diferentes naciones y a destinar 30 millones de euros para una agencia de seguridad (ANS) con 306 agentes.

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Actitud enfermiza. La actitud enfermiza del dúo Mas/Junqueras, y alguna minoría que se les une, conduce a Cataluña hacia una de sus crisis más graves en términos políticos, institucionales, económicos y sociales. Y, como solitaria razón, han buscado un enemigo, un chivo expiatorio: la culpa es de España.

Las alusiones al derecho histórico, para justificar la secesión, hallan respuesta en la seria e irreversible verdad nacional española. Cataluña nunca fue soberana, como apuntan en relato falso. Cataluña jamás existió como nación ni como Estado. En 1700, Cataluña era un principado integrado a la Corona de Aragón y, en consecuencia, dentro de España.

Piden derecho de autodeterminación. Cataluña no es sujeto de derecho internacional. No es sujeto constituyente. No tiene poder constituyente. Hablar de autodeterminación en España es hablar de ruptura. De ruptura constitucional y de ruptura de convivencia. La carta magna garantiza la convivencia y la paz. El artículo 2 de la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española.

Lo preguntó, a los diputados de CIU y ERC, un legislador de Segovia en las Cortes, y vale repetirlo: Si Cataluña se independiza, ¿con qué dinero van a pagar las pensiones? ¿Con qué dinero van a pagar el desempleo de los catalanes? ¿En qué mercados van a vender sus productos y con qué aranceles? ¿Cómo van a pagar su deuda? Y ¿cuál moneda?

Soñar nada cuesta. Castillos en el aire facilitan las fantasías. Pero las cuentas de la lechera ofrecen el pragmatismo de andar con los pies firmes sobre el duro camino…

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