Opinión

‘Bullying’ internacional

Actualizado el 14 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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‘Bullying’ internacional

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Con absoluta altanería y, nuevamente, burlándose de la soberanía costarricense, Nicaragua amenazó con reclamar el territorio de la provincia de Guanacaste ante la Corte Internacional de Justicia, casi 200 años después de que los propios pobladores del Partido de Nicoya decidieran anexarse a Costa Rica.

Con esa misma arrogancia, Corea del Norte anunció, hace unos meses, el fin del acuerdo de no agresión con su vecino y realizó ensayos militares con lanzamientos de misiles, en señal intimidante contra Corea del Sur y Estados Unidos.

Una petulancia similar ha demostrado Irán con su cuestionado programa nuclear, del que alega tener objetivos pacíficos, pero lo desarrolla en plantas secretas y subterráneas e impide inspecciones internacionales, al mismo tiempo que amenaza con destruir el Estado de Israel. Sus dirigentes descaradamente niegan la existencia del Holocausto, no obstante las sobradas evidencias que existen de esa abominable etapa de la humanidad.

Calcado con el mismo molde, el presidente sirio insiste, con atrevida arrogancia, en mantenerse en el poder ante los fuertes reclamos de su pueblo, y apoyarse en el grupo terrorista Hezbollah, a pesar de los cien mil muertos derivados del conflicto y la grave desestabilización causada en la región.

En la misma línea insolente, el expresidente venezolano amenazó con duplicar sus batallones de tanques como parte del “necesario incremento del poder defensivo del país dada la constante amenaza imperialista de invadir Venezuela”.

Malos ejemplos. Estos son ejemplos de bullying internacional en pleno siglo XXI, como si la historia no nos hubiera enseñado suficiente con dos guerras mundiales y otros eventos bélicos de gran escala. Los casos citados y otros de peso equivalente constituyen conductas agresivas, destinadas a acosar, someter, intimidar, marginar y tender trampas a la comunidad internacional.

Los líderes que las desarrollan suelen ser de gobiernos dictatoriales, opresivos, irrespetuosos de los derechos humanos, con altos grados de corrupción, dirigiendo países con elevados índices de inflación y desempleo e indicadores muy bajos de calidad de vida para sus pueblos.

Esos líderes se esconden detrás de discursos falsamente pacifistas, aunque sus conductas son claramente belicosas. Atrevidamente forman parte de organismos internacionales de Derechos Humanos, cuando son los primeros en discriminar a las minorías y perseguir a quienes se les oponen. Se dicen defensores de las más sagradas libertades, pero persiguen y, a veces, hasta asesinan a sus ciudadanos ante cualquier manifestación o reclamo. Alegan dirigir gobiernos democráticos, después de procesos electorales incuestionablemente dudosos. Usan escenarios internacionales para intentar legitimar su accionar y tergiversar la historia con mentiras y engaños.

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Surge la pregunta obligatoria: ¿cómo pueden existir pueblos que los elijen y apoyan? Y otra con respuesta obvia: ¿Será realmente que esos líderes son respaldados por sus pueblos, o más bien se imponen a la fuerza procurando que sus gobernados callen por temor a represalias?

Entonces, ¿qué pensamos hacer el resto de los ciudadanos del mundo? El silencio nos convierte en cómplices y responsables pasivos de esas barbaridades. No manifestarse ni actuar implica aceptar las prácticas expansionistas de unos, estar dispuestos a someterse al armamentismo mundial y los riesgos militares y nucleares que imponen otros, y consentir las más burdas violaciones de los derechos humanos, inimaginables en los tiempos modernos.

¿Cuánto más habrá que esperar y que tanto más habrá que hacer para que los Ortega, los Chávez, los Ahmadinejad, los Castro, los Jong-un, los al-Assad y todos esos otros bullies dejen de amenazar la paz y la seguridad mundiales, permitan fomentar relaciones armoniosas y respetuosas entre los miembros de la comunidad internacional y, además, sea posible la protección de los derechos humanos y las libertades fundamentales?

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