Opinión

Brasil y sus protestas

Actualizado el 03 de julio de 2013 a las 12:01 am

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Brasil y sus protestas

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¿Cómo explicarse las protestas callejeras en Brasil? ¿Cuál es el verdadero malestar social? ¿Quiénes conforman estas movilizaciones civiles? ¿Es acaso el aumento del transporte público el detonante de los problemas sociales? ¿Cómo interpretar estas manifestaciones en un país con una economía en crecimiento y un bajo nivel de desempleo? ¿Cómo explicar éste fenómeno social cuando más de 40 millones de brasileños se han incorporado a la clase media?

Brasil tiene una población de 190 millones, con una mayoría católica. Su historia comprende períodos importante de inestabilidad social y política, inflación, golpes de estado, gobiernos provisionales, represión, escándalos de corrupción, indisciplina militar, censura y dictaduras. Es con Fernando Henrique Cardoso que se crea el Plan Real y se logra una importante estabilidad económica.

En el 2003, un sindicalista, Lula da Silva, es nombrado Presidente y se establecen importantes reformas sociales y económicas. Lula se convierte así en el gran líder, que logra reducir la desigualdad social en un país poco equitativo. Rompe el bipartidismo, establece el salario mínimo, controla la inflación y promueve una reforma agraria. También logra dar confianza a los inversionistas y el país crece, reduciéndose el desempleo, aumentando las exportaciones y ordenando las cuentas nacionales. En el campo social, Lula reduce la pobreza y establece programas contra las drogas.

Llega al poder el 1 de enero del 2011 Dilma Rousseff, primera mujer electa Presidente en Brasil, con el apoyo de Lula y el Partido de los Trabajadores. Sus primeros años se han desarrollado en el marco de la crisis europea y estadounidense. La economía se contrae al pasar de un 7.5% del PIB en 2010, a un 2.1% en el 2011, un 0.9% en el 2012 y un crecimiento proyectado del 2% para el 2013.

A pesar de la contracción de la economía, Rousseff ha mantenido la política del salario mínimo y bajo desempleo. Desde el inicio de su gestión se ha preocupado por reducir los desequilibrios sociales y luchar por los 13 millones de brasileños en pobreza extrema, lanzando el Programa Brasil Sin Miseria. Esta iniciativa se ha concentrado en mejorar la educación, acabar con la informalidad, mejorar la salud, la vivienda y la alimentación de los más necesitados. En mayo del 2012, lanza el programa Brasil Cariñoso, que completa la Bolsa Familiar de becas implementada por Lula, con guarderías, alimentación y salud para niños menores de 6 años.

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Es preocupante y desconcertante el nacimiento de este movimiento social de protesta en medio de un gobierno que lucha por el mejoramiento e inclusión social. Las manifestaciones no apoyan a ningún partido político, no tienen un líder visible, sus partícipes tienen educación y muchos son menores de 25 años.

Pelean por el aumento en los pasajes, contra la corrupción, la ingobernabilidad y los políticos. La mayoría de los nuevos “indignados” son profesionales liberales, de clase media-media y media-baja, que usan el transporte público de muy baja calidad y no tienen una seguridad social efectiva. Son jóvenes que exigen servicios públicos de calidad y diálogo y no ven los beneficios de los altos costos de la Copa de Confederaciones y la Copa FIFA 2014.

Brasil tiene todas las fortalezas para volver a crecer y aumentar el ahorro y el empleo sin perder los equilibrios macroeconómicos. Debe volver a invertir en infraestructura, cambiar su complejo sistema tributario, reducir la burocracia y capacitar mejor a su mano de obra. Pero, ante todo, el gobierno debe restablecer el dialogo, el orden y escuchar a su pueblo. Los brasileños no quieren más promesas. La Presidenta debe rescatar su fuerza política, tal como lo hizo cuando separó a varios ministros acusados de corruptos. Deberá convencer, con hechos, sobre su compromiso de hacer los cambios políticos que exige la sociedad.

Es importante que la Presidenta no sea la sacrificada por estas protestas. Ella tiene la capacidad y fortaleza para neutralizar la crisis política y fortalecer la democracia. Solo con un código de ética muy estricto logrará restablecer la confianza de los ciudadanos, tan importante para la paz y estabilidad social de ese gran país.

La experiencia de Brasil debe servir, por otra parte, de ejemplo para que nuestra sociedad y el Gobierno encuentren las correcciones necesarias para evitar la efervescencia social que estamos viviendo por falta de confianza en nuestros dirigentes políticos.

Aprendamos a leer estos fenómenos sociales y el poder de las redes y de los medios de comunicación. Pero, ante todo, seamos transparentes y meticulosos con todos los proyectos y recursos del Estado.

Nuestra sociedad ha cambiado y hoy, más que nunca, debemos aprender a escuchar, dialogar, buscar acuerdos y, ante todo, ser cuidadosos en el manejo de los recursos del Estado.

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