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Cardona Peña: cicatrices en el tiempo

Actualizado el 13 de septiembre de 2017 a las 10:30 pm

Don Alfredo no dejó de visitar su país a lo largo de sus muchos años en México

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Cardona Peña: cicatrices en el tiempo

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Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Varias veces lo fui a visitar a su casa de la calle Cocoteros, en el norte de la ciudad de México. Yo estaba recién llegado a México y quería conocerlo, contactar al último representante del “exilio” literario costarricense en tierra azteca, de los que se fueron sin retorno, en la estela de Carmen Lyra, Rafael Cardona (su tío), Vicente Sáenz, Ninfa Santos, Eunice Odio y Yolanda Oreamuno, aunque don Alfredo hubiera antecedido a casi todos ellos, pues llegó a México a finales de los treinta, igual que Paco Zúñiga, el escultor, después de pelearse con el mundillo cultural tico.

Recuerdo la vieja casa tomada por los libros, los papeles, el polvo, pilas de periódicos y revistas, estratégicas telarañas; la casa de un viudo con descendencia ya ida del hogar, por lo que habitaba aquel recinto con algo de solitario fantasma chocarrero, porque humor nunca le faltó, aunque fueran risas con su imagen en el espejo, entre fotografías con algunos de sus ídolos, como Diego Rivera, Cantinflas, Alfonso Reyes y Ray Bradbury.

Yo, escritor incipiente, le regalé un ejemplar de mi primer libro, uno de cuentos, La mujer oculta. Quería saber la opinión del maestro. A la siguiente visita, encontré una cierta malicia en sus ojos, y luego me comentó, de manera más bien condescendiente, que él conocía bien “ese problema”, que fue como denominó al asunto homosexual del libro. Me llamó la atención su expresión, pues, para entonces, la homosexualidad ya no era un problema para mí, ya que, al haber sido asumida e incorporada sin trabas a mi forma de vida, había dejado de ser conflictiva. En cualquier caso, el problema no era la homosexualidad sino la homofobia.

Encuentros. Estábamos a fines de los ochenta, en plena histeria del sida. Después de un rato, don Alfredo se puso a leerme algunas de las historias de las Mil y una noches en que había trasunto homoerótico, agregando comentarios de su propia cosecha al respecto. Posteriormente nos vimos en lugares del Centro Histórico. Recuerdo en especial un restaurante de comida española, El Hórreo, a un costado de la Alameda, donde se notaba que don Alfredo era viejo conocido, dado el trato cuidadoso que se le brindaba.

Uno de sus comentarios fue: “A la historia de Costa Rica le ha faltado tragedia. Qué bueno para la gente. Qué malo para su literatura”.

También me acuerdo de un recital de don Alfredo organizado por la Embajada de Costa Rica en la casa del embajador en Las Lomas. Estaba muy entusiasmado recitando sus poemas entre el público, cuando alguien, seguro poco atento a lo que el bardo decía, advirtió: “Está entrando Maribel Guardia”, causando gran alboroto. Su ingreso interrumpió por un tiempo la actividad, aunque estoy seguro de que don Alfredo no se molestó por la entrada de tan sensual y simpática musa.

Aunque su fama literaria se ha basado sobre todo en su trabajo poético, buena parte de su vigencia la debe más bien a un género en el que fue pionero en México y América Latina: la ciencia ficción y el relato fantástico, algo reconocido por propios y foráneos. En esos ámbitos, su nombre perdura en antologías. Son ficciones en que se advierte un amplio conocimiento de sus fuentes, muchas veces con un gran sentido del humor, lo que tiende a debilitarlas conforme pasa el tiempo (ya sabemos que el humor es un amigo traicionero conforme se desactualiza). También destacó como periodista cultural, con publicaciones en numerosos diarios y revistas.

Reconocimiento. De los escritores costarricenses instalados definitivamente en México en el siglo XX, sin duda fue quien consiguió un mejor lugar en el nuevo país y bastante reconocimiento de sus pares. Todavía hay gente que lo recuerda bien. Nunca perdió su vínculo con Costa Rica, ni tuvo una relación conflictiva con el país, como fueron los casos de Odio y Oreamuno (o los de Zúñiga o Chavela Vargas).

Don Alfredo no dejó de visitar su país a lo largo de sus muchos años en México, y, al morir, dejó explícita su voluntad de que sus cenizas fueran llevadas a su tierra natal y puestas en la tumba de su madre. Esto se hizo, no sin cierto aire rocambolesco y cómico, pues los encargados de cumplir su misión en San José decidieron divertirse en un antro con mujeres, música y alcohol, por lo que, en su ebriedad, las cenizas del difunto quedaron olvidadas. Al día siguiente, entre vapores de náusea y goma, se acordaron del muerto y volvieron al lupanar en busca de sus cenizas. Suerte que las encontraron y pudieron cumplir con su designio.

Don Alfredo provenía de vieja cepa literaria de Costa Rica. Su abuelo fue Jenaro Cardona, el primer novelista de largo aliento en el país, conocido sobre todo por el relativo escándalo de su novela La esfinge del sendero, primer texto nacional en abordar, junto al celibato sacerdotal, el asunto de la homosexualidad masculina, por supuesto de manera descalificadora, como no podía ser de otra manera en aquel entonces, hace un siglo.

Don Alfredo estaba muy orgulloso del carácter “transgresor” de la novela de su abuelo, según me lo comentó. Transgresión masónica en términos de liberalismo y anticlericalismo, para una sociedad de predominio católico, que, no obstante, coincidían en su homofobia patriarcal, como lo atestiguó don Alfredo de joven en Tiquicia.

En México fundó un hogar con Alba Chacón, de Juchitán, Oaxaca, si bien su lugar de residencia fue la ciudad de México. Bromeaba presentándose a sí mismo como “juchitico”. Hombre urbano que no dejó de cantar a la provincia como matriz poética, sin miedo ni prejuicios capitalinos.

Pervivencia. A cien años de su nacimiento, Cardona Peña sigue vivo en la memoria de quienes tuvimos el gusto y el honor de conocerlo y de leerlo. Para despedir esta efeméride, cito parte de uno de sus poemas, Testimonio, dedicado a otro escritor costarricense en México, Arturo Echeverría Loría, que sí regresó: “Un niño triste,/ humillado y querido,/ golpeado por rayos de soledad/ fui yo, en mi pequeña catedral de recuerdos./(…)/ Crecí con la sencillez de las aguas,/ fui pobre y encantado como los pajarillos/ y estudié para golfo de río/ aunque no llegué a doctorarme/ sino cuando el crepúsculo/ me mostró su tesoro de formas./ Llegué por diversos caminos a la vida,/ hundiendo los sentidos en su amargo cuadrante,/ y estoy hecho para acariciar mis fantasmas,/y para morir dejando algunas cicatrices en el tiempo,/ lejos de mi montaña”.

El autor es escritor.

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