Opinión

Camino trazado

Actualizado el 07 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

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Si el nivel de ventas fuese la prueba de la calidad intrínseca de un producto, la coca-cola sería mejor que el vino Châteauneuf du Pape, y Harry Potter superaría al Quijote. Hay dos cosas alarmantes para un escritor: que no lo lea nadie o que lo lea demasiada gente.

Si nadie lo lee, su palabra carecerá de esa caja de resonancia que es alma del lector. Si lo lee todo el mundo, algo debe andar mal con su literatura, porque el comportamiento histórico de eso que llamamos “todo el mundo” ha consistido justamente en equivocarse y dejarse llevar al abismo por cada flautista de Hamelin que le endulce los oídos.

Hace mucho elegí ser vino y no coca-cola. En mi doble delirio de escritor y músico, opté por la actitud del buen, honesto artesano: un laborioso orfebre de palabras y melodías. Pude haberme dedicado a la producción de gaseosas: nadie me lo impedía, y sospecho que lo hubiese hecho con éxito. Pero no.

Le he dado a mi piano y a mi literatura las mejores horas de los mejores días de los mejores años de mi vida. Con mano de labriego indoblegable sigo espolvoreando la simiente de mi música y mi palabra en los surcos labrantíos del porvenir.

Creo profundamente en el dictum de Séneca: “No por agradarle a la mayoría ha de ser tenido un libro por bueno, antes bien, el hecho de que lo apruebe la turba es indicio de que ha de ser malo. Busquemos lo que se hizo excelsamente, y no lo que está de moda; lo que nos permita poseer la eterna felicidad, y no lo que aplaude el vulgo, errado investigador de la verdad”.

El autor es pianista y escritor.

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