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Actualizado el 17 de noviembre de 2016 a las 10:33 am

La palabra eracomún en las representaciones teatrales del siglo XIX

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La intervención breve de un personaje famoso, actor o no, en una película o serie de tevé recibe el nombre de cameo (piedra preciosa, camafeo). La palabra era común en las representaciones teatrales del siglo XIX y quien la usó como un guiño en cine fue Alfred Hitchcock.

Les doy un dato: el director inglés apareció en 37 de sus 58 películas (“Rebecca”, “El hombre que sabía demasiado”, “La sombra de una duda”, etcétera, ya sea cruzando la calle, leyendo un periódico en el bar o perdiendo un bus (“Vértigo”).

George Plimpton (1927-2003), polifacético cronista neoyorquino, larguirucho y con su mata de pelo blanco a ras del ojo, hizo cameos en “Lawrence de Arabia”, “Rojos”, “Nixon”, “Mentes brillantes”, “En busca de su destino” y hasta en “Cuando éramos reyes”, documental de la pelea por el título pesado entre Alí y Foreman.

George no era actor, pero se había convertido en un fetiche de la buena suerte, debido a que diez películas en las que participó ganaron el Óscar (aparte de que nunca cobró más de lo que estipulaba el sindicato por bolo).

Los memoriosos quizá lo recuerden por otras irrupciones visuales, específicamente aquella de junio de 1968 cuando George agarra del cuello a Shiran B. Shiran y lo despoja de su arma, apenas unos instantes después de que este hubiera gatillado contra Bob Kennedy.

Decía Plimpton que la cuestión, el hecho medular del periodismo era estar donde sucedían las cosas, en primera persona, y que el destino tuvo en cuenta su deseo y lo citó allí mucho más de una vez. Vivir para contarlo.

Aunque hay cameos totalmente involuntarios y que le dan vuelta a cualquier lógica. Stan Laurel, a quien no se le cumplían los sueños en el naciente Hollywood, batalla para que le dejen dirigir su primera película –una obra dramática con un actor debutante de 140 kilos, Oliver Hardy–. Hal Roach, el productor y dueño de todo aquello, observa.

Por fin, el rodaje comienza. Oliver, en la cocina, resbala y cae entre bandejas y una olla de agua hirviendo. Esto último (la caída de la olla) no debió ocurrir y Stan, desesperado, se olvida de que la acción continúa, entra en el cuadro y patina y resbala y arrastra lo que hay en el mundo.

Absorto, incrédulo ante semejante espectáculo, Roach alza los brazos, los mueve como aspas y grita: “¡Los encontré – ríe feroz– son ellos. Este es el dúo que necesitamos: El Gordo y el Flaco!”.

El autor es escritor.

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