Opinión

Bicentenario del libertador

Actualizado el 18 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Cuando en el servicio público se alude al concepto de “señorío”, se hace referencia al ciudadano que es llamado a la actividad política por su cultura, su patriotismo y su integridad. Básicamente, por tales atributos.

Hago la alusión a raíz del liderazgo que, en la lucha por rescatar el ardor patriótico de nuestra nación, ha asumido precisamente un ciudadano culto, el exministro de Información Armando Vargas. Un señor al estilo victoriano, de esos que, lamentablemente, casi no encontramos ya en la actividad política. La procacidad imperante los ha obligado a abandonarla.

La grandeza de Mora. Armando –quien me honra con su amistad– ha liderado en los últimos años un importante movimiento cívico en pro del rescate de la cultura nacional. María Eugenia Bozzoli, Juan Durán Luzio y Raúl Aguilar Piedra son algunos de los distinguidos académicos que lo han acompañado en la quimera. En el ánimo de insuflar fuego en el pebetero de la devoción patria, no pudieron haber escogido mejor estrategia que la de rescatar y promover la memoria histórica de Juan Rafael Mora, el hijo más grande de la patria. En el bicentenario de su natalicio, permítaseme aportar un grano de arena al esfuerzo por comprender la grandeza de nuestro libertador y de su gesta.

No es posible entender la estatura histórica de Mora sin explicar las dimensiones de la epopeya que debió afrontar. Sin un gran drama, no hay grandes héroes ni proezas, y a Mora le correspondió enfrentar el mayor desafío de la historia centroamericana. ¿Tenemos conciencia hoy de la dimensión de aquel reto? Al libertador le corresponde dar la batalla por Centroamérica, cuando es invadida por una poderosa facción militar del sur de los Estados Unidos, financiada por intereses económicos de ese país, para entonces ya una emergente potencia mundial. Esto implicó la tarea de organizar militarmente a una comunidad de agricultores, y trasladar fuera de las fronteras al ejército enlistado. En cumplimiento del llamado, el libertador debió enfrentar obstáculos superlativos. Al menos, enumeraré cinco.

Desafíos. Sin duda, las batallas, por sí mismas, fueron el reto más brutal que el libertador debió afrontar. Esto, por el costo humano, de reto organizativo, estratégico y socioeconómico. El segundo desafío fue el asumirlas, pese a la diferencia logística que existía entre las milicias costarricenses, entonces una pequeña nación de economía agrícola que enfrentaba a un grupo militar surgido de una de las economías industriales más potentes del siglo XIX. Si bien la guerra no fue contra el Ejército estadounidense como tal, la invasión la ejecutan élites militares y económicas ideológicamente imbuidas por la doctrina expansionista del “destino manifiesto”, promovida tanto por los círculos financieros de Nueva York como por los estados del sur, que aspiraban establecer nuevas colonias esclavistas adeptas a su causa.

El tercer desafío que el libertador debió vencer fue el sabotaje interno que enfrentó durante el proceso. Según investigaciones realizadas por académicos de la Universidad de California, la conspiración interna estuvo básicamente motivada en el temor que existía en los sectores cafetaleros, a raíz del hecho de que el reclutamiento militar provocaría una ingente pérdida de mano de obra agrícola. Tal como señalan algunas referencias históricas –entre otras, los escritos de Lorenzo Montúfar–, a ello deben sumarse las conspiraciones internas, que tenían su motivación en bajas pasiones políticas, las cuales Mora debió sortear en medio de la empresa.

Un cuarto gigante fue la división político-militar dentro de Nicaragua. Recordemos que dicho país era donde estaban militar y políticamente asentados los filibusteros, y allí mismo existieron importantes sectores de poder que facilitaron la invasión. El quinto coloso que debió enfrentar Mora fue la epidemia del cólera, que asoló a sus tropas. Walker aplicó la vieja e ignominiosa práctica militar de contaminar los pozos de agua con los cadáveres de las batallas, de tal forma que el bando contrario se enfermara al hidratarse. Tal como ha documentado el historiador German Tjarks, finalmente la epidemia también asoló a la población civil costarricense.

Hombre excepcional. El éxito de una gesta de tales dimensiones solo la hizo posible el liderazgo de un hombre de excepción, y el libertador Mora representa el epítome de las supremas calidades de un líder. La historia refiere que fue un hombre consecuente. Sus discursos son piezas en las que enunció con firmeza convicciones superiores. El líder no solo debe señalar el camino. Ese camino debe ser, además, correcto. La historia humana es pródiga en caudillos inescrupulosos e insensatos, que arrastraron a sociedades enteras por el sendero de la tragedia.

Por el contrario, su grito “¡A las armas!” –que aún resuena en los oídos de los pueblos centroamericanos– no fue hecho con una vocación políticamente codiciosa, sino como obligación del llamado libertador en el que los costarricenses nos vimos envueltos ante la emergencia de la época. Pese a que fue un empresario avezado, que aportó a la prosperidad involucrándose en importantes actividades de la economía privada del país, antepuso sus ideales a esos propios intereses.

Estudios del prestigioso economista Rodrigo Facio reconocen que la conducción política de Mora fue inusual, pues tomó medidas a contrapelo de sus intereses de clase. Asimismo, en la esfera de su vida personal, el libertador fue un hombre profundamente espiritual. Líder magnánimo en pleno ejercicio de sus virtudes cristianas, el periodista francés Félix Belly atestigua haber visto a “mujeres llorando al relatar sus actos de bondad con hombres que lo habían atacado del modo más violento”. De ahí que, en una de las últimas epístolas que envía a su amada Inés, sentencia el escrito con una frase dirigida a los enemigos que, finalmente, lo asesinan: “¡Dios les perdone como yo les perdono”.

Como sello de vida, aplicó el principio de paternidad. No solo veló por su propia familia, sino que, a sus 21 años, al morir su padre, asumió la crianza de nueve hermanos. Y, a la muerte de su hermana, veló por tres sobrinos que eran huérfanos de padre. Como buen estadista, señalaba el derrotero. No lo amedrentaron las circunstancias, menos aún la histeria plebiscitaria que tan usualmente detiene a los dirigentes contemporáneos. Se ciñe su figura a la par de Lincoln y Bolívar.

Sin temor a equivocarme, me atrevo a afirmar que el libertador Mora fue el hombre más grande de la historia centroamericana. ¡A él, loor y gloria!

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