Opinión

De Carpentier a Padura

Actualizado el 27 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

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De Carpentier a Padura

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En 1980, Alejo Carpentier se aprestaba a venir a Costa Rica cuando falleció repentinamente. El famoso escritor, a quien se le mencionaba ese año como un fuerte aspirante al Premio Nobel de Literatura, deseaba comprobar la versión de que su padre, el arquitecto francés Georges Julien Carpentier, había participado en el diseño del Teatro Nacional. Por ironías de las vidas paralelas, tres meses después de su muerte ocurrió la de León Pacheco, su amigo costarricense por más de medio siglo y quien lo había invitado a venir.

En 1928, en el furor de las vanguardias europeas, Pacheco ya era un prestigioso ensayista y corresponsal de diarios latinoamericanos en París. Gracias a su intervención, Carpentier se salvó de la persecución de la dictadura de Machado, que buscaba cualquier pretexto para volver a encarcelarlo. Este clima de paranoia política se refleja en una pequeña obra maestra suya, El acoso (1956).

Al enterarse Pacheco de la situación, le pidió al poeta surrealista Robert Desnos que acudiera a un congreso de periodistas en La Habana con una carta para el cubano. Como si se tratara de una novela de espías, Desnos y Carpentier se hicieron amigos, intercambiaron sus pasaportes y el escritor subió sin contratiempos al barco de vuelta a Europa. Para completar la estratagema con otro toque literario, Alfonso Reyes, entonces embajador mexicano en París, le otorgó un salvoconducto que le posibilitó desembarcar legalmente en Francia.

La visita. Casi cuatro décadas después viene a Costa Rica otro cubano universal, aunque no detrás de la leyenda del Teatro Nacional. La visita de Leonardo Padura nos permite acercarnos a uno de los grandes escritores contemporáneos y a la asombrosa capacidad de reinvención de la literatura latinoamericana. El universo narrativo de Padura está muy alejado de la forma en que Carpentier, García Márquez y otros autores caribeños soñaron el Nuevo Mundo y sus mitos, y que colonizaron con su obra la imaginación del último tercio del siglo XX, en un simbólico viaje de regreso de las carabelas –y de las palabras que venían en ellas–.

En la década de 1980, bajo el trasfondo del fin de las utopías y de la Guerra Fría, la novela buscó reivindicar un género hasta entonces defenestrado tanto por escritores capitalistas –que lo acusaban de evasivo– como por comunistas –que lo tildaban de decadente, pequeñoburgués e individualista–.

Me refiero a la literatura policiaca, cultivada por Borges y elogiada por Carpentier, y que Padura ha elevado al plano internacional con una habanidad irresistible y maestría estilística en el arte de matar –en la ficción, se entiende–. Y como decía Winston Churchill: “El crimen no paga salvo para Agatha Christie”.

Para los fanáticos del género, el policía Mario Conde –el Conde–, personaje que Padura ha hecho famoso en 22 idiomas, ya pertenece a la galería de la fama de los grandes detectives. Pero ningún gran escritor puede ser reducido a una mera etiqueta.

Surgimiento. Así como García Márquez surgió del proceso de descolonización y de las esperanzas surgidas tras de la Segunda Guerra Mundial, Padura surge de su reverso y del colapso del mundo bipolar que se quedó sin ideas ni conceptos para explicar lo que sucedía.

En La Habana de Conde, donde podemos encontrar la pátina barroca de Carpentier, la noche tropical de Cabrera Infante y el infierno de Reinaldo Arenas, encontramos también las consecuencias de la desaparición de la Unión Soviética y la crisis económica del llamado “periodo especial en tiempos de paz”, los efectos de la intervención cubana en Angola y Etiopía e incluso la trama de narcotráfico en que se vio envuelta la Revolución cuando el largo brazo de Pablo Escobar se extendió hacia Panamá, Nicaragua y el Caribe.

La Habana no es más la capital del tercer mundo victorioso –el patria o muerte, venceremos de un Che Guevara vencido por su sombra–, sino el pasado corroído de una ilusión. En este decorado, surrealista por exceso de realidad, Padura resuelve un problema técnico, cuando no ideológico, que se había planteado la novela policíaca durante décadas: ¿puede existir el delito en el paraíso socialista? Si todo es de todos, ¿por qué robar, matar o combatir el antiguo orden burgués?

Un ortodoxo contestaría que la única transgresión posible es el crimen contrarrevolucionario, que haría que la delación y la colaboración con el Estado fueran positivas. La respuesta de Padura es muy sutil y el hecho de que siga viviendo en Cuba le otorga aún más relevancia.

Las tramas. Sus novelas se valen de tramas policíacas que borran las fronteras morales –porque no existen, en realidad, ni en el capitalismo ni en el comunismo– para indagar en la sensación de fracaso, ídolos rotos y monumentos caídos que quedan de la revolución y “de nosotros que la quisimos tanto”.

En un continente dominado por la omnipresencia de la política, no abundan las novelas que reflexionen sobre el poder y la naturaleza del sistema ideológico que actúa como maquinaria de represión y de exterminio masivo.

El hombre que amaba a los perros (2011), su obra maestra, es quizá la novela política más ambiciosa de la literatura latinoamericana desde Conversación en La Catedral (1969) de Vargas Llosa, y mientras relata el vil asesinato de León Trotski por un esbirro de Stalin nos hace cuestionarnos si toda la historia del siglo XX no fue otra cosa que una inmensa y sangrienta novela negra.

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