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¿Casas o hábitats?

Actualizado el 08 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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¿Casas o hábitats?

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CAMBRIDGE – Hay una frase famosa de Peter Drucker, el influyente gurú de los negocios: “Lo que no se mide, no se hace”. A esta frase se le podría agregar también: lo que se mide mal, se hace mal.

Tomemos por ejemplo la política de vivienda para familias de bajos ingresos. En la mayor parte de los países en desarrollo, y en muchos de los países ricos, el déficit habitacional se define por la cantidad de familias que viven en unidades que se consideran socialmente inaceptables. Pero lo que sea inaceptable puede ser muy diferente según el país del que se trate. En América Latina se considera indispensable que una casa cuente con instalación de agua, cloacas y electricidad, pero en la India, no.

El problema es que la gente no demanda casas: demanda hábitats. Una casa es un objeto, un hábitat es un nodo dentro de una multiplicidad de redes superpuestas: la física (electricidad, agua y saneamiento, calles), la económica (transporte urbano, mercados de trabajo, distribución y venta minorista, entretenimiento) y la social (educación, salud, seguridad, familia, amigos). Lo que da valor a un hábitat es la posibilidad de acceder a todas estas redes.

Lo que hace que las ciudades sean espacios altamente productivos es que las personas pueden combinar sus diferentes habilidades para hacer cosas que ninguna de ellas podría hacer por su cuenta. En una ciudad, las personas pueden combinar su conocimiento, aprender las unas de las otras y comerciar. Estas ideas, que Jane Jacobs desarrolló hace ya más de 40 años, han sido confirmadas por una serie de estudios que aparecen reseñados en los libros recientes de Edward Glaeser y Enrico Moretti.

Por eso, cuando lo que se mide es el déficit de casas, en vez del déficit de hábitats, suele ocurrir que se ofrecen soluciones que no resuelven el problema real. Si a un ministro de Vivienda se le pide construir cierta cantidad de casas, es probable que no consiga construir un número equivalente de nodos habitacionales bien conectados. Al fin y al cabo, mucho de lo que se necesita para que una casa sea un hábitat no depende de su ministerio.

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Además, cuando el déficit de viviendas se diagnostica como escasez de alojamiento adecuado, entonces la solución ofrecida suele ser la construcción de casas para quienes no las tienen, es decir, para los pobres. Pero esto es lo mismo que suponer que el problema de la gente que no tiene auto se resuelve fabricando autos nuevos diseñados para ellos, en vez de hacer que esas personas puedan comprar autos usados a otras que quieren renovar los suyos. Es confundir la industria de la construcción, que se dedica a construir casas nuevas , con el mercado de la vivienda, mucho más amplio, ya que incluye todas las casas.

Y eso no es lo peor. Como los pobres no tienen medios propios para comprarse casas adecuadas, hay que destinar recursos públicos a subsidios. Y, para dirigirlos específicamente a los hogares que los necesitan, los Gobiernos tratan diferencialmente a las familias según los ingresos de que disponen: a los ricos se los deja valerse por sí mismos, a las familias de clase media se las ayuda a conseguir créditos hipotecarios y a los pobres se les ofrecen viviendas públicas. Para maximizar la cantidad de unidades construidas, los ministros de Vivienda deben asegurarse de que los proyectos cumplan ciertos requisitos mínimos sin superar determinado umbral de costo unitario. Esto lleva a los promotores inmobiliarios a buscar las parcelas más baratas, que obviamente son las que están menos conectadas a las redes que pudieran aumentar su valor.

Esta forma de hacer las cosas termina empeorando la segregación espacial de los pobres. Lleva (como es el caso en Francia) a la creación de vecindarios pobres socialmente homogéneos, donde trabajadores poco calificados viven juntos y desconectados de otros tipos de trabajadores, lo cual les resta acceso a las economías de la aglomeración que podrían ayudarlos a mejorar su productividad.

De hecho, muchos de estos complejos habitacionales están tan lejos que, para ir a trabajar en buenos empleos, sus residentes tienen que hacer todos los días viajes largos, incómodos y costosos. No es raro, entonces, que muchos prefieran quedarse en casa y trabajar por cuenta propia, lo que ayuda a explicar por qué en tantos países en desarrollo se está dando un aumento de la urbanización sin un consiguiente aumento de la productividad.

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En esto de confundir el mercado inmobiliario con la construcción de hogares nuevos, el colmo del absurdo se da en el caso de los desplazados. Por ejemplo, en el 2010 los Gobiernos de Venezuela y Colombia se vieron ante la necesidad de reubicar a decenas de miles de familias desplazadas por inundaciones. Aunque los dos Gobiernos son políticamente muy distintos, coincidieron en prometer la entrega de casas en desarrollos urbanos nuevos para esa gente. Pero hasta que se construyeran, esas familias tendrían que esperar varios años viviendo en refugios. Y, una vez más, los nuevos desarrollos urbanos carecen de muchas de las redes que necesitan para convertirse en hábitats. De este modo, la tarea de crear comunidades integradas se delega a un grupo aleatoriamente seleccionado entre las personas menos conectadas socialmente.

Lo que habría que hacer es dar cuanto antes a las familias desplazadas vales para que puedan conseguir, sin más demora, hogares adecuados. Es muy probable que elegirían casas de mayor antigüedad, dentro de vecindarios establecidos que ya están conectados a las numerosas redes que las convierten en hábitats. Los desarrollos urbanos nuevos tienden a atraer naturalmente a quienes ya tienen abundantes conexiones sociales, lo cual facilita la formación de comunidades más integradas.

Para separar el problema del déficit general de viviendas del problema de que haya familias cuyas viviendas no son adecuadas, los formuladores de políticas deben atender tanto el lado de la oferta como el de la demanda. Por el lado de la oferta, se necesita una expansión suficientemente rápida de tierra urbanizada, con todas las infraestructuras físicas y sociales que ella requiere. Por el lado de la demanda, los sistemas de subsidios deben apuntar a ayudar a las familias a acceder a todo el mercado inmobiliario, tanto al ya existente como al nuevo.

Este modo de hacer las cosas fomentaría la formación de vecindarios socialmente diversos y productivos, en vez de propiciar la segregación y la creación de bolsones de pobreza. Pero esto solo será posible si se evita que la industria de la construcción dicte las políticas de viviendas para familias de bajos ingresos.

Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y ex economista principal del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de Economía y director del Centro de Desarrollo Internacional en la Universidad de Harvard. © Project Syndicate.

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