Opinión

‘Calígula’ con variaciones

Actualizado el 12 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

La obra de Albert Camus presenta algunas variaciones, entre ellas, el voseo costarricense

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La presentación de Calígula, de Albert Camus, me hizo recordar mis años de estudio en la Alianza Francesa, donde pasé los niveles de aprendizaje de esa lengua y, sobre todo, tuve la oportunidad de iniciar una gran amistad con el director de entonces, Loic Fravalo.

La amistad fue más allá de los simples estudios, pues Loic tenía la costumbre, al terminar las lecciones, de salir con los estudiantes a algún restaurante o bar vecino, cuyos precios fueran asequibles, a tomar unas cervezas y conversar sobre temas literarios.

Cada uno pagaba su consumo y se marchaba cuando quería. El único requisito era conversar en francés (a pesar de que él hablaba muy bien el idioma español).

Loic me habló mucho de Camus, e incluso me prestó El extranjero, novela profunda, pero escrita en un lenguaje muy sencillo, casi coloquial.

Posteriormente, vimos, en un viernes de cine de la Alianza, la versión cinematográfica de esta novela dirigida por Luchino Visconti, con Marcello Mastroianni en el papel protagónico. Después leí todas sus otras novelas, ensayos y obras de teatro, incluida Calígula.

También leí su autobiografía, El primer hombre, que no llegó a terminar, y fue publicada años después de su muerte, cuando su hija Catherine convenció a su madre, Francine, de publicarla, a lo cual ella se había negado por tratarse de una obra sin terminar y sin corregir.

El manuscrito fue encontrado en el auto en el que viajaba el autor con su editor, después del accidente en el que murieron los dos. También se encontró en su bolsillo el pasaje del tren que Camus había pensado usar para viajar con su esposa y su hija, pero, a última hora, aceptó la invitación del editor para que viajaran juntos. Esto sucedió el 4 de enero de 1960.

La familia de Camus, en Argelia, era muy pobre. Su padre murió cuando el escritor era un niño, y nunca lo conoció. Su madre era de origen español, y no sabía leer ni escribir. Su abuela paterna era sumamente autoritaria, no quería que su nieto siguiera estudiando sino que se dedicara a trabajar para que ayudara económicamente a la familia. Lo salvó su maestro, el señor Bernard, quien convenció a su abuela de que le permitiera seguir sus estudios en el liceo, primero, y, luego, en la universidad.

Por cierto, en una ocasión se le preguntó a Camus qué estudios o qué experiencia le había servido más para su formación intelectual y ética, y contestó que, sin lugar a dudas, el fútbol. Camus fue un muy buen deportista y se destacó como portero de la selección de fútbol de la Universidad de Argelia.

La obra. Camus escribió Calígula en 1939. Había planeado estrenarla con un grupo de teatro que había formado el Théatre de L’Equipe, con él en el papel protagónico, pero el proyecto no pudo llevarse a cabo. No fue sino hasta 1945 cuando se estrenó en París con gran éxito, con Gerard Philipe en el papel principal. Desde entonces se ha presentado en muchos países y ha recibido numerosas interpretaciones.

Muchos autores consideran que Camus era un existencialista, lo cual él nunca aceptó. Tuvo una gran amistad con Sartre, pero filosóficamente se alejó de él.

En Calígula, el autor crea un personaje que no acepta como valederos ni el amor ni la amistad. Busca, por medio del asesinato y la perversión, una libertad que no encontrará nunca. No huye de los enemigos, sino que, por el contrario, los incita a que lo destruyan en una especie de suicidio. Sabe, y lo acepta, que no pueden ser destruidos quienes lo rodean, sin destruirse a sí mismo.

En el montaje de la obra, que se presenta actualmente en el Teatro de La Aduana, el director hizo varios cambios que, según el criterio de algunos espectadores, pueden ser considerados llamativos o inteligentes, mientras que, para otros, podrían considerarse inconvenientes.

Hay un constante anacronismo en los vestidos y en las acciones. Yo habría preferido un montaje más tradicional. Además, el uso del vos costarricense suena un poco extraño en un ambiente romano de principio de la era cristiana.

Naturalmente, el director de una obra tiene derecho de hacer estas y cualesquiera otras variantes que considere necesarias. El público, como sucede siempre, tiene la última palabra.

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