Opinión

Casualidad

Actualizado el 03 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Un heladero anuncia su producto. El niño, hipnotizado, corre hacia este y cruza la vía. Un peatón lo ve y corre a su vez, llegando a tiempo: logra salvar al chico de la maniobra de un carro pero el auto lo arrolla a él y acaba con su vida.

Momento de preguntas. ¿Por qué el niño no llamó a gritos al heladero?, ¿por qué el peatón no miró la calle?, ¿por qué no frenó el conductor del carro?, ¿por qué...?

Todo parece obra de una pequeña gran cosa: la casualidad que, aparte de volver inútil cualquier pregunta, las provoca: un ejemplo, ¿cómo ese niño, ese peatón, ese auto, coincidieron en ese momento y lugar? Lo cual significa entrar dentro de una espiral descendente hasta la primera causa, saltando de un hecho casual a otro.

En La Náusea, el filósofo Jean-Paul Sartre identifica el karma del hombre con eventos de esta suerte. La existencia humana es contingente –dice–, un simple estar ahí. Su ser no es necesario (como el de Dios, digamos); el sujeto podría no ser y el mundo no cambiaría un ápice. Creo que pensamos poco en esto porque es muy cómodo creer que la realidad tiene una solución a cada problema y que lo casual, lo que no tendría que suceder, ya será explicado a su debido tiempo. Hum, mejor no cerremos los ojos. La casualidad duerme, amigos, con un ojo abierto.

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