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Carlos Cortés: Cocorí y la fractura identitaria

Actualizado el 04 de mayo de 2015 a las 12:00 am

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Carlos Cortés: Cocorí y la fractura identitaria

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Desde hace décadas ciertas comunidades nacionales, en particular la afrodescendiente, han rechazado las representaciones colectivas por las cuales fueron conocidas hasta entonces y que, generalmente, crearon artistas, intelectuales y escritores que no eran miembros de la cultura original que pretendían reflejar, desde presupuestos estéticos, ideológicos y vitales diferentes a los actuales.

En el caso de la literatura nacional, esto es particularmente significativo porque uno de los ejes conformadores de la tradición literaria costarricense es el Caribe, el otro más otro: el negro, el enclave bananero, la ruptura del cerco estrecho del valle central. Carmen Lyra, Carlos Luis Fallas, Joaquín Gutiérrez, Abel Pacheco, Tatiana Lobo y Anacristina Rossi, para solo mencionar algunos escritores “pañas” –blancos, de España–, trataron el imaginario limonense desde perspectivas opuestas y, a la vez, complementarias, que van de la novela bananera a la ficción histórica y la fábula.

¿Fracaso? La polémica en torno a Cocorí de Joaquín Gutiérrez, narrador central en esta tradición, no solo tiene las graves implicaciones que se han planteado en numerosos foros, sino que atañe a lo que entendemos por literatura nacional y a la forma en que esta debe socializarse y vincularse con el sistema educativo.

El debate en sí es positivo porque plantea algunas de las preguntas esenciales de nuestra nacionalidad, que hasta hace poco excluyó –y excluye– las identidades que no corresponden a la igualdad blanca y mesocrática del valle central.

Lo que es inaceptable es la precipitación con la que actuó el Ministerio de Cultura, al desprogramar el espectáculo de la Orquesta Sinfónica Nacional basado en Cocorí, y el esfuerzo por evitar que el texto continúe leyéndose como una más de las 109 lecturas sugeridas –no obligatorias– de educación primaria.

Impedir que un libro sea leído en las escuelas, me parece un grave error político, pero, sobre todo, implicaría admitir el fracaso del sistema educativo. Equivaldría a decir que, ya que los maestros y maestras están incapacitados para generar una interpretación compleja y comprensiva de un texto problemático, mejor saquémoslo de circulación.

Sin embargo, en el caso de un clásico, como Cocorí , ese error político es un atropello cultural. ¿Debe evitárseles a nuestros estudiantes leer un relato que ha sido editado en 12 idiomas y es libro de texto en varios países, que fue objeto de diez adaptaciones teatrales y ha sido escogido como uno de los más representativos de la literatura infantil en Latinoamérica?

Pero la pregunta de fondo es si la tradición literaria costarricense debe ser o no políticamente correcta y si esa tradición, contradictoria pero común a la mayoría de los estudiantes, es parte de la construcción histórico-cultural que llamamos nación.

La respuesta puede ser que no, por supuesto, pero no es posible que sea una respuesta dada a la ligera, al calor de las presiones legislativas o de la sospechosa censura administrativa.

Riesgo literario. La importancia que le ha atribuido la literatura nacional a Limón y el Caribe, como enclave económico, social, político y cultural, multiplica las lecturas sobre esta realidad, durante mucho tiempo extraña a la identidad tico-meseteña, y por ende también reproduce visiones parciales, prejuicios y estereotipos. Ese es el riesgo de la literatura, de la buena y de la mala.

Todos los clásicos costarricenses exhiben las limitaciones de su autor, de su tiempo y de su proyecto estético e ideológico. Si creemos que son clásicos y, por tanto, dignos de ser leídos y releídos por generaciones de costarricenses, es porque son capaces de dialogar críticamente con la tradición precedente e iluminar el mundo bajo otros ojos, por medio de personajes, situaciones y lugares imaginarios.

Todos esos clásicos, en medio de la justa reivindicación de identidades que vivimos en el siglo XXI, podrían ser objetados parcial o totalmente por alguna comunidad que se sienta lesionada. ¿Debería desaparecer la tradición literaria, como la entendemos hasta ahora, por lo tanto? ¿Los estudiantes no deberían leer más un corpus común de lecturas que les permitan entender la formación de la identidad costarricense, como proceso histórico, con todas sus limitaciones y exclusiones?

Pienso que este es el fondo de la cuestión. En los tiempos que corren, en los que el pacto social está identitariamente lesionado, salvo cuando juega la Sele , prescindir del patrimonio cultural es arriesgado y solo va a contribuir a alejarnos, aún más, de un sentido de comunidad nacional –distancia manifiesta en la crisis del sistema político y en el crecimiento de las fracturas sociales–.

En el siglo XXI, ¿cuáles son las imágenes colectivas en las que se ve reflejado el costarricense? ¿Debe fragmentarse la literatura nacional en literaturas regionales y, por ejemplo, para citar otra cultura fuertemente cohesionada, los estudiantes guanacastecos solo deberían leer a sus autores? Y, el resto del país, ¿debería prescindir de la tradición musical guanacasteca como exógena?

Estoy convencido de que esto nos empobrecería culturalmente y cercenaría gran parte de lo que hemos sido como nación, que se desea multicultural, multiétnica y plural. Nuestro sistema educativo debería ser capaz de leer Los cuentos de mi tía Panchita , de Carmen Lyra, en diálogo con Los cuentos de Anancy ( El hermano araña ), la matriz de la tradición oral africana de la que provienen, sin abandonar la posibilidad que ofrece Cocorí de entender mundos que, hasta hace muy poco, eran irreconciliables.

La realidad, como las lecturas de la realidad –entre ellas la literatura–, está llena de contradicciones. De lo que se trata no es de ocultarlas sino de ponerlas en evidencia y de que el estudiante sea capaz de discutirlas. De otro modo sería como renunciar a la capacidad transformadora y crítica de la educación.

Esta polémica, a la que no hay que temerle, me hace pensar en que las comunidades originarias –indígenas– ni siquiera poseen la presión política y el empoderamiento de sus élites para hacerse oír. ¿No es mucho más ofensivo, que los estereotipos de Cocorí , disfrazarse de indio cada 12 de octubre?

Finalmente, negarse a multiplicar las lecturas críticas de un texto literario importante es repetir el craso error que hemos cometido con nuestra historia, que de tan consensual, aséptica y vacía en el sistema educativo termina siendo banal e incomprensible para los estudiantes.

Nos quejamos de que el costarricense se resiste a la crítica y se niega a discutir, pero este es el camino seguro para perpetuar el silencio.

*El autor es periodista y escritor.

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