Opinión

Cariño botado

Actualizado el 01 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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Cariño botado

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¿Por qué me meto a redentor político, si de esa misa suponen que no sé ni la media? Simplemente porque, después de haber vivido en Bélgica, España, la antigua Yugoslavia, Chile y ahora Costa Rica,… algo aprendí. Filólogo, además, observo día tras día lo importante de la semántica: queremos democracia, ¡cómo no!... Pero ¿cuál? ¿Socialismo? Lindo vocablo, noble intención, pero su versión “real” ha demostrado ser irreal, es más: irrealista. ¿Libertad? Si solo consiste en ofrecerme “cómodas cuotas” o dos metros de estante con tipos de champú..., gracias, pero me interesan dimensiones más profundas.

“Capitalismo”, para tantos suena a mala palabra, pero a Fidel tampoco la historia lo absolverá por haber condenado a todos a la pobreza (y vuelven a brotar in-maduros que no quieren aprender la lección). ¿Cómo, entonces, lograr el equilibrio? La dicotomía está entre las legítimas aspiraciones sociales del “pueblo” y un mecanismo socio-económico, sí: capitalista, no hay de otra (hasta en China, tan salvaje a veces como por aquí) que genere riqueza, además de posibilidad de ascenso para todos (pero muchos ni quieren superarse en ningún sentido).

La felicidad no se logra a base de decreto, ni porque países como Estados Unidos ponen esa aspiración incluso en la Constitución; en cambio, otros, como Gran Bretaña, sin tener en rigor similar documento fundamental, hasta fundacional, logran cantidad de metas en ese sentido (aunque también, seamos sinceros, allí como en Costa Rica, puede ser que en cantidad de aspectos caminen como el cangrejo).

Ni “contentera” ni afecto resultan sinónimos de felicidad, pero quiero evocar brevemente dos casos históricos de “cariño botado”. Durante la lucha por la independencia, al pasar el ejército libertador cerca de un pueblito “donde el diablo perdió el poncho”, lo esperaban con suculentos manjares: ya me imagino las sopaipillas, las empanadas y la “cazuela con baranda” (ver en mi libro Perdigones cómo años después me convidó mi suegra). Pero en febrero de 1817, según versión que me contaron, por estrategia militar los convidados ni llegaron: las mesas quedaron servidas. A saber si O'Higgins, San Martín y otros prefirieron comer palta con ave, cochayuyo, brevas o “choro zapato” en Santiago… Frustrados, los vecinos decidieron dejar todo para banquete de los pájaros y otros animales. De allí el nombre “Cariño botado” del caserío.

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Pero tres tristes trasatlánticos, belgas no tan chiflados, naturalizados hace ratito, sufrimos porque también por aquí hay “cariño botado”: se nos niega el derecho a votar el primer domingo de febrero. Con base en el artículo 94 de la Constitución, según el TSE debemos esperar un año. ¡Ley vetusta y de vejestorio, entiendo que surgida en los resquemores del 48, inadaptada a la realidad, seis décadas más tarde! Es más: tratados internacionales, por definición supra-nacionales, entre otros el Pacto de San José firmado por Costa Rica, prohíben todo tipo de discriminación a los ciudadanos: mi amigo Karel no es ningún delincuente y, en nuestro triunvirato desafortunado, Benito ha probado ya servir en varias luchas locales y es padre de cuatro costarricenses, uno a punto de ejercer su derecho al voto. Mi primera nieta casi también, pero yo nada: protestamos por el cariño botado, versión costarricense.

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