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Actualizado el 05 de agosto de 2016 a las 12:00 am

El calígrafo sobrevive a duras penas en el mercado y lo suyo ahora es un oficio

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Un calígrafo para mí es un artista de la pluma y, puedo añadir, de la tinta china y el buen papel. Los enterados lo definen, por lo general, como un personaje de letra cuidada y trazo refinado, ligero y sorprendente.

A lo largo de mi vida, solo conocí a un calígrafo. Un ser de otro mundo, cierto. En público, era el barbero de un pueblo de provincia, dueño de una destreza única cuando le tocaba rasurar pómulos; pero en secreto, contiguo a su salón de trabajo, tenía lo que él llamaba “mi ámbito”: un reducto claro donde forjaba letras capaces de gravitar sobre un manuscrito rendido a su aleteo, al ritmo de una pluma curva henchida de mayúsculas y minúsculas que –¡eureka!– tomaban la forma de cuadros. Cuadros a lo Paul Klee, Chagall o Picasso.

Sé, porque él me lo dijo, que entre calígrafos (hoy dispersos y difusos en el mundo y con alerta roja en Asia) tienen su agenda de reuniones anuales o algo por el estilo. Muy pocos viven de ese talento y esa gracia.

La máquina de escribir, primero, y después la computadora, diezmaron notablemente sus filas, sobre todo en el área de la grafía latina, aunque los afectados insisten; y ver a uno de ellos trabajar es un lujo: yo fui testigo de una jornada semejante y les aseguro que la pluma caligráfica y la mano sufrían una ósmosis vibratoria de la que resultaba un pincel que efectivamente pintaba.

Frente a la rigidez de los signos de imprenta que separan las letras, la unión esbelta, generosa, de la traza caligráfica no deja de ser un indicio de libertad y comunión al mismo tiempo. Algo que usted acaso experimente ante algunas esquelas de obituarios, uno de los pocos refugios de la caligrafía en épocas de injusticia y abandono.

Raro magnetismo. La caligrafía es una semilla básica de la evolución. Nuestros antepasados de las cuevas usaban de soporte el muro de la caverna, las estructuras del lenguaje y alguno que otro utensilio que proveía natura, sea madera quemada o grasa animal. Hace de esto 30.000 o 40.000 años, cuando arte y escritura moldeaban el entorno humano.

Ya no es así. Despojado de su condición de artista, el calígrafo sobrevive a duras penas en el mercado y lo suyo ahora es un oficio. La sociedad suele recabar su presencia (intermitente desde luego) a la hora de diseñar y producir diplomas o partes matrimoniales y, en ciertos casos, les asigna el título de peritos con el propósito de verificar la autenticidad de documentos históricos y textos sucesorios.

El detective que husmeara con sistema y pasión esta fábula no dejaría de asombrarse de sus recovecos. Pero no se le escaparía un hecho central, digamos: la admiración que despierta todavía en la tribu humana el escrito gótico o la serie de redondillas escalonadas…

Hay allí un magnetismo que atraviesa la indiferencia y la moda: de otro modo no se explica que las casas de alta costura –Belucci, Christian Dior, Louis Vuitton, Hermes, Miu Miu, Gucci– pidan su guía, el consejo realmente de oro, a estos anónimos calígrafos que la semana anterior confeccionaron un logo de sueño que ni por error hubiera imaginado el modisto number one del emporio. Incluso, les aviso que existe una “letra Versace”, rococó y llena de garabatos que rubrica sin pudor una importante línea de la fábrica.

Detrás, en segundo plano, acechan los ninguneados autores de los grafos. Lejos de la competencia, dentro del horizonte.

27 huesos y un cerebro. Hoy día, la convocatoria de la mano a usos meramente prácticos provoca que, por ejemplo, el dedo gordo inhiba a los cuatro restantes en el tráfico de mensajes de texto y las faenas del cajero automático. Y si el uso reiterado de un lapicero es común y corriente, no sabría uno qué hacer con una brocha fina… porque no dibujamos palabras, no escribimos. Digitamos o tecleamos, nada más, y los 27 huesos que van de la muñeca a la yemas de los dedos y de aquí al cerebro están condenados a un desuso que significan un desperdicio.

Edgardo Moreno, en una sugestiva nota ( Áncora, 24/7/2016), hace referencia a los humanos ancestrales, seres previos a los habilis, y conjetura que aquellos “debieron lograr la coordinación necesaria entre las manos y el cerebro”, notificando que “la destreza de la mano ha funcionado como un mecanismo de selección natural para la diferenciación y especialización del cerebro humano y viceversa”.

Además, ciertas investigaciones recientes prueban que la escritura cursiva, con sus ligámenes de letra a letra, genera un estado anímico y aun cognitivo que establece potentes asociaciones de ideas entre los signos alfabéticos.

Razón de sobra para posicionar al calígrafo en la función que le es propia, integrando aportes que son suyos, reuniendo los clásicos dones que encarna, actualizando su relieve de autor. Todo lo cual me parece un ejercicio de justicia antropológica y bienaventurada práctica.

El autor es escritor.

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