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Capital humano y Guerra Fría

Actualizado el 23 de septiembre de 2017 a las 10:30 pm

Schultz suponía que la inversión en capital humano debía ser pública, no privada

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Durante la primera mitad del siglo XX, el término de capital humano fue utilizado para referirse al valor económico de las personas y se mantuvo como una categoría marginal. Tal condición se explica porque en esa época la mayoría de los economistas no consideraba la educación como una inversión.

Todo cambió a partir de la década de 1950: a medida que se intensificaba la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el concepto de capital humano se convirtió en la base de una influyente teoría económica.

En 1955, se publicaron dos estudios de extraordinaria importancia para la conformación de esa teoría. En el primero, Arthur W. Lewis analizó los fundamentos del desarrollo y su relación con la oferta de trabajo calificado y no calificado. Aunque Lewis no utilizó el concepto de capital humano y apenas se refirió a la educación, dejó preparado el terreno para que una relación de ese tipo fuera desarrollada por otros.

Milton Friedman, en el segundo de esos estudios, consideró el papel que debía jugar el gobierno en la educación y, pese a que utilizó ampliamente el concepto de capital humano, no lo relacionó con el desarrollo económico, sino que lo usó para combatir la creciente inversión educativa pública en Estados Unidos.

Friedman propuso que la enseñanza secundaria y universitaria fuera financiada por los estudiantes mediante préstamos y que el Gobierno diera cupones a los padres de familia para que pagaran por la enseñanza primaria de sus hijos en escuelas privadas.

Teoría. Dos años después, en 1957, Jacob Mincer propuso un enfoque teórico y una metodología específica para analizar la inversión en capital humano según ocupaciones, niveles de salario, edades y estudios realizados. Pese a su incuestionable importancia, tal aporte fue limitado porque no consideró el problema del desarrollo y circunscribió sus preocupaciones a la relación entre ingresos y escolaridad.

Quien sí logró incorporar todos los aspectos antes referidos fue Theodore W. Schultz. En una conferencia dada en Australia en 1959, perfiló ya el núcleo básico de la teoría: la inversión en educación era fundamental para el desarrollo económico. A finales de 1960, en otra conferencia, amplió estos planteamientos y criticó al Banco Mundial por no invertir suficientemente en capital humano.

Muy influenciado por la cultura de la Guerra Fría, Schultz hizo una contribución fundamental a la dimensión política e ideológica de la teoría, al insistir en que invertir en capital humano era fundamental para el desarrollo económico de Estados Unidos, sobre todo si dicho país se proponía superar tecnológica y militarmente a la Unión Soviética.

Si bien Schultz no mencionó toda la conmoción provocada por la ventaja comunista en la carrera espacial (el exitoso lanzamiento del Sputnik en 1957), sí dejó claro que mientras en Estados Unidos no se consideraba la educación como una inversión, los soviéticos sí la entendían en esos términos.

Asimismo, Schultz presentó la inversión en capital humano como decisiva para los países subdesarrollados, ya que podían alcanzar el desarrollo no por medio de la revolución, sino de la educación. De este modo, combatía también el ejemplo de la Cuba revolucionaria, cuya campaña de alfabetización, efectuada en 1961, había resultado más exitosa que los programas de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Finalmente, Schultz reformuló la contradicción capital-trabajo, enfatizada por el marxismo, al plantear que la inversión en capital humano convertía a los trabajadores en capitalistas.

Anticomunismo. Podría parecer que Schultz esencialmente se limitó a articular una teoría anticomunista para combatir la expansión global de las izquierdas, pero en realidad hizo mucho más que eso. A diferencia de Friedman, el planteamiento de Schultz suponía que la inversión en capital humano debía ser predominantemente pública, no privada.

Además, al considerar a los trabajadores como capital en el que se realizaba una inversión, la teoría implicaba que los poderes públicos estaban en la obligación de velar por que este capital estuviera en las mejores condiciones posibles, lo que implicaba también invertir en sus condiciones de salud, vivienda, alimentación y de otro tipo.

De esta manera, la teoría del capital humano proporcionó una racionalización económica para profundizar o iniciar políticas sociales, tanto en los países industrializados como en los subdesarrollados.

Tal dimensión potencialmente progresista explica que la teoría pudiera ser fácilmente rearticulada para promover la inversión social pública, justificar una mejor redistribución del ingreso, impugnar sistemas de acumulación capitalista basados en la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y resaltar el protagonismo de los sectores populares en su propia formación.

En razón de esta perspectiva, no sorprende que la teoría fue utilizada o mencionada por figuras como el célebre historiador marxista inglés E. P. Thompson, por el político e intelectual izquierdista chileno Jacques Chonchol y por el economista brasileño Celso Furtado, uno de los principales teóricos del subdesarrollo.

Educación. Si bien la formalización de la teoría debió esperar a la publicación del libro de Gary Becker en 1964, ya desde inicios de la década de 1960 el concepto de capital humano había empezado a ganar espacios estratégicos en el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la Unesco y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (AID).

Fue a partir de esta base institucional que la teoría se convirtió no solo en un fenómeno académico internacional, sino también en un instrumento de política global, que se materializó en el papel jugado por las instancias mencionadas en promover la educación como instrumento de desarrollo.

Con este propósito, se priorizó el financiamiento de programas dirigidos a expandir y fortalecer la enseñanza secundaria, vocacional y universitaria, ya que se consideraba que el respaldo a estos niveles educativos podía producir, a corto plazo, las más altas tasas de retorno.

Desde finales de la década de 1960, sin embargo, la teoría empezó a ser sometida a fuertes críticas, un proceso que se intensificó después de las manifestaciones estudiantiles de 1968, que demostraron que el capital humano en formación tenía el ligero inconveniente de que podía rebelarse contra el sistema.

En la década de 1970, la teoría perdió posiciones en los organismos internacionales, pero las empezó a recuperar después de 1985 y las consolidó entre finales del siglo XX e inicios del XXI, a medida que se abrieron paso la globalización y la sociedad del conocimiento y la información.

Costa Rica. En Costa Rica, la teoría del capital humano tuvo alguna influencia en la década de 1960, pero declinó muy rápido y prácticamente desapareció de la política pública en los decenios de 1970 y 1980.

Fue solo en la década de 1990, cuando empezó a desarrollarse un sector de alta tecnología y a incrementarse la inversión extranjera directa, que políticos, intelectuales y académicos redescubrieron la teoría del capital humano.

Ya en el año 2003, el expresidente Miguel Ángel Rodríguez, al referirse al pasado de Costa Rica, lo presentó como una exitosa historia de “inversión en capital humano por casi dos siglos”.

Pese a la creciente retórica a favor de la teoría, la inversión educativa se mantuvo por debajo del nivel alcanzado antes de la crisis de 1980. Tal situación empezó a cambiar a mediados de la década del 2000, cuando el economista Leonardo Garnier asumió el Ministerio de Educación Pública. Durante su gestión, la inversión per cápita en educación, calculada en dólares corrientes, se elevó de $264 en el 2006 a $770 en el 2014.

En el 2015, esa inversión ascendía ya a $810, mientras en el resto de América Central era de apenas $150 (de $119 si se excluye a Panamá y a Belice). Así, de la mano de la teoría del capital humano, Costa Rica reasumió, con más fuerza que nunca antes en toda su historia, el compromiso histórico con el financiamiento creciente de la educación.

El autor es historiador.

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