Opinión

¡Bravo, doña Laura! ¿Y usted, don Fernando?

Actualizado el 02 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

Gerentes de los bancos públicos deben explicar cuánto pueden influir en las tasas de interés

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“La presidenta Laura Chinchilla fustiga a la banca pública por altas tasas de interés” y el gerente general del Banco Nacional, Fernando Naranjo –entre otros– responde con sofismas de la economía tautológica (La Nación, 26/10/12). Dicho en otra forma, doña Laura plantea un problema importante: el doctor Naranjo, o está confundido, o, como se dice de ciertos abogados, trata de enredar las cosas.

Me refiero a ese tema, absolutamente aburrido de mí mismo, porque lo he venido señalando y explicando desde hace mucho tiempo; pero el persistente error, de buena o de mala fe, de don Fernando y otros economistas me obliga a insistir. Veamos:

Dice la presidenta que a los bancos públicos se les va la mano en el interés que cobran y pagan sobre recursos de crédito. Ella considera que ese manejo debería hacerse para favorecer a los ciudadanos que hacen depósitos y piden préstamos. Don Fernando y otros gerentes dicen que no tienen más remedio que ajustarse al “mercado” para no perder “competitividad”; es decir, dan a entender que carecen de discrecionalidad para influir en las tasas de interés.

Lo que dice don Fernando es falso o, al menos, engañoso. No voy a entrar en los tecnicismos del problema, pero don Fernando sabe que esa presunción es incorrecta: el “mercado” no es independiente de los bancos públicos ni la “competitividad” se impone totalmente a ellos; esos bancos constituyen buena parte del mercado e influyen en su competitividad.

Entonces, los gerentes de los bancos públicos tienen que explicar a la presidenta y a los ciudadanos hasta dónde llega su discrecionalidad, cuánto pueden influir en las tasas de interés, cuándo y cómo. Esto se llama “transparencia” y “rendimiento de cuentas”, materia en general sobre la que es necesario y urgente actuar, según don Eduardo Lizano Fait, en un libro reciente: “¡Idos están los tiempos en que (importantes datos y decisiones económicas) se consideraba(n), para efectos prácticos, ‘secreto(s)’ de Estado”!

Sabemos que, en el entorno internacional, hay estructuras, factores y procesos que limitan esa discrecionalidad. Pero, sobre ellos, las autoridades bancarias nacionales también deben ser transparentes y rendir cuentas; es decir, deben explicar hasta qué punto los han investigado, valorado y tratado con sentido crítico (e. g.: caso de tasa libor).

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Dice doña Laura: “Desde inicios de este año la tasa básica ha aumentado en casi dos puntos porcentuales, llevándola a un nivel que no hay manera racional de explicar”. Y don Fernando argumenta: “El Banco Nacional no tiene problemas de liquidez, y no está presionando alza en las tasas. Lo que se hace, como banco comercial del Estado, es seguir al mercado para no perder competitividad en materia de captación”.

¿Qué es ese galimatías de don Fernando y sus contrapartes? ¿Cuál es su filosofía de “banco comercial del Estado? ¿Seguir el “mercado”? ¿Mantener “competitividad”? ¿Para eso fue nacionalizada la banca en el 48? Piensen por un momento y se darán cuenta que el “banco comercial del Estado”, así conceptuado, sería un ente “para sí”, como decía Jean Paul Sartre, y destinado a la “competitividad” sería un verdadero autómata, derivado de “hipóstasis”, según el inglés Anthony Giddens. En ningún caso tendría que ver con las personas de carne, huesos y alma (gente viviente y consciente) a que se refería Miguel de Unamuno.

Así, la banca pública no sería para servir a los ciudadanos específicos más necesitados. Sería algo abstracto, sin destino o rumbo trascendente, que solamente sirve a quienes obtengan poder sobre ella y dentro de ella. Piense, don Fernando, y se dará cuenta de que la banca, así, sería como el “becerro de oro” alrededor del cual danzaron los israelitas, locamente, repudiando las enseñanzas de Moisés, cuando este los dejó algunos días, para subir al monte Sinaí.

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